martes, 25 de enero de 2011

Diario de un fusil de asalto


¡Cómo pasa el tiempo! A la vuelta de la esquina este blog se pone en dos años de vida, y como diría el de siempre: ¡yo con estos pelos!, que esta vez los tengo, lo prometo, unas greñas abundantes que son la envidia de dos de mis cuñados. Pena penita pena que las claridades de la coronilla y el copete no me dejen fardar como un chaval algo canoso, porque si no barrería, pero es lo que tiene pagar el peaje de una vida llena de cosas buenas, sí, pero también de algunas no tan buenas, y que conste por escrito que lo acepto de buena gana porque el saldo final puede considerarse muy positivo.

Menudencias físicas aparte, decía al comienzo que ya va para dos años que entoné el ¡Chaaaaarlyyyyy! de la primera entrada de este sitio, y juro que ni loco imaginaba que llegaría a calzarme las 172 que firma ésta que estoy escribiendo, pero es lo que tiene ser oriundo de Portugalete.

Los que me conocen saben de buena ley que lo que me cuesta realmente es ponerme, porque una vez puesto, no tengo medida. Aunque lo que me extraña de todo esto es el enorme cariño que rodea este zulo. 

Sabéis de sobra que me las prometía peores, que al comienzo me amparé lejos de los motores de búsqueda, que impedí los comentarios, y que sólo tiempo más tarde me fui animando a bajar las defensas hasta abrir la mano completamente. El resultado es bastante molón, para qué voy a negarlo. Vamos camino de las 11.000 visitas de las buenas (nada de refrescos de pantalla), hay 93 personas que han tenido a bien salpicar de colorines el lateral de mis textos, ilustraciones, diseños o idas de olla, y el mundo, aquí, discurre en armonía gracias a la enorme paciencia que me dispensáis incluso cuando hay temporadas larguísimas en las que ni siquiera me acerco a soltar algo.

Venía en el tren, de vuelta a casa, pensando en la razón que lleva a uno, yo, cualquiera, a contar los chascarrillos de su vida personal o profesional por aquello de que le gusta matar el rato más que a un tonto una tiza, y a otros divisar desde lo lejos cómo lo hace el aludido.. y en las cosas que se quedan siempre en el tintero: mis últimas maquetas tridimensionales, algún diseño perdido, unas ilustraciones que sé que están pero no encuentro, proyectos, textos, sueños, jirones todos de una memoria que a mi pesar se ha vuelto blanca como parte de mi barba, y que estoy seguro de que os gustaría palparla al menos tanto como a mí recobrarla con la intensidad con que la recuerdo.

He pensado también en que con tanto ir y venir durante 2010 se me había pasado deciros que hice de jurado para el XXIV Concurso de Cómics de la Noble Villa de Portugalete, mi pueblo natal, junto a José Luis Martín (El Jueves) y Concceta Probanza (magnífica ilustradora), y en que si enmiendo el descuido a lo mejor voy ganando un tiempo precioso para ir buscando más y más cosas con las que seguir entreteniéndonos vosotros y yo, que a fin y a cuentas es de lo que trata este diario de un AK-47.

De todas formas y por si no había quedado claro: ¡gracias!

domingo, 23 de enero de 2011

The russians are coming

La demagogia es una arte peculiar nada complicado. Para ejercerla basta conocer de qué pie cojea el auditorio que se tiene delante para edulcorarle el oído tan sólo con lo que quiere escuchar, hurtando, ¡cómo no y eso sí! los espinosos asuntos cuya mención empañarían la claridad meridiana del discurso. 

Papilla, la demagogia consiste en hacer papilla digerible incluso para los recién nacidos, en tramitar por el pasapuré, aquellos conceptos que en sentido estricto deberían servir para levantar debates de los que sacar algo de provecho. Pero reconociendo que es más sencilla la síntesis artera o analfabeta que el constructivo ejercicio de la exposición que admite crítica, podemos darnos por satisfechos, con un canto en las narices, como diría aquél, con que la inteligencia que nos dirige desde uno u otro bando acierte a esgrimir algún cateto pensamiento que llegue  impoluto hasta nosotros, pobres incautos.

