sábado, 2 de julio de 2011

¿Hace una curva?


De un tiempo a esta parte se viene observando una insana tendencia a cuestionar el sencillo gozo ante lo que se puede ver, leer, escuchar o experimentar con cualquiera de los sentidos, bajo la impostura de que sólo se puede disfrutar de aquello que se entiende, siempre y cuando todo pase inexcusablemente (¡claro!) por el manejo aparentemente solvente de toneladas de datos, ecuaciones y curvas.

El debate que se suscita es demasiado viejo, no nos engañemos. La tendencia del ser humano a poseer en exclusiva aquello que supuestamente ama, es demasiado antigua como para desperdiciar algunas líneas intentando aportar algo nuevo, así que dejémoslo en que el frikismo (sea de la índole que sea, incluso científica) trata de perpetuarse por las buenas o por las malas, y en este sentido, ante la imparable democratización del ocio, para defenderse del molesto vulgo hay quien no ha tenido mejor ocurrencia que rodearse de secretos a cada cual más complicado de desentrañar.

Lo chocante del asunto no estriba en lo bobo y cansino que resulta tratar de discernir si se disfruta más de la visión de la luna, contemplándola a palo seco o con dos tratados de astronomía bajo el sobaco y sabiendo que cada año su órbita se acerca a la Tierra en dos centímetros, sino en que ha habido sabios que prefirieron arrinconar lo que sabían para dejarse llevar por una experiencia que resultaba gratificante sin necesidad de darla más vueltas.

¿Amamos porque amamos, o porque nuestra química elemental nos anima a hacerlo? ¿Tiene mejor textura y sabor si lo disfrutamos bajo el prisma de la física y la química? ¿Cómo tasamos el valor de una caricia: por lo que nos reporta anímicamente, o por lo que supone de relación nerviosa a través del sentido del tacto...? ¡Ay, Dios!

Lo que sí admitiría debate es cómo hacer para mejorar el criterio común en aras de disfrutar mejor de nuestro ocio preferido, ya sea cultural o deportivo, o simple y llano ocio del bueno, desde la humildad y la pedagogía sana. Pero eso sería meterse en honduras habiéndose quitado previamente la careta, y no todo el mundo está por la labor de admitir que sin maquillaje resultamos demasiado parecidos porque todos tiramos como las cabras al monte, cimentando a nuestra bola las filias y quereres que nos hacen pasárnoslo como perfectos enanos mientras descubrimos nuestro propio camino.

Para gustos se hicieron los colores, ¿no?

2 comentarios:

Avatar dijo...

Hay mucho daltónico, Jose...

csm dijo...

Es una reflexión que daría para mucho. De esas de vino va, caña viene y filosofar hasta las "mil", pero, en su lectura más plana, creo que hay un par de frases palmarias de un "tal" Einstein que rubrican tu exposición de manera aplastante:
"Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro".
(Bestial ¿eh?)

Y una para los listos y los buenismos:
"Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas".

Un besote