jueves, 11 de agosto de 2011

El perro de Pávlov


No acostumbro a martirizarme preguntándome por qué escribo. Nominalmente soy dibujante (ilustrador) y editor, porque así aparezco reseñado en algún epígrafe de esos papeles oficiales que te dicen lo que eres o no eres por si no lo tienes suficientemente claro, que lo tengo, lo juro. Lo de escritor ha sido como una coletilla relativamente reciente, con la que comencé a convivir hace tiempo, mucho a decir verdad, hasta que se ha ido convirtiendo en el quicio sobre el que bascula la mayor parte de la creatividad que desarrollo, si es que se puede tildar así a mi afanoso pasar a limpio las numerosas dudas con las que comparto vida, miserias y alegrías.

Total, que la parte gráfica de mi ser se ha ido relegando a la vez que crecía esta otra...

Como decía al comienzo, no suelo complicarme la existencia haciéndome preguntas que el fondo sé que no tienen contestación, o que de tenerla, no me gustan un pelo, que es el caso, porque soy plenamente consciente de que el dibujo y la edición me han granjeado unos injustos sinsabores que a la larga me han hecho profundamente receloso, y me gusta la naturalidad, ¡qué carajo!, mostrarme como soy, sin pensar en las graves consecuencias que a veces conlleva enseñarse en público en pelota picada.

De aquí nace todo, lo presiento.

Escribir me relaja, me llena y me permite alcanzar un equilibrio que no logro en las otras facetas de mi vida profesional, porque los juicios ajenos sobre lo que escribo me la traen al pairo, me basta y me sobra con que me ayuden a mí y a aquellos que comparten saludablemente lo que cuento.

Tal vez todo consista en que escribiendo me siento más libre que dibujando o editando, o simplemente que al hacerlo tengo más conciencia de mí mismo que de aquello que me rodea. En todo caso, escribir se ha convertido en un refugio que voy necesitando ampliar, porque siento que ha llegado el tiempo de aplicar al dibujo y la edición todo lo que me ha enseñado tejer palabras y frases mientras aprendía este oficio de oído.

Decididamente, renuncio a seguir siendo el perro de Pávlov.

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