lunes, 31 de diciembre de 2012

Seguimos juntos


A decir verdad, no sé qué demonios estáis haciendo aquí, leyendo estas líneas, y aunque lo imagino —lo mismo que yo escribiéndolas—, bien está en el fondo, que podamos compartir un breve instante de estas horas postreras de un 2012 que se nos va como arena entre los dedos en un día soleado de verano, quién sabe si pasado bañando los pies en Arrigunaga, esperando a que asome las orejas en el horizonte un 2013 que no puede ser peor, a pesar de que estoy seguro de que la Merkel y sus secuaces han puesto todo su empeño en lograrlo.

Sea como fuere, 2012 ha sido un año bonito. Con sus luces y sombras. Duro en algunos aspectos y dulce en otros muchos. Y lo doy por bien pagado por pasar esta tarde con vosotros antes de arreglarme para enfrentarme a mis cuñados y mi familia política con el ánimo entonado para vencerles una vez más, como todos los años por estas fechas, y es que en el fondo es una simple cuestión de actitud: miras a los ojos la Nochevieja y vislumbras el ocaso escarlata de un 5 de enero del que dicen que hace siglos, tres astrónomos venidos de lejanas tierras (Benedicto afirma que de Córdoba, más o menos), vieron en el cielo una luz que decidió guiarlos, y a la que ellos siguieron dócilmente porque además de magos eran sabios.

Bien pensado, qué más da de dónde viene la luz si la vemos aunque no sea en el día adecuado...

Dejaros llevar conmigo, con la frente bien alta, por una vez, por una más. Compartamos la sustancia de los sueños siquiera en tiempo de descuento, y disfrutemos como jabatos sin que nos importe un pimiento el mañana, porque si ha de venir, seguro que vendrá, aunque dependerá de nosotros si lo vestimos de niebla gris, de nubes negras y amenazadoras, o lo iluminamos con una luz en lo alto que nos diga que el final del túnel está más cerca de lo que creemos.

¡Feliz Año Nuevo! Seguimos juntos, ¿no es acaso ésta una gran noticia?

domingo, 23 de diciembre de 2012

Era de Acuario toys



Mañana quería felicitaros las fiestas navideñas también desde aquí, y qué mejor oportunidad que reactivar el blog con los fantásticos collages que sirven de apoyo al texto de Juan Cuadrado en Era de Acuario, nuestro Cliffhanger número 6.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¡Déjà vu!


Los canales de distribución han ejercido siempre de grandes monopolios, aunque su tamaño apenas dé para cubrir la cabeza de un alfiler. Siempre lo han tenido fácil, no es por nada. Por su dimensión y posición pueden prometer el mundo si hace falta, a cambio de unas migajas del esfuerzo de quien cae en sus manos, para terminar agarrándole de aquel sitio si se deja.

Con el de prostituta, el de intermediario es el oficio más viejo del mundo, y si estiro el concepto, llegaría sin demasiado esfuerzo a pensar que es el más añejo de todos, porque no sé por qué, entre carne y carne siempre intuyo a alguien que supo tasar la oportunidad y el qué en una pieza de venado.

Centro de casi todas las operaciones mercantiles, por no afirmar rotundamente que de su práctica totalidad, del distribuidor se quejan desde los agricultores hasta las editoriales, porque los de su estripe surgieron como un mal necesario y se ha convertido en auténticos señores feudales al convertir en proveedor al cliente natural, y en cliente final al destinatario, al minorista. Y lo han conseguido a lo largo y ancho de los siglos, porque la necesidad crea extrañas alianzas y en la frágil estructura que hace que a ambos lados de un tipo o una empresa que sólo maneja contactos, existan necesidades que sólo él o ella pueden resolver, aunque sea en apariencia, es lógico pensar que el intermediario o la intermediaria se hayan convertido en pieza clave del engranaje, en bisagra que decanta quién gobierna y quién triunfa, o en el peor de los casos, quién fracasa.

En base a la promesa de acceso a un tejido más o menos amplio del mercado, más o menos especializado, el intermediario atrae a miriadas de pequeñas iniciativas que creen ver en él el camino indispensable para asegurar su futuro y quién sabe si alcanzar el superventas, y traba contacto con su auténtico cliente y se convierte más tarde en quien reparte las cartas y quien impone los criterios del mercado, ya pasen éstos por asumir cincuenta mierdas para pasar por televisión a cambio de una película como Prometheus, o porque comprendamos que es lógico que un pepino le salga al ama de casa por un pico, cuando costó en origen una bagatela. Habiendo logrado convertirse en indispensable, el resto resulta tan fácil como lo que comentaba en el primer párrafo, y da comienzo el camino hacia la consolidazión de la distribuidora como proveedora cuando no deja de ser un cliente de los proveedores auténticos una vez usurpado su puesto...

Google es una distribuidora, no nos engañemos, un intermediario que prometió libertad plena a sus usuarios para conseguir el músculo necesario, incluso regalándoles cuentas de correo electrónico o espacios como Blogger u otros servicios, mientras contactaba con sus clientes objetivos y sacrosantos. Se ha hecho mayor y lleva tiempo pidiéndonos el teléfono móvil por aquello de la seguridad, sirviéndonos la Wikipedia como si fuese la Enciclopedia Británica o la Espasa, dándonos gato por liebre mientras extendía sus tentáculos en busca de caldo. Sabíamos de su filosofía y la tolerábamos a pesar de todo, pero gobierna la información que nos llega, y nos dice qué debemos ver y qué no, qué podemos oír y qué no, qué posibilidades tenemos y cuáles no están disponibles, y ahora acaba de anunciar que se pliega a los dictados de la Digital Millenium Copyright Act (DMCA) para servirnos en bandeja de plata sólo aquello que necesitamos, como si fuésemos recién nacidos o párvulos.

