sábado, 23 de julio de 2011

Las chicas del calendario


Hay que celebrar que una reciente sentencia haya reconocido la enorme contribución que realizan las amas de casa a la economía familiar. A pesar de que el caso juzgado se refiriera a una mujer, me consta que a estas alturas de la película, cuando algunos hombres han ido asumiendo con naturalidad sus responsabilidades familiares mientras sus respectivas parejas se encargan de trabajar remuneradamente, aspiro a que no tardemos mucho en comprobar cómo están cambiando los tiempos, porque el currelo en retaguardia, independientemente del género de la persona que lo desempeñe, es tan trabajo como el otro, aunque socialmente aún cueste reconocerlo.

Una cosa lleva a la otra, ya sabéis, e inevitablemente me ha dado por pensar en la función que cumplen los blogs con respecto al mundo de la información, porque a pesar de la ingente cantidad de morralla que habita en su seno, repartida entre refritos y peculiaridades varias, también existe un caudal inagotable de reflexiones y creatividad sin ánimo de lucro, que resulta constantemente esquilmado por un periodismo sin escrúpulos, o por personajes de todo pelo que buscan medrar en sus respectivos ámbitos profesionales capitalizando el esfuerzo que han hecho otros.

Hasta hace relativamente poco, se estilaba esa forma de cortesía que consiste en enlazar la fuente, o en citarla directamente, pero lamentablemente ha caído en desuso, configurando un escenario en el que los pringados crean los contenidos y los listos los aprovechan sin mayor inconveniente.

Obviamente, ante este desequilibrado estado de cosas no cabe reclamar nada porque en Internet está quien quiere y se supone que sabe perfectamente en qué campo juega, pero no está de menos, me parece, que Las chicas del calendario comencemos a reclamar el espacio que estamos ayudando a construir desinteresadamente, sin que nos haga falta salir en pelota picada, bien maquilladas, pero detrás de un florero o una tarta que nos tape las partes anatómicamente más atractivas.

miércoles, 20 de julio de 2011

¿Quién era el pirata?


Vivo en los bajos de la torre de Babel, cuestión que me ha llevado a recelar de aquellos que en nombre de la industria, la que sea, manosean el derecho de los autores, el mío entre ellos, para justificar el derecho al beneficio de los que trabajan la cultura como podrían andar haciendo chorizos o longanizas.

Por todo esto me hizo gracia ver a Caco Senante solicitar en televisión, que se respetase el derecho a la inocencia de uno de los tipos que ha promovido que a los españoles se nos considere, preventivamente, culpables de no sé qué delitos.

Lo de menos es que el ardid se pase por el forro de los aquellos desde la Constitución hasta la propia Ley de Propiedad Intelectual —nos reconocen algunos derechos que son constantemente vulnerados, que no se nos olvide—, lo grave es que en nombre de la cultura, de su supervivencia presente y futura, dicen, se está terminando literalmente con ella.

Sin embargo, no quiero hacer sangre con el trompetista de Los Canarios, el Sr. Bautista, ni con la sociedad que presidía hasta hace nada, ni siquiera con sus modos y maneras, sino señalar con el dedo que algo muy grave está sucediendo con lo que nos rodea, cuando sigue siendo casi imposible conseguir legalmente según que títulos de libros, según qué volúmenes de música, según qué películas, etcétera, porque no resultan rentables a la misma industria que ha jaleado bodrios como la Ley Sinde, por la cual nuestro país se convierte en tierra abonada para la colonización de la Gran Industria, a cambio de unos cuantos Oscar y alguna miseria más, mientras el canon digital ha producido tantos beneficios como para crear una red de negocio paralela a la SGAE.

Si a esto sumamos el enorme patrimonio acumulado de un tiempo a esta parte por la Sociedad General de Autores y Editores, las piezas dejan de encajar salvo que medie una demoledora sobreexplotación de un derecho totalmente respetable, el de los autores, que se ha convertido en una mina de oro a cuenta del desamparo legal en que se mueve actualmente el consumidor, quien ha quedado a merded de los tiburones que ganaban más por lo que supuestamente perdían, que por lo que realmente vendían.

