martes, 31 de mayo de 2011

Minuciosos bichos cuadriculados


Haciendo de becario en la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes de Bilbao, habré sostenido en mis manos como un par de centenares de veces el libro Necronomicon, a hurtadillas la mayoría de ellas, con absoluta tranquilidad otras menos, cuando mis compañeros y los quehaceres diarios lo permitían... 

Como buena parte de mi generación, arribé a la corriente artística biomecánica de la mano de H. R. Giger, padre y madre de aquel engendro cinematográfico que firmó Ridley Scott, nos detuvo el pulso y que se titulaba Alien, el octavo pasajero, y lo cierto es que la he seguido con posterioridad, porque son muchos los autores plásticos que han abundado en ese complejo mundo que recrea una naturaleza —a veces muy distinta de la que conocemos, otras, menos—, a base de fusionar tubos, correas, engranajes, tuercas y tornillos, con músculos, tendones y carne, plumas, o incluso élitros.

El universo resultante, amén de profundamente creativo, resulta enigmático y subyugante precisamente porque juega furtivamente con las referencias del espectador, avocándole a una reflexión sobre lo que és y no es, basada en la certeza rota de que todo animal es en el fondo una soberbia y vulnerable máquina blanda que funciona con precisión suiza.

Christopher Conte, el audaz e inteligente artista de quien he tomado prestada la imagen que decora esta entrada, es un fabuloso exponente de este mundo que me apasiona tanto y en el que incluso me he atrevido a posar mis manos en alguno de mis textos y dibujos, quién sabe si por participar de tan atractiva aventura o tal vez por sentirme un dios menor que se entretiene dando alas a su imaginación en una tarde de tormenta.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Soñar es gratis




Aboceto muy poco aunque los bocetos son una parte muy importante de mi trabajo. Estas tres muestras daban soporte a un sueño que compartimos todavía un tipo entrañable y yo. Fueron creados antes de que la crisis astillara el proyecto, y están esperando a que pase ésta para que puedan ser concretados en una ladera de 70.000 metros cuadrados. ¡A ver si hay suerte, y a finales este año...!

sábado, 21 de mayo de 2011

Crucero sobre la ría


A cuenta del colosal trabajo de ilustración en el que estoy embarcado desde 2008, más o menos por estas misma fechas, andaba el año pasado recreando un Portugalete que me sirviera de marco para las andanzas de mis héroes de papel.

En ello estaba cuando me llamaron a filas para hacer de jurado en el vigésimo cuarto Concurso de Cómics Noble Villa de Portugalete, en compañía de la magnífica ilustradora y artista guipuzcoana Concetta Probanza, y de José Luis Martín, editor de la revista El Jueves y uno de nuestros mejores maestros del humor gráfico.

Como es costumbre, unas semanas después de que el jurado emitiera su veredicto tuvo lugar el acto de entrega de premios. Por coincidencias de fechas con el Salón del Cómic de Barcelona, ni José Luis ni Concetta pudieron asistir, de manera que tuve que salir en solitario a la plaza, acompañado, eso sí, por el alcalde de la noble Villa, Mikel Torres, y la concejala de cultura, Italia Canna.

La cosa transcurría por sus derroteros naturales hasta que al final del acto, y de manera totalmente sorpresiva, los representantes de la corporación municipal me hicieron entrega de una hermosa reproducción de la Torre Salazar.

Mientras Italia me tendía el inesperado regalo, escuchaba yo los pasos de sus antiguos habitantes sobre las tarimas, y los jadeos y roncos ladridos de los perros villanos. La torre. Sostenía la torre en mis manos después de haber deambulado por sus secretos, reinventando cada una de sus esquinas y piedras, vigas, muebles, también el artesonado, la biblioteca que contuvo, las escaleras, y por supuesto los aromas a humo de tea que se abrían paso hacia los techos ennegreciendo las paredes de un lejano 1580... 