En cuestiones de demagogia, no es extraño aunque lo parezca, que la izquierda política se empeñe en decir digo donde dijo Diego para ocultar que se ha tornado montaraz derecha intentando parecer más seria y menos militante de lo que aconsejaría el sentido común, ya que la historia la ha dibujado siempre como la encargada de hacer el trabajo sucio a quienes gobiernan realmente el mundo, y en tiempos de crisis, más que en otros, toca cumplir. Tampoco lo es que la derecha política suavice su perfil cuando no está en el poder, incluso llegando a prometer fábulas que pudieron resolver y no hicieron cuando estuvieron en él... 

En fin, es así y hace tiempo que ni me molesto en entender la cosa de otra manera, aunque me siguen cargando los tontos útiles, esos especímenes que sin saberlo o a conciencia, sirven de correa de transmisión a las peores estupideces, las que calan.

Ahí hay delito, lo sé, lo siento y me jode de aquella manera porque el tonto útil ejerce de tal porque quiere. Nadie le obliga, es él quien se elige, quien da un paso al frente porque su estatus le protege (dudo que de otra manera se atreviera), para apuntar con el mismo dedo delator que dice aborrecer a compañeros de profesión que opinan diferente, o aún a otros, por aquello de enfatizar la calidad de su propia papilla mientras se cuida bien de su bolsillo.

La cultura, la niña pobre de todos los gobiernos, es fructífero granero de demagogos o idiotas que salen de cuando en cuando para denunciar que la administración roba a los autores a través de las bibliotecas públicas, para defender la pertinencia de una Ley Sinde que podría haber firmado el más protervo de los felones fachas, o para señalar acusatoriamente todo lo que se mueve en Internet, desde los auténticos piratas, que los hay, aunque menos, como los lobos, para qué negarlo, hasta los que buscan en ella lo que no encuentran en los comercios de su ciudad porque los canales de distribución consideran que acercarlos hasta allí no resulta rentable, o quieren ver sin interrupciones unas películas o series cuyo visionado en televisión resulta un martirio por el constante incumplimiento de la normativa europea sobre espacios publicitarios.

Y que para colmo se olvidan reiteradamente del canon que llevamos pagando desde hace años los que siempre pagamos los platos rotos, esa mordida por la que compensamos de manera preventiva las pérdidas económicas de los hombres y mujeres que dicen hacer cultura los gilipollas que lo pagamos todo, como si fuésemos delincuentes.

Ese cargo injusto es el quid de la cuestión, la madre del cordero, el asunto espinoso que siempre rehuyen los que tachan a los demás de reaccionarios. Un gravamen que me lleva, por ejemplo, a tener que abonar a determinados autores un montante extra por un CD de música legítimamente comprado, gracias a que simplemente he querido incorporarlo a la biblioteca de mi ordenador; y otro porque he considerado pertinente guardarlo en mi disco duro de seguridad por si las moscas; y otro porque quiero hacer una copia que la Ley de Propiedad Intelectual me permite; y otro por integrarlo en el listado de mi IPod para escucharlo cuando me apetezca, que a veces no ocurre; y otro más, por si fuera poco, porque mi teléfono móvil tiene capacidad para reproducir música, aunque jamás escuche música en él.

Voy más lejos, soy ilustrador y escritor, genero contenidos y pago también a los autores de la SGAE o CEDRO, u otras sociedades en las que tampoco milito, por elaborar o poner a buen recaudo mi trabajo. Les pago por mis propias creaciones, por fotocopiar mi DNI, una factura, una carta de amor...