 ¡Déjà vu!

lunes, 6 de agosto de 2012

Prometheus, o lo que hay que hacer


Como si la precuela de Bienvenido, Mister Marshall nos tratara de introducir en las entrañas de su historia dando pasos sobre la moqueta de las Torres Kio, Prometheus, el buque insignia cinematográfico de Ridley Scott para este año, sacude los cimientos de la obra maestra que dignificó la Ci-Fi allá como en 1979, barnizando de pulcritud inmaculada lo que era sucia y saludable soledad del ser humano frente al universo, llevándonos a preguntarnos si cuando parió Alien, el octavo pasajero, el director británico era un trepa y no el genio que creímos, a quien le sonó la flauta por casualidad gracias a que compartió tempo y fibras creativas con titanes auténticos como Dan O'Bannon, Gigger o Moebius, y no de plastelina como los que sirven de atrezzo a su bodrio.

¿Hacía falta tamaño viaje? Seguramente no. Buscaba algo de frescura en una tarde calurosa y me encontré con una sala en la que el aire acondicionado no funcionaba. Buscaba reencontrarme a mí mismo cuando comenzaba mis estudios de Bellas Artes, y terminé dándome la espalda. Buscaba, en definitiva, evadirme de la prima de riesgo y el sinvivir cotidiano, y me di de bruces con la cruda realidad de que levantamos ídolos de pies de barro que terminan por derrumbarse sobre nosotros incluso en la oscuridad de un cine de verano en el que por suerte estábamos cuatro gatos (si llegamos a estar más, juro que me ahogo)...

Prometheus, sí, Prometheus, el camino sin retorno hacia la pérdida del respeto hacia uno mismo a base de talonario y dólares. Una película sumamente vistosa que ni profundiza ni indaga en lo que creíamos saber; que entretiene, sí, pero que se convierte en una morralla totalmente prescindible, precisamente por pretender permanecer anclada a un universo que visto lo visto no hacía puñetera falta redescubrir.

Así, el tedio, lo ya conocido, el trágala que te mira a la cara para decirte que así te la cojas con papel de fumar sigues siendo igual de frágil que siempre, aflora en cada fotograma para romper en mil pedazos aquel sueño que te susurraba al oído: In space no one can hear you scream.

Como si hubiese sido firmada por Montoro o De Guindos, Prometheus está llena de ruido pero carece de alma, de manera que en vez de contar una historia, escenifica la vulnerabilidad del consumidor ante la mercadotecnia que promete lo que no está escrito y termina dándole por aquel sitio porque es lo que hay que hacer y no quedan más bemoles.

Total, que con Alien en el recuerdo te quedas como has ido, pero con nueve euros menos y con una cara de idiota que no remedia ni un tratamiento de botox ni el plan Pons, belleza en siete días de mis tiempos mozos. Vamos, que te pones a participar de la fábula intentando entender al bicho que acabó con la tripulación de la Nostromo y sales comprendiendo a Rajoy, a su herencia que es la de todos, a la Merkel, y a la madre que parió a los que diciendo desvivirse por ti, sólo buscan seguir esquilmándote el bolsillo sin salir en los títulos de crédito.

¿Y sin Alien en la memoria...? Sería cuestión de intentarlo, aunque la cosa se pone muy cuesta arriba porque alguien dijo que Prometheus es la precuela de la mítica película, firmada además por su director aunque con nuevo guionista y muchos más medios. ¿Pero es un precuela? Pues no, lo siento, es otra cosa, pero que nos entre en la mollera que la han parido así por nuestro bien, supongo, porque la cinta, sin el octavo pasajero, no pasaría de ser el enésimo viaje por un territorio repleto de lugares comunes, con una perspectiva de acercamiento bastante ramploncilla.

Dicho esto, Prometheus es una propuesta encaminada a responder una pregunta aparentemente compleja, que queda sin solución mientras durante el metraje te asaltan otras de menor calado —¿qué pinta Charlize Theron?, por ejemplo—, como si Ridley Scott hubiese perdido el norte y se hubiera embarcado en la aventura de idéntica manera a como hacen aquellos que alaban en sus horas de asueto el crowdfunding mientras en público alardean de llevar el collar que les ciñe el cuello, o que explican cuando ha concluido el trabajo que les da de comer, la perfidia del sistema que les alimenta. Tipos en una palabra, que se enfrentan al universo que les rodea asimilando que todo vale con tal de que parezca barnizado con infinito amor y gran altura de miras, y que lo más importante no son los hechos, sino la venta del esfuerzo que sustantiva la posesión de la idea, ¡ay, la idea!

Ridley Scott demuestra en Prometheus que Alien, el octavo pasajero, le vino grande, que acertó con él de pura chiripa, y que pasado el tiempo, no ha sabido o querido respetar un habitat exclusivo que da cobijo a miles y miles de aficionados a lo largo y ancho del mundo, un lugar en el tiempo y el espacio que nadie debería tocar, ni siquiera su autor. Tal vez por ello doy por bien pagada la entrada, y también porque gracias a que quien no aguantaba no se fue, me entretuve participando de una propuesta que consistía en intentar convencerme desde la pantalla de que la criatura que estaba viendo era morena cuando siempre he sabido que era rubia.

En fin, me quedo con mi Alien. Él o ella (sigue siendo hermosa su indefinición, no digáis que no) no precisaba de tantas explicaciones para hacerme sentir que en el espacio profundo nadie escuchará nuestros gritos, como ocurre aquí mismo, esta tarde, hoy en la Tierra.

Os leo.

viernes, 18 de mayo de 2012

Yo soy el gato de If


Hace dos años largos que aparqué mis sueños literarios por encontrar un océano que confieso aún no haber encontrado. Para un tipo como yo, pequeño a su manera, infinitamente más vulnerable de lo que quisiera, tal renuncia significaba en cierto modo asumir como propia una derrota objetivamente impuesta, aceptar, en definitiva, que ni gobierno el tiempo ni estoy tan libre de pagar servidumbres como esperaba.