Dicen que la vida nos pone delante extraños cruceros en mitad del bosque, confluencias de caminos que no están señalados en ningún mapa, que responden a sabe Dios que extraños sortilegios. Hace un año, más o menos, tuve la fortuna de pisar uno de ellos, a pocos metros de la ría que humedece las raíces de mi pueblo natal.

jueves, 19 de mayo de 2011

Bethany's wave


Tuve un amigo que hoy sufre Alzheimer selectivo desde que decidió unilateralmente distanciarse de mí. Por olvidar, ha olvidado incluso avisarme de la caída de aquellos que fueron nuestros compañeros de aventura en tantas batallas como intervinimos juntos, en las que serví abriendo camino a golpe de machete o recibiendo los primeros dardos envenenados, cuando no, soportando a pecho descubierto los embates más feroces del enemigo. Tal era mi fortaleza bíblica, mi arrojo y mi soberbia, mi locura suicida, que incluso me anunció su intención de dedicarme un papel protagonista en una de sus obras...

Obviamente no sé en qué ha quedado todo aquello.

La soledad es una estación de paso. Vivimos destilando fosos de amargura, rayuelas ininteligibles, desencantos, desconciertos, mezquindades, mareas verde esmeralda que se levantan a nuestra espalda como muros, pero sigo creyendo en el género humano aunque cada vez un poco menos.

Para un optimista no hay nada peor que el escepticismo. La duda razonable sobre el futuro de las cosas supone siempre una herida abierta que resulta inasequible a la sutura o a la sal. Está ahí, y ahí estará al menos hasta que la olvides o la sepultes, acompañándote desde su silencio, recordándote lo frágil y vulnerable que eres, lo pequeños que resultamos todos.

Sol ha estallado, pero soy escéptico aunque me gustaría no serlo.

Tal vez sea la edad o el cansancio, o las veces que me han dicho que callara la boca o midiera mis palabras, conocidos que jalean ahora mismo el explosivo júbilo esperanzador que ha anidado en el centro de Madrid y que ha encontrado eco en toda España. Soy escéptico y maldigo mi escepticismo con lo que está ocurriendo, porque creo en el día a día, en el trabajo codo con codo, en los actos minúsculos que tantas veces han despreciado por inoportunos estos que digo.

La hoguera de Sol se apagará tarde o temprano, y volveremos todos al auténtico campo de batalla, a ese futuro mejor por el que hay que pelear cada jornada, por esa libertad que nadie te regala, por esa lucha contra el hastío que nunca acaba y que rara vez iluminan los focos.

Obviamente no sé en qué quedará todo esto.

jueves, 5 de mayo de 2011

Con lo «agustito» que estamos


Para ser una sociedad que rehuye el debate como si se tratase del diablo, la de los Juegos de Rol, en su conjunto, gasta demasiada tinta en justificar su inmovilismo y sus vicios.

He dejado pasar un tiempo prudencial desde que Carlos de la Cruz, Antonio Polo y Avatar [Omar El-Kashef], desde distintas posiciones y desde sus respectivos blogs, hicieran sendos ejercicios reflexivos sobre la situación que vive el sector, coincidiendo, y además por primera vez, que recuerde, en abordarlos desde el comportamiento del aficionado.

No quería coincidir a mi vez con estos tres pesos pesados de la blogosfera rolera, porque mi razonamiento surgía de la conversación habida en el pequeño reducto que supuso el encuentro que tuve con tres aficionados en Facebook, el pasado 12 de abril, y del que nadie se hizo eco salvo El Opinómetro y El Otro Viento.

Si la cuestión de tanto silencio choca bastante con las quejas de una afligida afición que se lamenta habitualmente de que no sabe lo suficiente, choca aún más en un escenario en el que somos pocos y  quienes tienen la obligación de informar no lo hacen a pesar de que las editoriales, en este caso Ludotecnia, intente generar alternativas de comunicación que vayan más allá del consabido y tradicional trato de colega a colega con los aficionados.

La pregunta que se me hizo fue escueta: «¿Que pasos crees que deberia dar el mercado rolero español para que pudieran desarrollarse verdaderos profesionales?» Y mi respuesta también lo fue: «Para que haya profesión tiene que haber mercado que la sustente.»

