martes, 28 de junio de 2011

Los cuervitos de Chirí





Los cuervitos son esos personajes que asisten silenciosos a la trama que se desarrolla en las ilustraciones. Un componente esencial de ese mundo mágico que nos rodea, al que prestamos tan poca atención que nos pasa completamente desapercibido a pesar de que sirve de necesario contrapunto. ¿A qué llamamos realidad si no es a ese teatro al que asisten divertidos los cuervitos de Augusto?

sábado, 25 de junio de 2011

Yo también quiero


Envidio a los tipos que tienen un estilo definido. Lo he insinuado algunas veces y me temo que no queda más remedio que rozar el asunto de nuevo: sigo explorando gráficamente porque me gusta ese camino. Lo malo es que desde esta perspectiva tan amplia, mi trabajo vale lo mismo para un roto que para un descosido. Lo bueno de los que tienen un estilo reconocible, es precisamente eso, que valen para un roto o para un descosido (nótese la «o», por favor), nunca para las dos cosas a la vez.

Otro día me distraigo hablando de las bondades del camino que he elegido, que las tiene, obviamente, pero permitidme hoy que me despache a gusto sobre la envidia sana como motor de la creatividad, al menos de la mía.

Aquí arriba tenemos una magnífica ilustración del artista británico afincado en Canadá, Ray Caesar. Modela sus creaciones a partir de un diseño en 3D barnizado con texturas aparentemente almibaradas, que se apastelan gracias a un soberbio manejo de la luz. Cualquiera diría que resultaría posible asimilar su estilo. Pero no es así.

El tratamiento nunca es el resultado, aunque tenga mucho que ver con él. Caesar lo sabe y por ello trabaja sobre un esquema de aparente fácil lectura, porque mientras por un lado nos ofrece composiciones que destilan una nítida sexualidad que las impregna sin contemplaciones, el lenguaje que utiliza se acerca peligrosamente al de la narrativa gráfica infantil más tradicional, el de los álbumes ilustrados de toda la vida, vamos, de manera que conjugando intencionalidad y recursos, la obra de Ray suspende al espectador en una duda profundamente turbadora, anegando sus sentidos con complejas referencias duales que atienden a la vez a lo permitido y a lo prohibido.

Hay que ser muy bueno para hacer lo que hace el londinense, y a gente como yo sólo nos queda decir aquello de yo también quiero...

miércoles, 22 de junio de 2011

Parecidos razonables


Conocía Rusia desde los libros, las diapositivas, los informes, pero nunca había estado en aquel territorio magnífico. Rusia era una presencia constante en su mente desde que se encargó oficialmente de East Wind, debido, sobre todo, a su magnífico conocimiento del idioma de Tolstoi, una chiquillada de cuando tenía catorce años y decidió que su futuro se hallaría en las letras. Nesbit, su profesor en el instituto, le ayudó a comenzar el difícil camino que concluiría en la universidad, tras haber consumido toneladas de libros de poesía y narrativa rusa —poco asequibles en las reacias librerías de Vermont—, y tras haber degustado inolvidables pasajes musicales compuestos por los clásicos románticos rusos.

Primero el conocimiento de la lengua traducida y los sonidos aprendidos, más tarde el sumergirse directamente en el dominio del idioma, del vocabulario, mientras comenzaba los estudios de graduación en Política Exterior para intentar llegar a ser lo que soñaron sus padres. Tiempo más tarde, cuando aquel afán por aprender le llevó a trabajar como traductor para la Ansil Lib. Editorial, fue cuando le convencieron para que atisbara la posibilidad de colaborar con el Gobierno. Pasó por alto el espacio de tiempo que invirtió en el Departamento de Defensa —al poco de terminar el servicio militar—, antes de su ingreso en la Agencia de Inteligencia Naval, primero, y en el CDFC después. Y volvió a pensar en el puesto que ocupaba en aquel preciso momento a pesar de los pocos motivos que tenían sus superiores para confiar en él.

Conocía las tradiciones rusas, su idioma, su historia. Él era un pensador, un intelectual al que le aterraba siquiera pensar en disparar un tiro mientras se refugiaba en su grupo de trabajo, en sus ordenadores y en sus fichas. No hacía demasiado tiempo habrían elegido para el mismo puesto a algún oficial que hubiera estado, al menos, en la Embajada en Moscú, ahora ya no hacía falta. Los adelantos electrónicos, la extensa información sobre cada uno de los recovecos orográficos, poblacionales, etc., la cantidad ingente de diagnósticos, de estadísticas, de informes precisos, suplían el conocimiento directo; la red de satélites y aviones espías que recorrían a diario la superficie de Rusia podrían fotografiar a Yeltsin en calzoncillos en el mismo Kremlim, mientras tomaba un vaso de vodka, y nadie se daría cuenta. La ventaja técnica había destronado a la experiencia de campo, y para él aquello era un paso hacia atrás, y más desde que había sentido lo que había percibido nada más llegar al aeropuerto, aquello difícilmente lo podían describir las fotografías ni los informes, ni tan siquiera los libros, aquello se metía dentro y de esa forma sí resultaba posible emitir dictámenes y proponer acciones como requerían de su función en Boulder.