Pero soy el gato del castillo de If, el vehículo necesario para que el Abate Faria y Edmundo Dantés se encontraran, se confesaran y apalabraran juntos su mutua venganza. El que observaba, el que servía de enlace entre dos almas perdidas, cuyos ojos anegaron sus pupilas amarillas de lo que jamás se atrevió a contar Alejandro Dumas.

Sí, soy el pequeño emperador de If, el mismo que soñó para su futuro un tiempo que nunca llega, el sortilegio que ayuda a otros pero rara vez se ayuda, el acompañante condenado a la soledad perpetua, el amigo que sólo sirve al decorado de los protagonistas, el aderezo, la parte indispensable del atrezzo en la que nadie repara, la pimienta en una carne que en el fondo no la necesita. 

Soy la sombra negra que conoce los pasillos, celdas y recovecos, y quien los recorre. Y soy If, la libertad y la cárcel, el aire limpio de afuera y el cargado y gastado de dentro, la sonrisa y el mohín de tristeza, el optimismo y el abatimiento, lo que es y lo que no es, la promesa y la renuncia...

Hace dos llagas largas y profundas que me prometí esperar los vientos favorables que había secuestrado Saturno, para comprender dos años más tarde que sigo siendo un perfecto idiota por esperar a un séptimo de caballería que había sido aniquilado en Little Big Horn hace ya varias décadas. 

Pero soy el gato de If. Furtivo animal que no tiene dueño y que descansa sobre la moqueta de un estudio que soñé enmarcado por 5.000 libros perfectamente dispuestos en sus estanterías, que sé ahora que nunca verán mis ojos porque la vida marca el paso, la deriva, y nos señala como quiere y no como queremos. Y hay quien no aguanta, y es comprensible aunque duela y aunque no lo comparta. Pero aguanto porque soy el gato de If, o así me siento.

sábado, 5 de mayo de 2012

Al rico ¡vendo, vendo!


La vida se ha puesto muy cuesta arriba, no tanto por la cantidad de problemas que siembra a nuestro paso en estos tiempos que pasan por ser críticos cuando son tremendamente injustos, sino por la pesada sensación que nos sobrevuela al respecto de que el timonel que fija el rumbo por todos nosotros, puede estar tan embobado o borracho que haría falta una uña de metal y cinco brazos para separarle del timón que le hemos prestado, porque sencillamente cree que le pertenece.

Alguien podría decir que estoy haciendo política de andar por casa, que en una tarde de sábado como otra cualquiera, me ha dado tal vez por reclamar al actual inquilino de la Moncloa de todos nosotros, que se aplique el cuento que le recomendaba él desde la oposición al anterior inquilino de la Moncloa de todos nosotros, aceptando que una vez ha admitido publicamente que lo que está haciendo no asomaba la oreja en el programa electoral con el que consiguió su mayoría absoluta, si es que alguna vez lo hubo, lo pertinente, lo serio, lo engominado, pasaría inevitablemente por adelantar las elecciones para que el pueblo soberano sancionara o rechazara con su voto, el programa de gobierno que está aplicando porque él y su equipo dicen que nos conviene y que supone el único camino a seguir, aunque difícilmente nos saque del hoyo, salvo que suene la misma campana que podía haberle sonado al que le tumbó por dos veces consecutivas y cuya lastrante herencia sufrimos él y nosotros.

Pero no, hoy no se trata de hacer política sino de hablar de profilaxis, de ética, de honestidad, de maneras que afectan lo mismo a lo pequeño que a lo grande, de formas de ser y estar que cantan más que la Castafiore porque se basan en la estúpida tolerancia que dispensamos a la mentira en todos los ámbitos de nuestra vida, la misma que decía más arriba que se había puesto tan y tan cuesta arriba.

Así, quiero dejar constancia de que como ilustrador, desgraciadamente conozco demasiados editorzuelos que jugando con cartas marcadas dicen velar por los derechos de autor de la gente que ha confiado en ellos, con la intención última y exclusiva de justificar la rentabilidad de sus productos; a otros, que tras dormir la oreja de sus consumidores con idioteces en las que siempre asoma el profundo amor que sienten por quien les compra, no dudan lo más mínimo en sacar la albaceteña para rasgar su bolsillo desde los primeros compases de la confección de un libro; y aún a otros, por terminar, que cuando ejercían de críticos o expertos, o ilustradores como yo, antes de llegar al Olimpo, se quejaban abierta y precisamente de lo que ahora mismo están haciendo ellos porque toca hacerlo.

La vida se ha puesto muy cuesta arriba, repito, pero albergo esperanzas de que todo esto cambie, porque vivir en Gorliz me ha devuelto la fe en los seres humanos y me ha hecho pensar en que si fuésemos menos tolerantes con la mentira, posiblemente mejor gallo nos cantaría, ya que las gallegas de Paqui valen realmente el euro que cuestan y el café de Jose, Mari o Carlos, son infinitamente baratos porque en su precio no se contempla que se pueda hablar del Real Madrid o del Barça con la parroquia, por supuesto del Athletic y sus rivales, de las niñas y de mi propio hijo, de mi trabajo, del suyo y del de todos, y de mis paseos, y de qué tal va el día y de cómo pinta el futuro siempre negro; porque los viajes con Manolo a buscar el coño queroseno valen su peso en oro y no lo que marca el taxímetro, ya que transcurren al lado de un amigo en trayecto de ida y vuelta, lo que siempre sabe a poco...

