martes, 22 de marzo de 2011

Hojarasca


Cuando las tropas comenzaron a tomar posiciones todavía quedaban quienes pensaban que la democracia se asienta sobre la diversidad de opiniones. Por suerte, disponíamos de quien supo anteponer el futuro de nuestra civilización a cualquier idiotez de parvulario. 

Días atrás, la esperanza de seguir perseverando en aquella ilusión infantil se iba a desvanecer a primeras horas de la mañana. Hacía décadas que la nación vagaba sin rumbo porque el rancio discurso de la libertad de expresión había hecho mella en su ideario. Hacía falta una chispa, un catalizador que nos hiciera entrar en razón, y lo habíamos servido en bandeja ante una opinión pública acostumbrada a digerir como cierta cualquier fabulación emitida en prime time con soporte de vídeo. 

Bastó con echarle la culpa al enemigo.

La propaganda institucional la inventamos nosotros. John Doe resultó elegido por haber liderado la plataforma cívica Peace without victory mientras el viejo continente se desangraba en las trincheras del primer gran enfrentamiento armado del siglo XX. Hombre de ideas claras, había accedido al cargo sabiendo que resultaba imprescindible tomar parte en el conflicto, y que por ello necesitaba que el electorado entendiera que el país estaba moralmente obligado a participar en él si quería convertirse en faro y guía del mundo. Fundada a tal efecto, Creel Commission, en seis meses, cumplió con creces su labor con el apoyo explícito de un elenco de intelectuales que creían que el amor a las ideas sólo requiere de un claro enunciado, aunque su demostración implique un enorme sacrificio. John Doe sucedió a Frankling Delano Roosvelt aunque nadie lo recuerde. 

Si el invento del cinematógrafo convirtió la realidad en veinticuatro fotogramas por segundo, veinticuatro instantáneas consecutivas en el mismo intervalo de tiempo suponen desde entonces un razonable sucedáneo de verdad, aunque la equiparación encierre un sofisma cuando existe la evidencia de una alteración en la secuencia. Seis objetivos: cinco edificios y una creencia tan arraigada como peligrosa. Cuatro derribos. Tres suplantaciones y un imprevisto. Dos versiones de infierno y una coartada perfecta. 

La operación había sido diseñada a principios de los sesenta, cuando Cuba ejercía de señuelo, y a pesar de su complejidad y de los inevitables ajustes a los nuevos desafíos, había cumplido su cometido. En agosto del año anterior, en la base aérea de Holloman, se había llevado a cabo el ensayo general del que sería el número central del espectáculo: por seis veces consecutivas, un Boeing 727 había aterrizado sin intervención de pilotos o tripulantes, sólo con el apoyo de un control remoto basado en la utilización de GPS. Sin embargo, una circunstancia totalmente ajena iba a poner en evidencia la vulnerabilidad de nuestro sistema de defensa porque a nadie se le ocurrió atender al maldito ruido blanco, y porque en el fondo, las probabilidades de que una misión diseñada expresamente para cumplir un objetivo concreto pudiera servir de coartada a otra con un objetivo diametralmente opuesto, resultaban en la práctica absolutamente despreciables; y además, que ambas coincidieran en el tiempo y compartiendo modelo de acción era intelectualmente inaceptable. 

Por suerte, aunque no existe un plan perfecto, siempre hay que piensa en las posibilidades más remotas e inimaginables, y en su solución. De otra manera, mi grupo y yo no habríamos existido jamás. 

Mi unidad entró en acción el domingo 16 a las 19:45.


Texto inédito de Equinocce. Escrito en el verano de 2005, medio año después de la edición de Quidam, pertenece a la misma saga que el juego de los fracasados que editó Ludotecnia.