miércoles, 15 de agosto de 2012

¡Déjà vu!


Los canales de distribución han ejercido siempre de grandes monopolios, aunque su tamaño apenas dé para cubrir la cabeza de un alfiler. Siempre lo han tenido fácil, no es por nada. Por su dimensión y posición pueden prometer el mundo si hace falta, a cambio de unas migajas del esfuerzo de quien cae en sus manos, para terminar agarrándole de aquel sitio si se deja.

Con el de prostituta, el de intermediario es el oficio más viejo del mundo, y si estiro el concepto, llegaría sin demasiado esfuerzo a pensar que es el más añejo de todos, porque no sé por qué, entre carne y carne siempre intuyo a alguien que supo tasar la oportunidad y el qué en una pieza de venado.

Centro de casi todas las operaciones mercantiles, por no afirmar rotundamente que de su práctica totalidad, del distribuidor se quejan desde los agricultores hasta las editoriales, porque los de su estripe surgieron como un mal necesario y se ha convertido en auténticos señores feudales al convertir en proveedor al cliente natural, y en cliente final al destinatario, al minorista. Y lo han conseguido a lo largo y ancho de los siglos, porque la necesidad crea extrañas alianzas y en la frágil estructura que hace que a ambos lados de un tipo o una empresa que sólo maneja contactos, existan necesidades que sólo él o ella pueden resolver, aunque sea en apariencia, es lógico pensar que el intermediario o la intermediaria se hayan convertido en pieza clave del engranaje, en bisagra que decanta quién gobierna y quién triunfa, o en el peor de los casos, quién fracasa.

En base a la promesa de acceso a un tejido más o menos amplio del mercado, más o menos especializado, el intermediario atrae a miriadas de pequeñas iniciativas que creen ver en él el camino indispensable para asegurar su futuro y quién sabe si alcanzar el superventas, y traba contacto con su auténtico cliente y se convierte más tarde en quien reparte las cartas y quien impone los criterios del mercado, ya pasen éstos por asumir cincuenta mierdas para pasar por televisión a cambio de una película como Prometheus, o porque comprendamos que es lógico que un pepino le salga al ama de casa por un pico, cuando costó en origen una bagatela. Habiendo logrado convertirse en indispensable, el resto resulta tan fácil como lo que comentaba en el primer párrafo, y da comienzo el camino hacia la consolidazión de la distribuidora como proveedora cuando no deja de ser un cliente de los proveedores auténticos una vez usurpado su puesto...

Google es una distribuidora, no nos engañemos, un intermediario que prometió libertad plena a sus usuarios para conseguir el músculo necesario, incluso regalándoles cuentas de correo electrónico o espacios como Blogger u otros servicios, mientras contactaba con sus clientes objetivos y sacrosantos. Se ha hecho mayor y lleva tiempo pidiéndonos el teléfono móvil por aquello de la seguridad, sirviéndonos la Wikipedia como si fuese la Enciclopedia Británica o la Espasa, dándonos gato por liebre mientras extendía sus tentáculos en busca de caldo. Sabíamos de su filosofía y la tolerábamos a pesar de todo, pero gobierna la información que nos llega, y nos dice qué debemos ver y qué no, qué podemos oír y qué no, qué posibilidades tenemos y cuáles no están disponibles, y ahora acaba de anunciar que se pliega a los dictados de la Digital Millenium Copyright Act (DMCA) para servirnos en bandeja de plata sólo aquello que necesitamos, como si fuésemos recién nacidos o párvulos.

 ¡Déjà vu!

lunes, 6 de agosto de 2012

Prometheus, o lo que hay que hacer


Como si la precuela de Bienvenido, Mister Marshall nos tratara de introducir en las entrañas de su historia dando pasos sobre la moqueta de las Torres Kio, Prometheus, el buque insignia cinematográfico de Ridley Scott para este año, sacude los cimientos de la obra maestra que dignificó la Ci-Fi allá como en 1979, barnizando de pulcritud inmaculada lo que era sucia y saludable soledad del ser humano frente al universo, llevándonos a preguntarnos si cuando parió Alien, el octavo pasajero, el director británico era un trepa y no el genio que creímos, a quien le sonó la flauta por casualidad gracias a que compartió tempo y fibras creativas con titanes auténticos como Dan O'Bannon, Gigger o Moebius, y no de plastelina como los que sirven de atrezzo a su bodrio.