Y aquí surge la madre del cordero, porque comprendo que lo de mercado sigue viniéndonos demasiado grande como colectivo, ya que ni somos conscientes de que lo formamos todos, ni hay interés en cambiar de modo, lo que permite que el amiguismo campe por su fueros contaminando todas las esferas de comportamiento, desde el creativo al de consumo puro y duro. Obviamente, mientras impere este estado de cosas no hay posibilidad de profesionalizar nada, porque no existen los filtros necesarios.

Escribe bien el amigo, dibuja bien el amigo, edita bien el amigo, se promociona en resumidas cuentas al amigo. Diseña mal el enemigo, ilustra mal el enemigo, saca porquerías siempre el enemigo, y lógicamente se condena al ostracismo al enemigo. Si los trapos no se lavan en casa ya no te ajunto... Triunfar es hacer amigos, no nos engañemos, no consiste en hacer las cosas bien, ni siquiera en intentarlo. Y así nos va.

Carlos hablaba de fragmentación; Antonio hablaba de jugar y dejar jugar; y Avatar, en su línea, hablaba de ir más allá. Estoy bastante de acuerdo con los tres aunque en el fondo no lo estoy con ninguno.

Hay fragmentación porque nos movemos en un modelo de coleguismo donde lo ajeno siempre estará mal visto y será el objetivo a batir. Hablamos demasiado y nos olvidamos de jugar porque lo novedoso o alternativo nos produce auténtico pánico. Rehuímos el debate porque la afición está cómoda controlando el cotarro y reclamando insistentemente salidas que luego rechaza de plano, sencillamente por evitar mirarse en el espejo para descubrir sus propias miserias.

Y puesto que la afición reclama día sí y día también que nos profesionalicemos como sector,  como si eso fuese la panacea para salir del estado que sufrimos, no me queda otra que decirle a bocajarro que  el camino para profesionalizar todo esto, a mi modo de ver, pasa inevitablemente porque las editoriales abandonemos paulatinamente el feedback con el aficionado, y desde luego porque éste asuma de una vez que es consumidor ante todo, y que su interés debería estar por encima incluso de sus amistades y filias.

Pero con lo a gustito que estamos...

miércoles, 4 de mayo de 2011

Azul 13:21


Desde que tengo uso de razón recuerdo haber tenido una máquina de fotos en las manos, por ello, tal vez, he sentido siempre por la fotografía un respeto reverencial, casi mágico, que me ha llevado a rodearme de grandes amigos a los que admiro, pues son mejores que yo en aquello de congelar el tiempo y el espacio en un fragmento imborrable.

Tengo delante el grueso volúmen del cual he tomado prestada la magnífica fotografía de Anders Petersen que abre esta entrada. Corresponde a la publicación que realizó en 2009 La Fábrica Editorial sobre la exposición «Años 70, Fotografía y vida cotidiana», un monumental catálogo de afanes,  derrotas y victorias, encuentros y pérdidas, tristezas y alegrías, que quedaron atrapadas por los ojos que supieron discernir a través de un objetivo la profunda poesía que reside en el día a día, en la década, precisamente, en la que yo me abría paso desde la infancia hasta la adolescencia pensando ya en comerme el mundo manteniendo intacta mi dentadura, soñando ilusamente que el mañana me protegería de todo daño.

Curiosamente, mi enorme memoria me ha jugado una mala pasada en esta disciplina en la que para ser sincero nunca me he demostrado malo, pero en la que desgraciadamente no he abundado. De manera que a pesar de contar con una extensa colección de instantáneas relativas a mi vida, y a pesar de los recuerdos vívidos que atesoro, siento la ausencia de las más importantes, aquellas que deberían haber retratado los jalones que me han llevado con pie seguro a través de la niebla.

Dejémoslo en que soy un completo desastre en esto como en otro montón de cosas, por fiar demasiado a que el futuro será condescendiente conmigo y me dará oportunidad de resarcirme del inevitable paso del tiempo, y en que a falta de certificaciones propias, me entretengo descifrando las que supieron certificar otros, como un ciego palpa la superficie de una cara intentando desvelar sus secretos para hacerlos suyos.

martes, 3 de mayo de 2011

Mapas y bitácoras




Muestra de los mapas realizados para Los Bandidos del Mar, libro publicado por Espasa Calpe en 1999.