jueves, 7 de julio de 2011

Manual del perfecto astronauta


Si midiera el tiempo como los demás, el astronauta estaría aún más perdido, por eso lo tasa con la punta de sus dedos, a cachitos, delicadamente, como su hijo, niño de pañal, atrapaba miguitas de pan antes de llevárselas a la boca.

Una vez creyó volverse loco. La estación, pequeña botella repleta de secretos, se le antojó anagrama de cosas infinitas, y sus angostos pasillos, los de un laberinto amplio que giraba sobre sí mismo como la bicha de Ouroboros, que prende con su boca la cola mientras acaricia con ella su lengua, en un juego que ni tiene sentido, ni principio, ni final.

Sintió la agonía del náufrago, quien pudiendo atrapar entre sus brazos la vastedad del horizonte marino, renegaba de tamaña fortuna sollozando por tocar tierra y ser arrullado en la arena sobre un vientre tibio, mendigando un susurro siquiera durante un miserable segundo.

Una vez creyó saberse solo. Acarició tal certeza, la apretó contra su pecho y mesó sus cabellos. Aspiró sus aromas, escuchó sus sonidos y derramó un par de lágrimas furtivas sobre su cabeza.

Reconoció demasiado tarde la luz que se acercaba en trayectoria de colisión.

Reaccionó como había sido entrenado, aplicando escrupulosamente todos y cada uno de los protocolos aprendidos, los mismos que había usado de manera puntillosa tantas y tantas veces. Recorrió la nave de cabo a rabo. Olvidó su locura, su naufragio y su soledad. Revisó los controles, accionó los botones y se puso el traje espacial. Respiró hondo el oxígeno de las bombonas. Redujo la mezcla. Una a una repasó las claraboyas, clavando sus ojos en la frontera espumosa y curva que dibujaba a miles de kilómetros de distancia, el lugar exacto en que se saludan con las yemas de los dedos la nada y el todo.

Amanecía por cuarta vez aquella madrugada.

Mientras cavilaba sobre lo sucedido notó la extraña presencia que había hecho hueco y morada en el interior de su pecho, que lo iluminaba tenuemente desde su nuevo hogar a dos centímetros de la superficie. El futuro se abría ahora como una flor que recibe la primera luz de la mañana para beber del rocío que trae todo amanecer. El astronauta era el mismo, se notaba idéntico, pero se sentía profundamente distinto. El océano ya no le producía miedo. El juego de la serpiente había cobrado sentido. Sus manos ya no sujetaban ninguna certeza sino un universo repleto de dudas por explorar. Y el tiempo, ¡ay, el tiempo! 

El tiempo ya no tenía sentido...