domingo, 13 de febrero de 2011

Robert el permanente


El domingo pasado, tras conocer que Kubica había estado a punto de perder la vida en un accidente, sentí la necesidad de dedicarle unas líneas que comencé a escribir al poco de llegar a casa (todavía sigo siendo un nómada en cuanto al trabajo se refiere). No hubo forma. Cuando has tenido activado a pleno rendimiento el hemisferio lateral derecho del cerebro, dibujando durante un montón de horas, y necesitas reanimar el izquierdo, aunque sea para escribir unos minutos, lo normal es que te salga algo tan pastoso y poco digerible que merece ser condenado a la papelera sin ningún tipo de contemplación, como así ocurrió.

Casi una semana después del lamentable suceso, sabiendo que al polaco le han salvado la mano y el antebrazo y que seguramente volveremos a verlo conduciendo un vehículo de competición, he vuelto a sentir el mismo pulso del domingo pasado porque para bien o para mal, mi mundo, mi universo de referencias está íntimamente ligado a gente como Robert o Fernando, incluso a Lewis Hamilton si nos ponemos, de rondón a las máquinas que llevan bajo del culo y a los equipos donde militan, porque lo que rodea o contiene la competición de automóviles me sirve para entender mi propia vida.

Llegados a este punto debo confesar que nunca me he parado a pensar si me apasiona esto del motor porque me gustan más los coches que los hombres que los conducen, o si ocurre en sentido contrario. Hay quien lo tiene claro y afirma de manera tajante que lo suyo son las escuderías, pero no soy de esos. Soy ferrarista porque quedé prendado de un trasto rojo que conducía un tal Jacky Ickx y porque mi hermano mayor adoraba los rossos. Pero si quitamos de la ecuación la inevitable parte hereditaria y al que a mi modo de ver sigue siendo un piloto irrepetible, posiblemente me habría vuelto un apasionado de Lotus (que en cierto modo lo soy, que conste), ¿quién puede saberlo? 

Fittipaldi me flipaba porque conducía un 72 JPS, de manera que si apartamos también al brasileño y nos deshacemos del bendito coche negro con vitola dorada, me habría quedado con Tyrrell sin pensármelo dos veces, porque la escudería de Ken siempre fue mi segundo hogar aunque molara menos que la de Chapman. Pero sin el granjero y sin Jackie, y sin el gitano...  

Viene todo esto a cuento porque en lo referente a la F1 reconozco que soy un patito feo que quedó marcado con la primera imagen que captó su retina y los primeros olores que percibieron sus papilas olfativas. No creo que sea esencialmente malo porque es cierto que poco a poco he ido destilando lo que realmente me importa, terminando por definir a mi alrededor un territorio lleno de aromas y sensaciones difusas en el que me siento como en casa, pero que no está concluido ni mucho menos resulta permanente o inmutable, y en el que destacan, como he comentado antes, figuras como Robert o como tantos otros que se han ido decantando en el fondo de mi botella como si fuesen posos.

Y el caso es que Kubica lleva tres accidentes graves encima, uno de civil y dos como profesional, e inevitablemente observo esto último que le ha sucedido como si me hubiera ocurrido a mí o a uno de los míos, y hay algo ahí dentro que tiembla.

Tuvo suerte el polaco, mucha. El guardarraíl podía haberle atravesado de parte a parte en un lance tan imprevisible y fortuito como carente de explicación, y estoy seguro de que habrá tomado buena nota... pero hay quien reclama que le convendría definirse un poco antes de andar jugándose la vida en ruedos tan diversos, y es aquí donde no lo tengo tan claro por lo mismo que decía antes: en el deporte automovilístico me resulta tremendamente complicado discernir hombres de equipos y de máquinas, y por ello me veo incapaz de definir responsabilidades netas como para ser tajante en uno u otro aspecto.

Quiero decir que si el Skoda hubiera dispuesto de mayores medidas de seguridad frontales, a estas horas no estaríamos hablando mas que de un incidente. Visto que no es así, lo más seguro es que todos los vehículos de rally miren a partir de ahora con lupa el refuerzo de sus partes delanteras por evitar situaciones impensables hace una semana escasa, lo que modificará sin duda el nivel de riesgo que conllevaría montarse en uno de ellos...

No sé por qué tengo la sensación de que Robert también ha tomado buena nota de esto y obrará por tanto en consecuencia, aunque le rogaría que se armara de paciencia antes de volver a ruedo alguno, porque del infierno siempre se sale chamuscado y cuesta lo suyo volver a ser el mismo que entró en él.

No hay comentarios: