lunes, 30 de enero de 2012

Allí, en Santurce


Mis textos abundan en la descripción de aromas y olores. Me suponen una forma de reafirmarme como ser humano cuando puedo acariciarlos en la brevedad de unas líneas o incluso en la densidad de un párrafo...

Esta manía narrativa, como tantas otras, me viene de cuando era más pequeño que ahora, de cuando abría mis fosas nasales para atrapar el tiempo que transcurría bajo mis zapatos, de cuando iba en pantalones cortos, de cuando era pecoso y rubio, de cuando pensaba que vivir suponía otra cosa.

Si Portugalete, mi pueblo natal, ha depositado en mí una buena carga de sensaciones que aún exploro, Santurce (Santurtzi) abrió mis sentidos.

Esta misma mañana comentaba con un sardinero de pelo en pecho y generosa barba, que llegué a Santurce con cuatro años para soltarme un poco de él a los veintiséis ya que nunca lo he dejado del todo. Allí murió mi padre. Allí vive todavía mi madre cuando no está con nosotros. Allí amontono amigos y recuerdos. Allí vivía Emilio... Allí jugué mis primeros partidos de pelota en el ruedo circular del parque. Allí me zambullí en el mar, sumergiéndome entre boniteras y merluceras, y botes de todos los colores y tamaños. Allí aprendí las cuatro reglas en el colegio de las Hermanas Carmelitas. De allí partí infinidad de veces para hacer cima en el monte Serantes camino de Punta Lucero, o para sortear sus laderas hasta llegar a Ciérbana...

Allí, en el pueblo que me brindó generosamente su hospitalidad para dejarme crecer, acostumbré mis ojos a observar atentamente lo que tenía que decirme el horizonte sobre El Abra, a dejarse llenar por las tonalidades que el azul y el verde llevan dentro. Allí, mis manos palparon por primera vez la lluvia, acariciaron las piedras del pretil del Relleno o sujetaron la aspereza de las redes que remendaban las mujeres en el puerto. Allí, junto a mi inseparable Ramón, aprendí que nada sabe igual como una manzana robada, que las patatas asadas en el jardín abandonado del palacete Oriol eran las más sabrosas del mundo, aunque apestaran a humo. Allí, en el pequeño territorio que confinaba mis días y mis horas, escuché cómo ríen las gaviotas, cómo cantan de alegres los mirlos sobre los árboles que dan sombra a la iglesia de San Jorge, cómo susurra el viento o cómo brama...

Pero sobre todo, allí, en Santurce, descubrí que los olores y aromas de todo lo que te rodea forman parte de tu mundo, y que ese aprendizaje no te abandonará nunca.

1 comentario:

csm dijo...

Jodido Josetxu XD !
¿Qué fórmula de secreto grimorio invocas para que veamos lo que nunca vimos?
¡Qué bonito!