Al rico ¡vendo, vendo! triunfan los señuelos, y aquí estamos, de vuelta del infierno.

domingo, 11 de marzo de 2012

Que Arzak te guíe


Si la capacidad de reinventarse tuviera un nombre, ése sería el tuyo. Ayer nos insinuabas que dejabas este mundo, pero quien te ha leído en la delicadeza y profundidad de tus trazos, colores y palabras, sabe perfectamente que volveremos a encontrarte quién sabe dónde o quién sabe cuándo, porque estás hecho de la misma espuma incandescente que materializa los sueños.

Que tu hijo Arzak te guíe y te proteja, Jean, a él y su sabíduría silenciosa encomiendo el volver a verte bailando entre chamanes y coyotes o volando sobre un desierto, mientras sin gafas buscas sobre el papel en blanco, una piedra de poder en la cual vislumbrar un nuevo rumbo para todos nosotros.

Jean Giraud, Moebius (8 de mayo de 1938, 10 de marzo de 2012).

sábado, 3 de marzo de 2012

Walkürenritt [La cabalgata de las Valkirias]


Somos un país de porteras. Llevamos el poner la oreja tan grabado a fuego en nuestra cadena genética, que atendiendo a tan atávica llamada, resulta incluso comprensible que nos pase lo que nos pasa, como por ejemplo, que con la SOPA aparcada sine die en los USA y el ACTA esperando mejores vientos en Europa, en España hayamos tomado la delantera en eso de señalarnos con el dedo como ejemplo, aplicando la ley Sinde-Wert sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo.

Será cuestión, muy posiblemente, de que llevamos el concepto de caballero español tan tallado en la mollera, que en conjunción con lo de la portería que aludía en el primer párrafo, el resultado se sugiere a todas luces como un perfecto despropósito que nos distingue del resto de componentes del género humano precisamente porque cogemos el toro por los cuernos sin importarnos si es vaquilla o Miura, tomando la bandera de lo que sea con tal de ser los primeros en alzarla, con tal de parecer que somos los primeros en tenerla, con tal de gritar a los cuatro vientos que a serios no nos gana ni nos ganará nadie, sin atender a que a veces el asta abrasa las manos que la sujetan.

¡Si hay que ir se va, pero ir pa'ná es tontería!, como decía aquél. Y aquí que el españolito de a pie se convierte en leva que sigue ciega a su estandarte en una guerra que ni le va ni le viene, en un conflicto a tierra quemada que ha trabado un general al que ni se conoce ni se le espera. Que la Merkel que metió la gamba hasta el corvejón con lo de los pepinos pide recortes, pues ahí que hay un Zapatero o un Rajoy que sacan la tijera y se aplican a meterla sobre el cupo de humanidad que le ha tocado en suerte gobernar. Que los mercados piden que nos apretemos el cinturón para que la financiera universal mantenga su tripa cervecera lo más holgada posible, y ahí que vamos, a demostrar que tenemos cintura de avispa y nos alimentamos de aire...

Somos gilipollas. Eso es lo que somos porque así es como nos tratan y porque admitimos que así sea, porque nos dejamos y les dejamos, porque por vagancia no les mandamos a freír puñetas de una maldita vez, porque cambiamos de collar sin atender a cambiar de perro, que no lo cambiamos ni a la de tres, ya que para finolis y estúpidos, nada como el cuerpo de élite que formamos todos juntos y a una, disciplinado de narices, manso de cojones, leal hasta la extenuación o incluso la muerte, pues no hay quimera que se nos resista si hay una idea, una idea, por loca que sea, que marque nuestro paso y nos señale el horizonte próximo con la excusa de que hubo tiempos peores y herencias sangrantes, porque para eso somos españoles, para ser el faro de occidente, para que algún listo nos llame quijotes con toda la razón del mundo.

Manda narices que seamos una de las democracias más jóvenes y aún no hayamos espabilado en eso de entender que lo común no tiene por qué ser lo más conveniente salvo que atendamos a perdurar en el tiempo como nosotros mismos, a protegernos cuidando de nuestras raíces, como mandan los libros. Manda huevos esa puta necesidad de mostrar pelo para que nos lo miren y midan los que llamándose universales velan a todas hora por la seguridad de su pequeño patio.

Decía al comienzo que somos un país de porteras, más atento a lo que dicen o a lo que susurran los de afuera, los que nos observan, que a entender cuál es la frecuencia que más nos conviene por pura y segura praxis. Y decía, también, que así nos va mientras hacemos el indio por sacar un pecho que no tenemos, con tal de ser traducidos al italiano o hacer las américas cuando nuestros pies pisan un barro cada vez más mojado, todo por poder decir que fuimos los primeros en darnos el boinazo del siglo sirviendo de ejemplo a las generaciones presentes y futuras, pero jalonando el mañana de estúpidas adversidades cuyas consecuencias pagarán a precio de oro los que vienen detrás, porque el enemigo sigue siendo más o menos el mismo aunque ahora sabe de qué pie cojeamos: el español hace patria, a su manera.

¿De qué coño sirve pensar en todo esto...? No lo sé, me limito a mantener elevada mi pica mientras suena la cabalgata de las Valkirias, apostando a que lo que sea que viene, pase pronto ¿Fatalismo? ¡No, tampoco, sólo algo de mala hostia!

sábado, 4 de febrero de 2012

Cantando bajo la lluvia




Dos carátulas de CD musicales realizadas para el proyecto de infantil y preescolar de Ibaizabal Argitaletxea, publicadas junto al resto de material a principios de la década pasada.

lunes, 30 de enero de 2012

Allí, en Santurce


Mis textos abundan en la descripción de aromas y olores. Me suponen una forma de reafirmarme como ser humano cuando puedo acariciarlos en la brevedad de unas líneas o incluso en la densidad de un párrafo...