Si ir en contra de esto es pensamiento reaccionario que baje Dios y lo vea. Pero ya que estamos, pongámonos demagogos y hablemos del canon digital, de su pertinencia y aplicación, y luego hablemos de cultura. Y si llegamos a ella, hablemos de paso de autores legitimados por su actitud y militancia, de tipos que no se bajan los pantalones porque los nominan a los Oscar, y de otros hombres, que los hay, que prefirieron tocar el clarinete cuando les otorgaban uno porque son profundamente coherentes y lo demuestran a la menor oportunidad.

¡Woody, te quiero! 

martes, 18 de enero de 2011

CO&CO


Gracias a Dios ya no sorprende en absoluto que existan recipientes culturales, es un decir, donde conviven diferentes disciplinas, aunque hubo un tiempo, lejano por fortuna, en que las iniciativas demasiado plurales chocaban frontalmente con la regla y los buenos modales de comprensión, que diría aquél.

La revista CO&CO fue sin duda uno de los arietes que ayudaron en su momento (1993) a cambiar la forma de entender el universo de los cómics y las revistas que trataban de ellos en España, demasiado impregnada de la visión impuesta por las iniciativas del ramo que habían eclosionado durante la década anterior (buenísimas todas ellas).

Tuve la suerte de asistir a su desembarco en el mercado y disfrutar número a número de su corta vida (duró sólo 12 números que conservo como oro en paño). Guardo un gratísimo recuerdo porque me ayudó a entender que mis apetencias intelectuales no eran tan dispares ni ajenas unas de otras como me parecían, sino que muy al contrario, tenían cabida en un formato sincrético capaz de ofrecer al aficionado un modelo único pero de diferentes lecturas, tal y como estaba sucediendo en mi cabeza. 

Dirigida por Héctor Chimirri, CO&CO aglutinaba en su generoso tamaño lo mejor del cómic, la ilustración, la narrativa, el ensayo, el jazz, la fotografía, etcétera, ofreciendo el aliciente extra de que su redactor jefe era Laureano Domínguez, hoy editor de Astiberri, una magnífica persona y un grandísimo profesional a quien tuve el honor de conocer en una cafetería que frecuentaban mi padre y sus amigos de tertulia, que sigue estando situada a dos pasos del palacio de la Diputación Foral de Bizkaia, en el centro mismo del ensanche de Bilbao, junto a la Gran Vía.

CO&CO resultó ser una magnífica experiencia editorial que marcaría un antes y un después (no albergo dudas a este respecto), no tanto por lo arriesgado de su apuesta meridiana por el mestizaje de tendencias, de atmósferas y de visiones creativas alrededor del cómic, como por el revulsivo que supuso en un mercado maduro que estaba cansado del mismo tipo de respuestas y que, por tanto, quería más, y más, y más (¿a qué me sonará esto?).

Fue una pena que desapareciera. Lo digo como lo siento. Y aunque hay que reconocer que el destino malpaga siempre a aquellos que tratan de modificar el rumbo de las cosas, también cabe plegarse ante la evidencia de que su recuerdo permanece siempre y cuando el esfuerzo realizado por enseñar nuevas formas de ver las mismas cosas haya calado lo suficiente, como a mi modo de ver sospecho que hizo CO&CO, ya que a la hora de preparar esta entrada he descubierto con sorpresa que no soy el único que la ha considerado irrepetible en su género y la primera de las que luego vinieron.

Honestamente pienso que todo esto dice mucho de lo buena que era, y de lo poco equivocados que estábamos los que en aquella época la devorábamos en cuanto aparecía en el quiosco o en las librerías.

sábado, 15 de enero de 2011

Camisetas made in Bilbao




A pesar de que la serigrafía fue una de las asignaturas con las que más disfruté en mis dos años y medio cursando la especialidad en Bellas Artes, he realizado muy pocos diseños de camisetas en mi vida profesional. La muestra que os acerco hoy corresponde a un trabajo encargado por ERCOA para la Diputación de Zamora, que tal vez haya vestido alguno de vosotros, o vosotras, sin saber que fue realizado íntegramente en Bilbao, concretamente en el barrio de Rekalde.