Llegados a este punto, sólo me queda preguntar quién hacía de pirata en esta película... Sí, ya lo sé: es pura retórica.

viernes, 15 de julio de 2011

El pequeño Zazpi


El rumor como de rocas resbalando por una ladera no era otra cosa que el ruido que producían sus escamas del vientre y el lomo al rozar unas con otras. Su color era como el del fuego y no tenía patas.

La tripa abultada era blanquecina y verde. El chiquillo la pudo ver muy bien cuando la serpiente descendió pasando a pocos metros de las velas tostadas del bote, para ascender al poco acariciando broncamente las ramas de los árboles que circundaban el claro que trataban de abandonar Oiarbide y él. Arriba, otra vez lejos de sus miradas, comenzó el combate.

Gris de Payne era grande, mediría lo que Zazpi, y con las alas extendidas tres veces Zazpi, pero parecía diminuto frente al enorme cuerpo de la serpiente. Ella le encontró primero y trató de enroscarse en sus alas para derribarlo. El búho luchó abriendo el pico y presentando sus garras, lanzando chillidos y perdiendo un montón de plumas. Todo parecía inútil.

Tras un breve forcejeo la serpiente lo alcanzó y comenzó a estrujarlo mientras avanzaba su boca para morderlo. Gris de Payne respondía con picotazos en el morro de la bestia.

Bajo la tupida capa de hojas que ofrecía el bosque sólo se oían los terribles chillidos del búho y el tremendo rumor como de rocas resbalando por una ladera. En ese momento José miró a Zazpi y le dijo:

—¡No podemos abandonarlo!

Zazpi era de la misma opinión, pero nada se le ocurría para impedirlo.

—¡Coge la caña de nuevo, grumete, que si luchas como antes a buen seguro que acabamos con ella!

Zazpi agarró el timón mientras el bravo navegante aferraba la pistola con el mismo aire de pirata que tenían sus palabras. La barca giró en redondo, elevándose. Los tenían muy cerca, la cola de Herensuge a tres metros bajo la quilla. José disparó sobre la coraza de escamas de Herensuge. Un fogonazo multicolor estalló sobre el lomo de la serpiente sin herirla. Con su único y encendido ojo siniestro, miró vengativamente al anciano olvidándose por un momento del maltrecho búho.

Sin darle importancia, giró la cola y golpeó al viejo piloto sacándolo de la barca. El cuerpo de José voló por el lado de estribor para caer sobre los árboles que gritaban:

—¡Cuidado, cuidado!

El viejo José caía arrastrando hojas y ramas. Su cuerpo quedó inmóvil, bastante abajo, y Zazpi temió lo peor, pero no había tiempo que perder; enfiló la proa de la chalupa y arremetió contra la panza de Herensuge. La serpiente abrió su enorme bocaza y lanzó al aire una bocanada ruidosa de gases horripilantes. Gris de Payne, malherido, aprovechó para escapar. Momentos después giró sobre sí mismo para recoger a Zazpi por la camiseta que le había puesto la amatxu, mientras el María Luisa 2ª desaparecía convertido en mil pedazos por la furia de Herensuge, que ahora utilizaba su cola como un enorme látigo.

—¡A la torre!

Gris de Payne, con Zazpi en sus garras, volaba como podía, buscando el abrigo de la vieja construcción que descansaba en el interior de las nieblas del Akaitz, jaleados por los árboles que ahora decían:

—¡A la torre, a la torre!

Una destartalada construcción de piedra apareció ante los asombrados ojos de Zazpi tras el corto viaje a través de la niebla. No era muy alta y se encontraba semiderruida, dejando al descubierto parte de la estructura de madera que la sostenía. Gris de Payne conocía el camino, aquél era su hogar, allí tenía su nido. El nido del búho era tan solo un hueco entre las piedras y las vigas, en la pared Norte. Allí se ocultaron.


