sábado, 21 de enero de 2012

Papá, no corras


La vida, con cada uno de sus flecos y pespuntes, recuerda más a la disputa de las 24 Horas de Le Mans que a una carrera de F1. Me digo esto mismo cada mañana en cuanto cobro conciencia de que estoy despierto, para que no se me olvide que sigo en pie, gracias y precisamente, a haber sabido gestionar mis posibilidades conforme a las necesidades del terreno y no atendiendo a las exigencias del día a día.

Los negocios son como la vida, para qué vamos a engañarnos. Incluso la guerra es como la vida, y el amor también es como la vida, y la amistad, y tantos asuntos son como la vida, que no me cabría describir una a una todas las cosas que son como ella. Podría sintetizar todo este rollo diciendo que todo en la vida es como la vida misma, pero sonaría a perogrullada de tomo y lomo, y como no es plan de hacer el indio a dos o tres semanas de haber retomado este blog que pretende comerse el mundo, mejor me dejo de disquisicones filosóficas para meterme de lleno en el valor del rival como acicate para vivir la vida en toda su plenitud e intensidad, cosa que me interesa hoy, toda vez que dicen de mí que soy un tipo competitivo que si no encuentra enemigos se los inventa.

Hay algo de cierto en todo esto, no voy a negarlo, pero tampoco es para tanto. Necesito rivales, como todo el mundo, pero tengo demasiados amigos donde encontrar los modelos de sana dialéctica que me animan a mejorar como ser humano como para pararme a buscar nuevos elementos de confrontación, y puestos, si necesito alguno, a buen seguro seré yo quien lo elija. En todo caso, tengo que reconocer que hay quien merece que mires por los retrovisores, pero que rehuyo instintivamente de los que se señalan solos afirmando que eres tú quien les miras por el rabillo del ojo, ¿y si no les observas, como dicen?

Pues va a dar lo mismo: punto pelota y aquí lo dejamos, porque esta es una de las discusiones más idiotas que conozco, pero si al final terminan en la cuneta, como el personaje de la foto que decora esta entrada, a buen seguro que tienen alguna excusa en la que intervienes pérfidamente, para justificar con ella su derrota entre hierros tibios...

Hace unos meses escribí una entrada que reflexionaba sobre los peligros de la velocidad en la vida y en sus cosas, y a pocos días de que sepamos en qué ha quedado una de las mayores aventuras de uno de mis más cachondos y no elegidos nuevos rivales, uno de esos pegados que no me quito de encima ni con agua caliente, me da por pensar en aquella estampita que pegaban en el salpicadero de su coche nuestro mayores, y que decía «Papá, no corras».

¡No corras, alma mía. Esto es una carrera de resistencia. Va para largo, mide tus fuerzas!

No obstante, como hasta el jueves próximo no sabré nada de la hazaña que comentaba hace un párrafo, a lo mejor el viernes que viene retomo todo esto y hablo brevemente de los peligros que entraña elegir mal las excusas.