miércoles, 13 de abril de 2011

Mi viejo Avus


El poder de los reflejos va más allá del horizonte magnético y difuso donde vislumbramos una realidad vuelta del revés que tratamos de encajar, como si fuese un puzzle millonario en piezas, mientras intentamos comprender lo que nos ha sido vedado entender.

Tal vez porque hice mis pinitos y primeras ecuaciones acompañado de un aerógrafo en esto de la ilustración profesional, se me ha quedado grabado en el ADN que es casi posible expresarlo todo a poco que te pongas a reconstruir en el dibujo aquellos detalles imperceptibles que rodean las cosas, todas, que están ahí siempre y que sin embargo no parecen merecer el papel protagonista que al final obtienen por pura y aplastante lógica.

En este orden de cosas, a ni humilde entender los reflejos revelan, construyen, nivelan el desequilibrio existente entre lo visible y lo invisible, como sombras diferentes a las que modelan los claroscuros que aportan densidad y volumen a las formas, porque lo reflejado siempre es una sombra inquietante y radiante que se ha apropiado de la luz a su manera, para compartirla sólo con aquellos que están abiertos a verla. También son ecos, reminiscencias, o incluso fantasmas.

Los ordenadores han desterrado de la confección de ilustraciones, casi por completo, una disciplina noble en la que había que diseñar minuciosamente los pasos a dar para no darlos mal, en la que había que tener en cuenta que las partes son siempre un todo minúsculo que dará cuentas de su contribución tarde o temprano... El aerógrafo podía competir con la fotografía, y bien que competía, incluso cuando comencé a usarlo a la manera de H.R. Giger, a mano alzada y sin plantillas, a huevo, como diría aquél.

Lo uso en la actualidad para atenuar fondos de acuarela y para pintar maquetas o dioramas, siempre para mirar la vieja herramienta como una amiga de la que no he sabido o querido despegarme por miedo a quedarme solo, para sentir cuando la sostengo en la mano, que nací ahí, y ahí me hice.

Hoy, mi tercer día sin más café que el de la mañana, vuelo bajo, y me ha dado por pensar en cómo un azar me ha convertido con el paso del tiempo en otro azar, porque gracias a tratar de emular al maestro Sorayama me asomé al primer vehículo de mi colección seria a escala 1:43 (tuve otra, infantil, que no supe conservar, como mis TBOs de Cuto), un Audi Avus teñido de metal en el que aprendí a discernir los reflejos de los que hablaba más arriba.

Lo tengo ahora mismo en la palma de mi mano, y me veo.

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