Fragmento de Baleen Haranean (Zazpi y Zazpi, en el original en castellano), editado por Desclée de Brouwer en 1999. Mi primer libro infantil publicado.

miércoles, 13 de julio de 2011

La campaña de la goleta Argus


Me embarqué en la aventura del bacalao en 1995, de la mano de Emilio González Soto, un año después de haber ayudado a parir Piratas!! Diez atrás, más o menos, había tocado las playas de guijarros de Terranova donde los pescadores secaban este pez teleósteo para que se consumiera en el viejo continente. Ocurrió en el Museo del Pescador de Bermeo (Arrantzaleen Muesoa), bajo el paraguas, siempre amable, del verbo inagotable y preciso de Aingeru Astuy. 

Hace un año, Abril y Pablo me regalaron el libro que da título a esta entrada, y abrirlo me supuso retroceder a mi pasado reciente y aún al olvidado, al resucitarse en mí las vibraciones que me animaron hace tiempo a aprender lo sabido y desconocido para plasmar después, con plumilla y acuarela, una de las mayores gestas que ha vivido el ser humano, y que en cada una de sus páginas se descubría ahora nítida, casi tal y como yo mismo la había reconstruido.

Alan Villiers fue un marino de carrera que sirvió en la Armada australiana, colaborador también de National Geographic, que decidió enrolarse en la primavera de 1950 en una goleta portuguesa llamada Argus, para viajar a los grandes bancos de Terranova, Labrador y Groenlandia, y regalarnos así una crónica estupendamente escrita y amena, de una de las últimas campañas bacaladeras de la época.

El tono narrativo es puntilloso y documental, deudor, sin duda, de la necesidad apremiante que siente al autor por relatar sin olvidar nada, enfatizando las pequeñas epopeyas que surgen bajo los mástiles de la goleta, y las grandes que ocurren tras la ceguera a la que obliga la abundante y peligrosa niebla que engulle a los doris, auténticos tentáculos del barco que se despliegan sobre el gélido mar en un viaje de ida y vuelta que a veces no encontraba solución.

El retrato que nos ofrece Villiers resulta colosal, como la vida de sus personajes; como la solemnidad del Argus abriendo el agua con su tajamar, impulsado por el viento y el aliento de aquella gente humilde que comenzaba a jugarse la vida una vez el navío había soltado amarras; como la multitud de referencias a la pesca portuguesa que salpican el texto.

Lo tradujo y editó cuidadosamente Ediciones Trea S.L., en 2007, y aún es posible encontrarlo en las librerías, pero a mí me lo regalaron Abril y Pablo devolviéndome media vida, que conste.

domingo, 10 de julio de 2011

Viejas maneras




 
Hace ya tiempo que hablé de cómo me subyugaba la capacidad de Dani para resolver manualmente lo que otros hacen sólo a través del ordenador (sólo lo usa para los tratamientos finales), emparentando su trabajo con los collages de finales del siglo XIX y principios del XX. Hoy toca echar un vistazo a parte de sus creaciones para Dogfight.

jueves, 7 de julio de 2011

Manual del perfecto astronauta


Si midiera el tiempo como los demás, el astronauta estaría aún más perdido, por eso lo tasa con la punta de sus dedos, a cachitos, delicadamente, como su hijo, niño de pañal, atrapaba miguitas de pan antes de llevárselas a la boca.

Una vez creyó volverse loco. La estación, pequeña botella repleta de secretos, se le antojó anagrama de cosas infinitas, y sus angostos pasillos, los de un laberinto amplio que giraba sobre sí mismo como la bicha de Ouroboros, que prende con su boca la cola mientras acaricia con ella su lengua, en un juego que ni tiene sentido, ni principio, ni final.

Sintió la agonía del náufrago, quien pudiendo atrapar entre sus brazos la vastedad del horizonte marino, renegaba de tamaña fortuna sollozando por tocar tierra y ser arrullado en la arena sobre un vientre tibio, mendigando un susurro siquiera durante un miserable segundo.

Una vez creyó saberse solo. Acarició tal certeza, la apretó contra su pecho y mesó sus cabellos. Aspiró sus aromas, escuchó sus sonidos y derramó un par de lágrimas furtivas sobre su cabeza.

