domingo, 15 de enero de 2012

José


—¡José, José... José...!

José no estaba y la casa parecía muerta. Aparentemente estaba como siempre, pero sin el viejo marino en su interior, y a oscuras, y muy fría. Las máscaras en la pared, junto al mascarón de proa de «María Luisa I»; las herramientas para trabajar la madera junto a los tacos de haya y roble con los que José hacía sus figuritas de ballenas; el tendedero con un pañuelo y unos calzoncillos sujetos por pinzas; el fogón helado, la mesa con el plato limpio y los cubiertos al lado, la cama revuelta... al verla así le vino el recuerdo de Carlota, la gallina que había muerto hacía tres años y que el viejo marino había enterrado junto a los huesos de las ballenas, en el fondo del acantilado, acompañado por Zazpi.

El muchacho buscó afanosamente algún trozo de papel escrito, alguna nota. Si José se había tenido que ausentar le habría dejado algún recado. Siempre lo hacía... Bueno —pensó el niño—, las pocas veces que se había ido sin avisar lo había hecho... 

Para ser sincero —recapacitó Zazpi— sólo cuando se marchó a ver a su única sobrina le había dejado una nota, el resto de veces nunca dejaba nada, pero es que José era muy descuidado para esas cosas, y, además, nunca tardaba en volver. El muchacho levantó la cabeza y repasó uno a uno los elementos y trastos que había en el interior de la cabaña. José hacía días que no andaba por allí, de eso estaba seguro, y si se había ido como cuando se fue a visitar a su sobrina, tendría que haberle dejado un aviso. Eran amigos. José y él eran amigos, y esa palabra no hacía justicia a lo que había entre ellos.

Habían navegado y pescado juntos. Juntos se habían enfrentado a Herensuge y sus tiburones y les habían vencido, y juntos habían ideado aventuras que nunca llevaron a cabo: viajes largos, hasta los confines del mundo conocido, donde había estado José y donde había jurado que algún día le llevaría a él, a ver sirenas y leviatanes. José le había enseñado a tallar la madera hasta conseguir convertirla en una ballena o incluso un gato. Le había enseñado cómo descubrir huellas, cómo mirar al sol a los ojos cuando sale o cuando se acuesta. Juntos, siempre juntos, como auténticos compañeros. También en los momentos difíciles y duros, como cuando buscaron durante días a Gris de Payne para encontrarlo muerto, atrapado en un cepo para lobos del que no había podido escapar.

—Los viejos somos como los niños, grumete, calculamos mal nuestras fuerzas —a José le brillaban los ojos cuando recogió a Gris de Payne en brazos, acariciando sus plumas y tratando de plegar sus alas mientras lo liberaba de los hierros dentados. Era la primera vez que escuchaba a José llamarse «viejo» con aquel tono de voz. Podía haber dicho: «los viejos son como los niños, grumete, calculan mal sus fuerzas», y no habría pasado nada... pero había dicho «somos» y «calculamos mal nuestras fuerzas», y hablaba en serio.

Hacía tiempo que Zazpi tenía miedo de perder a su amigo. Lo sentía en su corazón pero no sabía explicarlo, y aquella tarde de otoño en que encontraron el cuerpo sin vida del anciano búho, supo la razón de la tristeza que se abría paso cada vez que pensaba en la posibilidad de que José se fuera del todo, como se iban algunos mayores: para no volver. Desde entonces, cada día que pasaba, José estaba un poco más cansado y triste, y Zazpi sabía por qué. 

Tenía lágrimas en los ojos y una tristeza que no podía describir le aprisionaba el pecho, pero siguió buscando la nota que el viejo marino había olvidado escribir —la sobrina de José estaba embarazada, pero sólo de seis meses. Todavía faltaban al menos tres para que diera a luz a su bebé—, hasta que sintió una suave punzada en la nuca y se quedó quieto. Era como si alguien le estuviera vigilando desde la puerta abierta. Podía sentir su presencia, pero no se atrevió a mover un músculo para averiguar de quién se trataba. 

No quiso girarse. Haciendo un pequeño esfuerzo comenzó a percibir el sonido pesado que hace un pecho grande cuando respira fuerte y hondo, y sintió miedo, un miedo como no había sentido antes, ni siquiera cuando se enfrentó a Herensuge y su corte de tiburones. Haciendo un esfuerzo mayor levantó la cabeza, lentamente, buscando el espejo donde José se miraba cuando se afeitaba... y allí lo vio: un bulto oscuro y peludo que se reflejaba recortado contra el blanco inmenso del fondo de nieve y nubes. Una sombra que parecía mirarle desde el alféizar, a contraluz, observando su espalda con dos ojos negros como pozos.

No quiso gritar, pero el chillido salió solo. La sombra desapareció del espejo, y Zazpi sólo tuvo fuerzas para no derrumbarse, para mantenerse de pie; quieto mientras oía las maderas del entarimado exterior y la escalera, crujiendo y retumbando bajo el paso apresurado de aquello que ahora escapaba a la carrera y que le había estado mirando. Permaneció así un buen rato, quieto, muy quieto y silencioso, tan quieto como pudo, porque las piernas le temblaban; y profundamente avergonzado porque sin querer había mojado los pantalones, las botas y el suelo.


Fragmento de Luna Menguante, traducido y publicado como Ilbehera por Desclée de Brower (2003).

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