martes, 31 de mayo de 2011

Minuciosos bichos cuadriculados


Haciendo de becario en la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes de Bilbao, habré sostenido en mis manos como un par de centenares de veces el libro Necronomicon, a hurtadillas la mayoría de ellas, con absoluta tranquilidad otras menos, cuando mis compañeros y los quehaceres diarios lo permitían... 

Como buena parte de mi generación, arribé a la corriente artística biomecánica de la mano de H. R. Giger, padre y madre de aquel engendro cinematográfico que firmó Ridley Scott, nos detuvo el pulso y que se titulaba Alien, el octavo pasajero, y lo cierto es que la he seguido con posterioridad, porque son muchos los autores plásticos que han abundado en ese complejo mundo que recrea una naturaleza —a veces muy distinta de la que conocemos, otras, menos—, a base de fusionar tubos, correas, engranajes, tuercas y tornillos, con músculos, tendones y carne, plumas, o incluso élitros.

El universo resultante, amén de profundamente creativo, resulta enigmático y subyugante precisamente porque juega furtivamente con las referencias del espectador, avocándole a una reflexión sobre lo que és y no es, basada en la certeza rota de que todo animal es en el fondo una soberbia y vulnerable máquina blanda que funciona con precisión suiza.

Christopher Conte, el audaz e inteligente artista de quien he tomado prestada la imagen que decora esta entrada, es un fabuloso exponente de este mundo que me apasiona tanto y en el que incluso me he atrevido a posar mis manos en alguno de mis textos y dibujos, quién sabe si por participar de tan atractiva aventura o tal vez por sentirme un dios menor que se entretiene dando alas a su imaginación en una tarde de tormenta.