viernes, 18 de mayo de 2012

Yo soy el gato de If


Hace dos años largos que aparqué mis sueños literarios por encontrar un océano que confieso aún no haber encontrado. Para un tipo como yo, pequeño a su manera, infinitamente más vulnerable de lo que quisiera, tal renuncia significaba en cierto modo asumir como propia una derrota objetivamente impuesta, aceptar, en definitiva, que ni gobierno el tiempo ni estoy tan libre de pagar servidumbres como esperaba.

Pero soy el gato del castillo de If, el vehículo necesario para que el Abate Faria y Edmundo Dantés se encontraran, se confesaran y apalabraran juntos su mutua venganza. El que observaba, el que servía de enlace entre dos almas perdidas, cuyos ojos anegaron sus pupilas amarillas de lo que jamás se atrevió a contar Alejandro Dumas.

Sí, soy el pequeño emperador de If, el mismo que soñó para su futuro un tiempo que nunca llega, el sortilegio que ayuda a otros pero rara vez se ayuda, el acompañante condenado a la soledad perpetua, el amigo que sólo sirve al decorado de los protagonistas, el aderezo, la parte indispensable del atrezzo en la que nadie repara, la pimienta en una carne que en el fondo no la necesita. 

Soy la sombra negra que conoce los pasillos, celdas y recovecos, y quien los recorre. Y soy If, la libertad y la cárcel, el aire limpio de afuera y el cargado y gastado de dentro, la sonrisa y el mohín de tristeza, el optimismo y el abatimiento, lo que es y lo que no es, la promesa y la renuncia...

Hace dos llagas largas y profundas que me prometí esperar los vientos favorables que había secuestrado Saturno, para comprender dos años más tarde que sigo siendo un perfecto idiota por esperar a un séptimo de caballería que había sido aniquilado en Little Big Horn hace ya varias décadas. 

Pero soy el gato de If. Furtivo animal que no tiene dueño y que descansa sobre la moqueta de un estudio que soñé enmarcado por 5.000 libros perfectamente dispuestos en sus estanterías, que sé ahora que nunca verán mis ojos porque la vida marca el paso, la deriva, y nos señala como quiere y no como queremos. Y hay quien no aguanta, y es comprensible aunque duela y aunque no lo comparta. Pero aguanto porque soy el gato de If, o así me siento.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Y los que no sabíamos que éramos Edmundos, Jose? ¿Cómo podríamos agradecerte apreciar ahora la sal del mar en la piel, colgados de los obenques de sotavento del trinquete, mientras buscamos en la línea del horizonte la mancha de unas nubes sobre la isla de Montecristo, saboreando una libertad ganada con la ayuda de un jodio gato? Un jodio gato que para mí es más, seguramente sea el propio Faría, que antes de llegar a los cinco mil, ya disfruta de la magia de saber hacer felices a otros exponiendo a trocines su propia sustancia. Gracias, tio, de verdad. Y a seguir, que ni los tontos ni los malos descansan un puñetero día...

ABB