Reconoció demasiado tarde la luz que se acercaba en trayectoria de colisión.

Reaccionó como había sido entrenado, aplicando escrupulosamente todos y cada uno de los protocolos aprendidos, los mismos que había usado de manera puntillosa tantas y tantas veces. Recorrió la nave de cabo a rabo. Olvidó su locura, su naufragio y su soledad. Revisó los controles, accionó los botones y se puso el traje espacial. Respiró hondo el oxígeno de las bombonas. Redujo la mezcla. Una a una repasó las claraboyas, clavando sus ojos en la frontera espumosa y curva que dibujaba a miles de kilómetros de distancia, el lugar exacto en que se saludan con las yemas de los dedos la nada y el todo.

Amanecía por cuarta vez aquella madrugada.

Mientras cavilaba sobre lo sucedido notó la extraña presencia que había hecho hueco y morada en el interior de su pecho, que lo iluminaba tenuemente desde su nuevo hogar a dos centímetros de la superficie. El futuro se abría ahora como una flor que recibe la primera luz de la mañana para beber del rocío que trae todo amanecer. El astronauta era el mismo, se notaba idéntico, pero se sentía profundamente distinto. El océano ya no le producía miedo. El juego de la serpiente había cobrado sentido. Sus manos ya no sujetaban ninguna certeza sino un universo repleto de dudas por explorar. Y el tiempo, ¡ay, el tiempo! 

El tiempo ya no tenía sentido...

sábado, 2 de julio de 2011

¿Hace una curva?


De un tiempo a esta parte se viene observando una insana tendencia a cuestionar el sencillo gozo ante lo que se puede ver, leer, escuchar o experimentar con cualquiera de los sentidos, bajo la impostura de que sólo se puede disfrutar de aquello que se entiende, siempre y cuando todo pase inexcusablemente (¡claro!) por el manejo aparentemente solvente de toneladas de datos, ecuaciones y curvas.

El debate que se suscita es demasiado viejo, no nos engañemos. La tendencia del ser humano a poseer en exclusiva aquello que supuestamente ama, es demasiado antigua como para desperdiciar algunas líneas intentando aportar algo nuevo, así que dejémoslo en que el frikismo (sea de la índole que sea, incluso científica) trata de perpetuarse por las buenas o por las malas, y en este sentido, ante la imparable democratización del ocio, para defenderse del molesto vulgo hay quien no ha tenido mejor ocurrencia que rodearse de secretos a cada cual más complicado de desentrañar.

Lo chocante del asunto no estriba en lo bobo y cansino que resulta tratar de discernir si se disfruta más de la visión de la luna, contemplándola a palo seco o con dos tratados de astronomía bajo el sobaco y sabiendo que cada año su órbita se acerca a la Tierra en dos centímetros, sino en que ha habido sabios que prefirieron arrinconar lo que sabían para dejarse llevar por una experiencia que resultaba gratificante sin necesidad de darla más vueltas.

¿Amamos porque amamos, o porque nuestra química elemental nos anima a hacerlo? ¿Tiene mejor textura y sabor si lo disfrutamos bajo el prisma de la física y la química? ¿Cómo tasamos el valor de una caricia: por lo que nos reporta anímicamente, o por lo que supone de relación nerviosa a través del sentido del tacto...? ¡Ay, Dios!

Lo que sí admitiría debate es cómo hacer para mejorar el criterio común en aras de disfrutar mejor de nuestro ocio preferido, ya sea cultural o deportivo, o simple y llano ocio del bueno, desde la humildad y la pedagogía sana. Pero eso sería meterse en honduras habiéndose quitado previamente la careta, y no todo el mundo está por la labor de admitir que sin maquillaje resultamos demasiado parecidos porque todos tiramos como las cabras al monte, cimentando a nuestra bola las filias y quereres que nos hacen pasárnoslo como perfectos enanos mientras descubrimos nuestro propio camino.

Para gustos se hicieron los colores, ¿no?