Esta manía narrativa, como tantas otras, me viene de cuando era más pequeño que ahora, de cuando abría mis fosas nasales para atrapar el tiempo que transcurría bajo mis zapatos, de cuando iba en pantalones cortos, de cuando era pecoso y rubio, de cuando pensaba que vivir suponía otra cosa.

Si Portugalete, mi pueblo natal, ha depositado en mí una buena carga de sensaciones que aún exploro, Santurce (Santurtzi) abrió mis sentidos.

Esta misma mañana comentaba con un sardinero de pelo en pecho y generosa barba, que llegué a Santurce con cuatro años para soltarme un poco de él a los veintiséis ya que nunca lo he dejado del todo. Allí murió mi padre. Allí vive todavía mi madre cuando no está con nosotros. Allí amontono amigos y recuerdos. Allí vivía Emilio... Allí jugué mis primeros partidos de pelota en el ruedo circular del parque. Allí me zambullí en el mar, sumergiéndome entre boniteras y merluceras, y botes de todos los colores y tamaños. Allí aprendí las cuatro reglas en el colegio de las Hermanas Carmelitas. De allí partí infinidad de veces para hacer cima en el monte Serantes camino de Punta Lucero, o para sortear sus laderas hasta llegar a Ciérbana...

Allí, en el pueblo que me brindó generosamente su hospitalidad para dejarme crecer, acostumbré mis ojos a observar atentamente lo que tenía que decirme el horizonte sobre El Abra, a dejarse llenar por las tonalidades que el azul y el verde llevan dentro. Allí, mis manos palparon por primera vez la lluvia, acariciaron las piedras del pretil del Relleno o sujetaron la aspereza de las redes que remendaban las mujeres en el puerto. Allí, junto a mi inseparable Ramón, aprendí que nada sabe igual como una manzana robada, que las patatas asadas en el jardín abandonado del palacete Oriol eran las más sabrosas del mundo, aunque apestaran a humo. Allí, en el pequeño territorio que confinaba mis días y mis horas, escuché cómo ríen las gaviotas, cómo cantan de alegres los mirlos sobre los árboles que dan sombra a la iglesia de San Jorge, cómo susurra el viento o cómo brama...

Pero sobre todo, allí, en Santurce, descubrí que los olores y aromas de todo lo que te rodea forman parte de tu mundo, y que ese aprendizaje no te abandonará nunca.

jueves, 26 de enero de 2012

Viejas herramientas


Dos portadas para la colección Narrativa Lúdica de Ludotecnia. Realizadas digitalmente, verían la luz en El Libro Azul y Job 41.1, Seeken y otras historias (1996).

martes, 24 de enero de 2012

¿Dónde está Waldo?


Lejos de ser un lugar apacible donde entablar relaciones auténticamente humanas, Internet parece la mayoría de veces un medio hostil que lleva a los que allí han depositado sus esperanzas de fructificar encuentros, a un frenética carrera por salir del anonimato más miserable, y en algunos casos, a cualquier precio.

En cierto modo, la red de redes supone una preciosa metáfora de la vida que llevamos a cuestas, un modelo irracional donde si no sacas pecho de una manera u otra, corres el riesgo de creer que no eres nada, donde resulta más convincente mirar cómo te miran que exponerte a que te miren sin que te importe un pimiento cómo lo hagan.

No sé si habéis visto alguna lobera ibérica, pero si no habéis tenido ocasión de ver una, os diré que supone un enorme embudo que huele a seguridad y campo abierto a su entrada, y en su término, a mortal certeza de que no saldrás vivo de ella. Aprovechando las laderas abiertas de una hondonada amplia, los cierres de piedra permanecen lo suficientemente alejados de la vista del animal como para que éste entre acuciado por los ruidos y gritos de la invisible partida de caza. 

El miedo hace maravillas. Sin pretenderlo, el lobo se deja cazar sin saberlo. Corre huyendo de un peligro y se mete hasta el fondo en otro. Las lindes comienzan a aflorar cuando ya es demasiado tarde. Con el miedo detrás y a los lados, al animal sólo le queda seguir hacia adelante, adentrándose más y más en un lugar cada vez más angosto donde se le espera para darle muerte...

Internet tiene mucho de lobera. Entras sin saber ni cómo ni dónde está dispuesta la trampa, y tú te encargas de hacer el resto presa de lo que dices y lo que callas, pues en la red de redes, aunque aparentemente tanto vale lo uno como lo otro, si se me permite la afirmación, tiene más valor lo segundo que lo primero, porque cautivos de lo que decimos, atentos a engorilarnos y a evitar a cualquier precio el temible silencio, terminamos tarde o temprano, o bien por hablar más de la cuenta o bien por dar la callada por respuesta, y es precisamente ahí donde siempre habrá alguien que nos estará esperando para preguntar en público: ¿dónde está Waldo?

Sí, ¿dónde está Waldo?, y en el fondo ¿dónde estamos todos?

sábado, 21 de enero de 2012

Papá, no corras


La vida, con cada uno de sus flecos y pespuntes, recuerda más a la disputa de las 24 Horas de Le Mans que a una carrera de F1. Me digo esto mismo cada mañana en cuanto cobro conciencia de que estoy despierto, para que no se me olvide que sigo en pie, gracias y precisamente, a haber sabido gestionar mis posibilidades conforme a las necesidades del terreno y no atendiendo a las exigencias del día a día.

Los negocios son como la vida, para qué vamos a engañarnos. Incluso la guerra es como la vida, y el amor también es como la vida, y la amistad, y tantos asuntos son como la vida, que no me cabría describir una a una todas las cosas que son como ella. Podría sintetizar todo este rollo diciendo que todo en la vida es como la vida misma, pero sonaría a perogrullada de tomo y lomo, y como no es plan de hacer el indio a dos o tres semanas de haber retomado este blog que pretende comerse el mundo, mejor me dejo de disquisicones filosóficas para meterme de lleno en el valor del rival como acicate para vivir la vida en toda su plenitud e intensidad, cosa que me interesa hoy, toda vez que dicen de mí que soy un tipo competitivo que si no encuentra enemigos se los inventa.

