miércoles, 22 de junio de 2011

Parecidos razonables


Conocía Rusia desde los libros, las diapositivas, los informes, pero nunca había estado en aquel territorio magnífico. Rusia era una presencia constante en su mente desde que se encargó oficialmente de East Wind, debido, sobre todo, a su magnífico conocimiento del idioma de Tolstoi, una chiquillada de cuando tenía catorce años y decidió que su futuro se hallaría en las letras. Nesbit, su profesor en el instituto, le ayudó a comenzar el difícil camino que concluiría en la universidad, tras haber consumido toneladas de libros de poesía y narrativa rusa —poco asequibles en las reacias librerías de Vermont—, y tras haber degustado inolvidables pasajes musicales compuestos por los clásicos románticos rusos.

Primero el conocimiento de la lengua traducida y los sonidos aprendidos, más tarde el sumergirse directamente en el dominio del idioma, del vocabulario, mientras comenzaba los estudios de graduación en Política Exterior para intentar llegar a ser lo que soñaron sus padres. Tiempo más tarde, cuando aquel afán por aprender le llevó a trabajar como traductor para la Ansil Lib. Editorial, fue cuando le convencieron para que atisbara la posibilidad de colaborar con el Gobierno. Pasó por alto el espacio de tiempo que invirtió en el Departamento de Defensa —al poco de terminar el servicio militar—, antes de su ingreso en la Agencia de Inteligencia Naval, primero, y en el CDFC después. Y volvió a pensar en el puesto que ocupaba en aquel preciso momento a pesar de los pocos motivos que tenían sus superiores para confiar en él.

Conocía las tradiciones rusas, su idioma, su historia. Él era un pensador, un intelectual al que le aterraba siquiera pensar en disparar un tiro mientras se refugiaba en su grupo de trabajo, en sus ordenadores y en sus fichas. No hacía demasiado tiempo habrían elegido para el mismo puesto a algún oficial que hubiera estado, al menos, en la Embajada en Moscú, ahora ya no hacía falta. Los adelantos electrónicos, la extensa información sobre cada uno de los recovecos orográficos, poblacionales, etc., la cantidad ingente de diagnósticos, de estadísticas, de informes precisos, suplían el conocimiento directo; la red de satélites y aviones espías que recorrían a diario la superficie de Rusia podrían fotografiar a Yeltsin en calzoncillos en el mismo Kremlim, mientras tomaba un vaso de vodka, y nadie se daría cuenta. La ventaja técnica había destronado a la experiencia de campo, y para él aquello era un paso hacia atrás, y más desde que había sentido lo que había percibido nada más llegar al aeropuerto, aquello difícilmente lo podían describir las fotografías ni los informes, ni tan siquiera los libros, aquello se metía dentro y de esa forma sí resultaba posible emitir dictámenes y proponer acciones como requerían de su función en Boulder.

Rusia parecía débil, sólo lo parecía. Él era americano y entendía perfectamente la razón que había llevado a la superpotencia a aquel descalabro económico y político que la engullía sin ningún tipo de reparo y que en casa sabrían aprovechar en el momento preciso, sin embargo, desde que había llegado a Moscú sólo había visto tristeza, y la tristeza cuando se afinca en el corazón de los pueblos es muy parecida a la muerte.

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