¿Hacía falta tamaño viaje? Seguramente no. Buscaba algo de frescura en una tarde calurosa y me encontré con una sala en la que el aire acondicionado no funcionaba. Buscaba reencontrarme a mí mismo cuando comenzaba mis estudios de Bellas Artes, y terminé dándome la espalda. Buscaba, en definitiva, evadirme de la prima de riesgo y el sinvivir cotidiano, y me di de bruces con la cruda realidad de que levantamos ídolos de pies de barro que terminan por derrumbarse sobre nosotros incluso en la oscuridad de un cine de verano en el que por suerte estábamos cuatro gatos (si llegamos a estar más, juro que me ahogo)...

Prometheus, sí, Prometheus, el camino sin retorno hacia la pérdida del respeto hacia uno mismo a base de talonario y dólares. Una película sumamente vistosa que ni profundiza ni indaga en lo que creíamos saber; que entretiene, sí, pero que se convierte en una morralla totalmente prescindible, precisamente por pretender permanecer anclada a un universo que visto lo visto no hacía puñetera falta redescubrir.

Así, el tedio, lo ya conocido, el trágala que te mira a la cara para decirte que así te la cojas con papel de fumar sigues siendo igual de frágil que siempre, aflora en cada fotograma para romper en mil pedazos aquel sueño que te susurraba al oído: In space no one can hear you scream.

Como si hubiese sido firmada por Montoro o De Guindos, Prometheus está llena de ruido pero carece de alma, de manera que en vez de contar una historia, escenifica la vulnerabilidad del consumidor ante la mercadotecnia que promete lo que no está escrito y termina dándole por aquel sitio porque es lo que hay que hacer y no quedan más bemoles.

Total, que con Alien en el recuerdo te quedas como has ido, pero con nueve euros menos y con una cara de idiota que no remedia ni un tratamiento de botox ni el plan Pons, belleza en siete días de mis tiempos mozos. Vamos, que te pones a participar de la fábula intentando entender al bicho que acabó con la tripulación de la Nostromo y sales comprendiendo a Rajoy, a su herencia que es la de todos, a la Merkel, y a la madre que parió a los que diciendo desvivirse por ti, sólo buscan seguir esquilmándote el bolsillo sin salir en los títulos de crédito.

¿Y sin Alien en la memoria...? Sería cuestión de intentarlo, aunque la cosa se pone muy cuesta arriba porque alguien dijo que Prometheus es la precuela de la mítica película, firmada además por su director aunque con nuevo guionista y muchos más medios. ¿Pero es un precuela? Pues no, lo siento, es otra cosa, pero que nos entre en la mollera que la han parido así por nuestro bien, supongo, porque la cinta, sin el octavo pasajero, no pasaría de ser el enésimo viaje por un territorio repleto de lugares comunes, con una perspectiva de acercamiento bastante ramploncilla.

Dicho esto, Prometheus es una propuesta encaminada a responder una pregunta aparentemente compleja, que queda sin solución mientras durante el metraje te asaltan otras de menor calado —¿qué pinta Charlize Theron?, por ejemplo—, como si Ridley Scott hubiese perdido el norte y se hubiera embarcado en la aventura de idéntica manera a como hacen aquellos que alaban en sus horas de asueto el crowdfunding mientras en público alardean de llevar el collar que les ciñe el cuello, o que explican cuando ha concluido el trabajo que les da de comer, la perfidia del sistema que les alimenta. Tipos en una palabra, que se enfrentan al universo que les rodea asimilando que todo vale con tal de que parezca barnizado con infinito amor y gran altura de miras, y que lo más importante no son los hechos, sino la venta del esfuerzo que sustantiva la posesión de la idea, ¡ay, la idea!

Ridley Scott demuestra en Prometheus que Alien, el octavo pasajero, le vino grande, que acertó con él de pura chiripa, y que pasado el tiempo, no ha sabido o querido respetar un habitat exclusivo que da cobijo a miles y miles de aficionados a lo largo y ancho del mundo, un lugar en el tiempo y el espacio que nadie debería tocar, ni siquiera su autor. Tal vez por ello doy por bien pagada la entrada, y también porque gracias a que quien no aguantaba no se fue, me entretuve participando de una propuesta que consistía en intentar convencerme desde la pantalla de que la criatura que estaba viendo era morena cuando siempre he sabido que era rubia.

En fin, me quedo con mi Alien. Él o ella (sigue siendo hermosa su indefinición, no digáis que no) no precisaba de tantas explicaciones para hacerme sentir que en el espacio profundo nadie escuchará nuestros gritos, como ocurre aquí mismo, esta tarde, hoy en la Tierra.

Os leo.