Rusia parecía débil, sólo lo parecía. Él era americano y entendía perfectamente la razón que había llevado a la superpotencia a aquel descalabro económico y político que la engullía sin ningún tipo de reparo y que en casa sabrían aprovechar en el momento preciso, sin embargo, desde que había llegado a Moscú sólo había visto tristeza, y la tristeza cuando se afinca en el corazón de los pueblos es muy parecida a la muerte.

domingo, 19 de junio de 2011

Bastones blancos


Mi viejo compañero ha claudicado definitivamente. Ayer por la tarde todo parecía ir bien. Respondió correctamente a los chequeos y nada hacía presagiar la lentitud con la que ha despertado esta mañana. Nada que hacer. Tras forcejear inútilmente contra un mundo que ni entiendo ni gobierno, yo también decidía bajar los brazos, dándome por vencido, yéndome para casa con la sensación de que los tiempos han cambiado demasiado para un tipo como yo, que se alumbró en esto casi ayudado por un marcapasos, sobre un LC de segunda mano comprado a un amigo (¡Pepelu, un abrazo si lees esto!), y estrenado bajo la supervisión de J&F y la ayuda de Igor y Carlos.

Tengo en la retina el viejo Classic en cuyas entrañas comenzó todo, y delante el pequeño IMac de casa. Los años van pasando. Sigo abonado a la manzana como los desertores de las bonanzas de Fidel Castro se aferran a las balsas que les llevarán al paraíso. 

Apple y siempre Apple. Mi vida reciente podría ser visualizada observando los modelos más baratos de la gama de la empresa que prometió romper con las cadenas de Microsoft para agarrarnos por los cogieron. No es una cuestión de pelas, entendedme. Para las cuatro cosas que hago en un Mac, con los más baratos tengo y me basta, así que aprovecho la coyuntura para seguir asido al vagón de cola de la tecnología sin que mi saldo se resquebraje, que mañana se resquebrajará, seguro, porque toca sustituir al anciano God HD y no quedan más alternativas si pretendo seguir prosperando.

¿Y por qué? ¿En qué momento se jodió todo?

Antes bastaba con saber dibujar o con conocer los rudimentos necesarios para que otros hicieran el trabajo de componer libros. Recuerdo las galeradas infinitas. Metros y metros de texto que te traían de la fotocomposición y que había que corregir y devolver para que ésta se los pasase a la fotomecánica. Allí un tipo los cortaba y pegaba dejando espacio para las imágenes, pero no virtualmente, como ahora, sino físicamente, previamente convertidos en película, sobre acetatos... El libro se hacía como las casas, desde los cimientos hasta el tejado... Los dibujos llegaban siempre los últimos, ajustados a las indicaciones que daban tipos como yo.

Por edad llegué tarde a la etapa de la tipografía clásica. Aquello sí que era labor de chinos.

Por edad me ha tocado hacer de fotocomposición, de fotomecánica y de preimpresión, ayudando ingenuamente a desmantelar un sector que daba pan a mucha gente, que se fue al paro engullida por una maquinaria que ya la estaba dejando de lado mientras la manufactura de un libro se popularizaba y convertía en cosa casi de niños.

¿Hemos mejorado realmente? Sinceramente siento que hemos perdido mucho, demasiado. Mañana, por ejemplo, tengo la imperiosa necesidad de comprarme un bastón blanco que me ayude a transitar por donde podía y sabía con un lápiz bien afilado, una plumilla o un pincel, y un humilde tipómetro. Sé que juego en desventaja, pero es lo que toca.

viernes, 3 de junio de 2011

Redes sociales


Mi experiencia en las llamadas redes sociales es muy reciente, como ocurre con la práctica totalidad de lo que tiene que ver conmigo y atañe al mundillo de las nuevas tecnologías. Una conversación con una editora, habida a mediados de enero pasado, en la que sonó: «¡Pero Jose, no estás en Facebook ni en Twitter!», obró la catarsis.

Dicho y hecho, a finales de aquel mismo mes me introducía en unos campos que se me antojaban minados. Y no me equivocaba. Al cabo de unos días Facebook me consideraba un spam por solicitar a demasiada gente tratos de esa amistad virtual que sólo puede concebir una mente anglosajona y, para qué negarlo, gracias a la generosa contribución de dos conocidos que rechazaron mi amable invitación, para bloquear a renglón seguido sus respectivos muros ante miradas como las mías, sospecho.

No deja de tener su gracia. A Facebook se la supone un universo amplio en el que puedes tener acceso a lo divino y humano, por aquello de que fomenta las relaciones, pero dentro habitan seres que ponen barreras a su alrededor para preservar su sacrosanta intimidad. Este ardid tiene también su miga, pues hay quien lo usa para el viejo, maduro y rancio, ¡no te ajunto!

En fin, que en Twitter ni ando. Se me antoja que consume demasiado tiempo, y que lo de los 140 caractéres resulta muy rácano como para contar algo más que un chascarrillo. Tampoco es que abunde en el invento del señor Zuckerberg; tengo anidados allí mis blogs, he subido algunas imágenes, y de vez en cuando chateo o cuento algo en mi propio muro. Pero sobre todo observo.

Sí, observo como si fuese un vulgar voyeur que en el mundo hay mucha más generosidad de la que nos cuentan, aunque luche en desventaja con una mezquindad que aprovecha las redes sociales para prosperar a sus anchas, pues no se corta en saludarte cuando no quedan más bemoles, pero que ahí, en ese universo que cabe en la cáscara de un cacahuete, te niega el saludo porque el gesto adquiere un eco supuestamente amplificado.

Bien, ya estoy en Facebook y en Twitter, pero me siento igual de pequeño que siempre.