Hay algo de cierto en todo esto, no voy a negarlo, pero tampoco es para tanto. Necesito rivales, como todo el mundo, pero tengo demasiados amigos donde encontrar los modelos de sana dialéctica que me animan a mejorar como ser humano como para pararme a buscar nuevos elementos de confrontación, y puestos, si necesito alguno, a buen seguro seré yo quien lo elija. En todo caso, tengo que reconocer que hay quien merece que mires por los retrovisores, pero que rehuyo instintivamente de los que se señalan solos afirmando que eres tú quien les miras por el rabillo del ojo, ¿y si no les observas, como dicen?

Pues va a dar lo mismo: punto pelota y aquí lo dejamos, porque esta es una de las discusiones más idiotas que conozco, pero si al final terminan en la cuneta, como el personaje de la foto que decora esta entrada, a buen seguro que tienen alguna excusa en la que intervienes pérfidamente, para justificar con ella su derrota entre hierros tibios...

Hace unos meses escribí una entrada que reflexionaba sobre los peligros de la velocidad en la vida y en sus cosas, y a pocos días de que sepamos en qué ha quedado una de las mayores aventuras de uno de mis más cachondos y no elegidos nuevos rivales, uno de esos pegados que no me quito de encima ni con agua caliente, me da por pensar en aquella estampita que pegaban en el salpicadero de su coche nuestro mayores, y que decía «Papá, no corras».

¡No corras, alma mía. Esto es una carrera de resistencia. Va para largo, mide tus fuerzas!

No obstante, como hasta el jueves próximo no sabré nada de la hazaña que comentaba hace un párrafo, a lo mejor el viernes que viene retomo todo esto y hablo brevemente de los peligros que entraña elegir mal las excusas.

martes, 17 de enero de 2012

Cartografía +



Tres muestras no publicadas de la abundante cartografía realizada a principios de esta década para el proyecto del bacalao, escrito y dirigido por Emilio González Soto.

domingo, 15 de enero de 2012

José


—¡José, José... José...!

José no estaba y la casa parecía muerta. Aparentemente estaba como siempre, pero sin el viejo marino en su interior, y a oscuras, y muy fría. Las máscaras en la pared, junto al mascarón de proa de «María Luisa I»; las herramientas para trabajar la madera junto a los tacos de haya y roble con los que José hacía sus figuritas de ballenas; el tendedero con un pañuelo y unos calzoncillos sujetos por pinzas; el fogón helado, la mesa con el plato limpio y los cubiertos al lado, la cama revuelta... al verla así le vino el recuerdo de Carlota, la gallina que había muerto hacía tres años y que el viejo marino había enterrado junto a los huesos de las ballenas, en el fondo del acantilado, acompañado por Zazpi.

El muchacho buscó afanosamente algún trozo de papel escrito, alguna nota. Si José se había tenido que ausentar le habría dejado algún recado. Siempre lo hacía... Bueno —pensó el niño—, las pocas veces que se había ido sin avisar lo había hecho... 

Para ser sincero —recapacitó Zazpi— sólo cuando se marchó a ver a su única sobrina le había dejado una nota, el resto de veces nunca dejaba nada, pero es que José era muy descuidado para esas cosas, y, además, nunca tardaba en volver. El muchacho levantó la cabeza y repasó uno a uno los elementos y trastos que había en el interior de la cabaña. José hacía días que no andaba por allí, de eso estaba seguro, y si se había ido como cuando se fue a visitar a su sobrina, tendría que haberle dejado un aviso. Eran amigos. José y él eran amigos, y esa palabra no hacía justicia a lo que había entre ellos.

Habían navegado y pescado juntos. Juntos se habían enfrentado a Herensuge y sus tiburones y les habían vencido, y juntos habían ideado aventuras que nunca llevaron a cabo: viajes largos, hasta los confines del mundo conocido, donde había estado José y donde había jurado que algún día le llevaría a él, a ver sirenas y leviatanes. José le había enseñado a tallar la madera hasta conseguir convertirla en una ballena o incluso un gato. Le había enseñado cómo descubrir huellas, cómo mirar al sol a los ojos cuando sale o cuando se acuesta. Juntos, siempre juntos, como auténticos compañeros. También en los momentos difíciles y duros, como cuando buscaron durante días a Gris de Payne para encontrarlo muerto, atrapado en un cepo para lobos del que no había podido escapar.

—Los viejos somos como los niños, grumete, calculamos mal nuestras fuerzas —a José le brillaban los ojos cuando recogió a Gris de Payne en brazos, acariciando sus plumas y tratando de plegar sus alas mientras lo liberaba de los hierros dentados. Era la primera vez que escuchaba a José llamarse «viejo» con aquel tono de voz. Podía haber dicho: «los viejos son como los niños, grumete, calculan mal sus fuerzas», y no habría pasado nada... pero había dicho «somos» y «calculamos mal nuestras fuerzas», y hablaba en serio.

Hacía tiempo que Zazpi tenía miedo de perder a su amigo. Lo sentía en su corazón pero no sabía explicarlo, y aquella tarde de otoño en que encontraron el cuerpo sin vida del anciano búho, supo la razón de la tristeza que se abría paso cada vez que pensaba en la posibilidad de que José se fuera del todo, como se iban algunos mayores: para no volver. Desde entonces, cada día que pasaba, José estaba un poco más cansado y triste, y Zazpi sabía por qué. 

Tenía lágrimas en los ojos y una tristeza que no podía describir le aprisionaba el pecho, pero siguió buscando la nota que el viejo marino había olvidado escribir —la sobrina de José estaba embarazada, pero sólo de seis meses. Todavía faltaban al menos tres para que diera a luz a su bebé—, hasta que sintió una suave punzada en la nuca y se quedó quieto. Era como si alguien le estuviera vigilando desde la puerta abierta. Podía sentir su presencia, pero no se atrevió a mover un músculo para averiguar de quién se trataba. 

No quiso girarse. Haciendo un pequeño esfuerzo comenzó a percibir el sonido pesado que hace un pecho grande cuando respira fuerte y hondo, y sintió miedo, un miedo como no había sentido antes, ni siquiera cuando se enfrentó a Herensuge y su corte de tiburones. Haciendo un esfuerzo mayor levantó la cabeza, lentamente, buscando el espejo donde José se miraba cuando se afeitaba... y allí lo vio: un bulto oscuro y peludo que se reflejaba recortado contra el blanco inmenso del fondo de nieve y nubes. Una sombra que parecía mirarle desde el alféizar, a contraluz, observando su espalda con dos ojos negros como pozos.

No quiso gritar, pero el chillido salió solo. La sombra desapareció del espejo, y Zazpi sólo tuvo fuerzas para no derrumbarse, para mantenerse de pie; quieto mientras oía las maderas del entarimado exterior y la escalera, crujiendo y retumbando bajo el paso apresurado de aquello que ahora escapaba a la carrera y que le había estado mirando. Permaneció así un buen rato, quieto, muy quieto y silencioso, tan quieto como pudo, porque las piernas le temblaban; y profundamente avergonzado porque sin querer había mojado los pantalones, las botas y el suelo.


Fragmento de Luna Menguante, traducido y publicado como Ilbehera por Desclée de Brower (2003).

viernes, 13 de enero de 2012

Foxtrot covers



Una de las imágenes más usadas en Ludotecnia, corresponde a un friso que compuse para que sirviera de base a las portadas de las tres obras en las cuales se dividió el Foxtrot en Babilonia original, toda vez que las dimensiones que había adquirido su texto aconsejaban la posibilidad de hacer una trilogía, aventura en la que me empeñé a comienzos de la década pasada y que Dios sabe si retomaré o acabaré algún día, en todo caso, fue un ejercicio de diseño gráfico que me reportó grandes hallazgos y alegrías.

martes, 10 de enero de 2012

Gloria a los héroes de la Antártida


Soy el tipo de la pistola, el personaje que mira embelesado la sugerencia llena de curvas que se sienta sobre la mesa; la chica, mi chica, el juguete del que no sé desprenderme y por el cual daría alguna vida más de las que he dado...

Siendo dibujante y escritor, esteroetipo de bohemio, que diría alguno, al diablo se le debió ocurrir animarme a ejercer de comandante de acorazado estelar embutido en uniforme de editor. Pero aunque la razón de aquello fue algo tan vulgar como una miserable deuda cancelada a cambio de unos pocos papeles firmados que me han permitido mantener incluso a mis amigos, aquí estoy, asumiendo lo que me toca de esa secreta historia mía con mi pequeña editorial, y currándomelo día a día, que conste.

El caso es que, y no es por nada, la vida es muy injusta, tanto que uno busca cómo encontrar un refugio en el camino donde firmar sus tonterías siendo consciente de que no las va a leer apenas nadie, y hay quien eleva una perla minúscula vertida en un sendero, a la categoría de montaña plantada en mitad de una autopista, cayendo en la trampa de pensar que soy el mismo cuando quiero ser, que cuando pretendo pasar desapercibido, y lo que es peor, originando un pandemonio que no tiene pies ni cabeza.

En Nürburgring tengo entradas que han pasado de las 1.300 lecturas, pero aquí, en mi pequeño santuario, rara vez subo de las 100. Es un hecho contrastable y asumido desde que creé este blog que me sirve más a mí que a los otros, pero aún así, esta misma tarde, avisado de que uno de mis textos pobres sigue sirviendo de excusa a uno de mis más fieles seguidores, en esas hazañas bélicas en las que interpreta el papel de víctima para ganar cuota de mercado, con lo fácil que se lo he puesto hasta este preciso momento, me ha dado por sacar pecho y demostrar la capacidad de la que estoy dotado, pasando con un par de clicks, de 36 visualizaciones netas hace hora y media, a las 101 que Blogger me está certificando ahora mismo...

Alguien diría que esta cuestión supone potencia de fuego, capacidad de respuesta o cualquier otra mandanga, incluso muy mala baba por mi parte, aunque lo cierto es que en el fondo, el asunto, delata lo bobos que somos, tanto los que elevan las minucias a categoría de razón para un conflicto totalmente artificial que ya me está cansando, como yo, ¿por qué no?, haciendo gala esta tarde de una infantil actitud para rebatir sus lamentables argumentos sacando pecho con dos o tres alaridos.

Lo segundo lo asumo como una de esas cosas mías con las que he aprendido a convivir con el paso del tiempo, aunque reconozco que me cuesta aceptar lo primero, eso de hacer casus belli de una trastada que apenas consiguió eco, sencillamente porque ni lo quise ni lo pretendía, porque a la vista está, que si quiero, lo consigo.

Mi entrada de 8 de abril de 2011, titulada Omaha beach, trataba de reflexionar sobre actitudes humanas que me resultaban y resultan todavía chocantes, por cutres, por demasiado habituales, por lamentables y por extendidas, y así se lo dije al caballero español que se ha dado por tan y tan aludido, y que se sigue sintiendo tan y tan ofendido. Obviamente el carecía de los datos que he expuesto más arriba y yo sabía perfectamente el alcance real de mis tiros, pero esta tonta actitud que sigue mostrando, desmedida a todas luces, me choca tanto como las otras y merecía otra parrafada que seguro que encontrará el mismo eco que halló aquella. Y es que manda narices que sigamos retratándonos unos y otros, sencillamente porque hay quien sigue sin entender que no es lo mismo ser que parecer, que hay quien prefiere ser que parecer, y que las excusas, cualesquiera que sean, conviene que estén asentadas sobre hechos contrastables y no sobre fabulaciones, porque tarde o temprano, a todos se nos ve el plumero.

No hubo lápidas... No hubo pláticas... No hubo Dios ni hubo Reina...
Sólo nieves eternas en la Antártida...

domingo, 8 de enero de 2012

Delaney


Este año había pedido a los Reyes Magos que me permitieran sacar la cabeza para que no me la rompieran, como de costumbre, y los muy jodidos, bajo el árbol de Navidad me dejaron anteayer una foto de Steve McQueen interpretando al americano Delaney en la película Le Mans.

No supe qué pensar, lo admito. De los personajes terminales a los que soy tan aficionado, McQueen es el que más zapatos donde ajustar mis pies me ha dado, y de entre ellos, la figura de Michael Delaney es si duda uno de mis más queridos, por aquello de que en cierto modo retrata a la perfección la tendencia que tengo a fabular con mi vida hasta hacerla migas, para parecer siempre un héroe derrotado por mucho que pille más planos de cámara durante el metraje de la película.

Debe ir en la sangre, si no no me lo explico, como tampoco acierto a entender cómo demonios los tres Magos de Oriente han sido tan canallas de acertar de plano en ofrecerme por regalo una metáfora de mí mismo que cabe en la palma de una mano...

Siendo sincero, habría preferido un poco de carbón incluso del que sirve para hacer fuego, o ya puestos, incluso unos calzoncillos, porque ver a Steve me ha recordado lo breves que somos, y lo peor de todo, que la historia la escriben siempre secundarios de lujo, almas menores a las que las circunstancias impidieron ser grandes, personajes que supieron sobreponerse a su sino para hacer del vagón de cola un mundo acojedor y habitable.

No obstante, he entendido perfectamente el encargo. 

Puede que no gane la carrera más larga del mundo, pero tengo que llevar hasta la meta el 917 que me han entregado. No sé siquiera si seré capaz de conseguirlo, pero a lo mejor, en las últimas vueltas, consigo romper el guión y me pongo primero.

miércoles, 4 de enero de 2012

Reediciones y reimpresiones


Ayer nos desayunábamos con la noticia de que Mr. Solomon, a la sazón embajador de los USA en nuestro minúsculo país, se había puesto gallito de pelea con el anterior gobierno por no sacar pa'lante y como fuera, la Ley Sinde esa que ha terminado por acuñar sin cambiar de nombre, el nuevo gobierno que decía que era de mierdecillas hacer lo que otros dictaban, eso sí, cuando estaba en la oposición.

Sabíamos cómo se las gasta el Imperio que va pregonando la democracia allá donde pisan sus soldados e influencias, con tal de vender las toneladas de morralla que produce su industria al día, mientras acierta a dar con la piedra filosofal cada 20 años, más o menos. Conocíamos cómo se muestra de sumiso el estandarte español a la hora de potenciar la creatividad a base de tragar con lo que le echen, y lo que llora, y lo que mama de las ubres estatales y de los paganos de a pie, mientras se rasga las vestiduras públicamente pronosticando infaustos y lóbregos horizontes para la Cultura con mayúsculas.

Estábamos al cabo de la calle de que en su nombre, en nuestra noble España, se están cometiendo las más atroces tropelías con tal de que uno de nuestros grandes acabe pisando la alfombra roja del Teatro Kodak de Holywood y EE.UU. nos llame país amigo. Lo de que nuestros políticos sirven al mismo amo aunque cambien de collar no es nuevo, como tampoco lo es que la cosa cultural hace siempre de hermana pobre en todos los saraos, mientras produce pingües beneficios a los que la enarbolan como justificación de sus negocios, sean estos grandes o pequeños.

Por saber, sabemos de sobra que existen tontos útiles que claman por sus derechos supuestamente avasallados por evitar perder el chiringuito de la playa, señalando con el dedo y como ejemplo, a los muchos que por culpa precisamente de la visión mercantilista de la cultura, yacen en sus arrabales y cunetas...

Estamos asistiendo a cómo el concepto anglosajón de la cultura como valor elitista, se abre paso a machetazos sobre el concepto democrático y universal alumbrado en la Ilustración francesa, el mismo que originó que el Art. 44 de nuestra Constitución sancione el derecho de los ciudadanos españoles a ella. Y está sucediendo porque no contábamos con la presión de los mercados, ni con las servidumbres que originan, ni con que la imposición de tan novedosas perspectivas podían tumbar nuestras aspiraciones de manera tan innoble como sencilla.

Y lo peor de todo es que siguen tratándonos como perfectos idiotas desde las entrañas del asunto, como cuando vas a una librería y te encuentras con un libro de hace años que huele a no haber salido del almacén pero se anuncia como reeditado, o aún a otro que destila el aroma de haber sido devuelto por la distribuidora y la editorial pone de nuevo a la venta como reimpreso, ambos casos sin haber alterado una coma ni haber subsanado una errata ahora que hacer segundas ediciones resulta pan comido y serviría para dignificar la relación del autor con su lector, y desde luego para enaltecer la función del editor más allá de abultar artificialmente las cifras para sacar pecho.

Lo dicho, nos quitan el canon pero nos ponen una tasa democrática que pagaremos todos... para que la cultura no se vaya al carajo. Mientras tanto, los que viven de verdad de la cultura nos seguirán tratando como a críos por aquello de que no espabilemos demasiado y sigamos sirviendo de excusa a su auténtico negocio.

martes, 3 de enero de 2012

Tres ases



Ilustraciones correspondientes a tres portadas de próxima aparición, para la colección Cliffhanger de Ludotecnia.