domingo, 23 de enero de 2011

The russians are coming

La demagogia es una arte peculiar nada complicado. Para ejercerla basta conocer de qué pie cojea el auditorio que se tiene delante para edulcorarle el oído tan sólo con lo que quiere escuchar, hurtando, ¡cómo no y eso sí! los espinosos asuntos cuya mención empañarían la claridad meridiana del discurso. 

Papilla, la demagogia consiste en hacer papilla digerible incluso para los recién nacidos, en tramitar por el pasapuré, aquellos conceptos que en sentido estricto deberían servir para levantar debates de los que sacar algo de provecho. Pero reconociendo que es más sencilla la síntesis artera o analfabeta que el constructivo ejercicio de la exposición que admite crítica, podemos darnos por satisfechos, con un canto en las narices, como diría aquél, con que la inteligencia que nos dirige desde uno u otro bando acierte a esgrimir algún cateto pensamiento que llegue  impoluto hasta nosotros, pobres incautos.

En cuestiones de demagogia, no es extraño aunque lo parezca, que la izquierda política se empeñe en decir digo donde dijo Diego para ocultar que se ha tornado montaraz derecha intentando parecer más seria y menos militante de lo que aconsejaría el sentido común, ya que la historia la ha dibujado siempre como la encargada de hacer el trabajo sucio a quienes gobiernan realmente el mundo, y en tiempos de crisis, más que en otros, toca cumplir. Tampoco lo es que la derecha política suavice su perfil cuando no está en el poder, incluso llegando a prometer fábulas que pudieron resolver y no hicieron cuando estuvieron en él... 

En fin, es así y hace tiempo que ni me molesto en entender la cosa de otra manera, aunque me siguen cargando los tontos útiles, esos especímenes que sin saberlo o a conciencia, sirven de correa de transmisión a las peores estupideces, las que calan.

Ahí hay delito, lo sé, lo siento y me jode de aquella manera porque el tonto útil ejerce de tal porque quiere. Nadie le obliga, es él quien se elige, quien da un paso al frente porque su estatus le protege (dudo que de otra manera se atreviera), para apuntar con el mismo dedo delator que dice aborrecer a compañeros de profesión que opinan diferente, o aún a otros, por aquello de enfatizar la calidad de su propia papilla mientras se cuida bien de su bolsillo.

La cultura, la niña pobre de todos los gobiernos, es fructífero granero de demagogos o idiotas que salen de cuando en cuando para denunciar que la administración roba a los autores a través de las bibliotecas públicas, para defender la pertinencia de una Ley Sinde que podría haber firmado el más protervo de los felones fachas, o para señalar acusatoriamente todo lo que se mueve en Internet, desde los auténticos piratas, que los hay, aunque menos, como los lobos, para qué negarlo, hasta los que buscan en ella lo que no encuentran en los comercios de su ciudad porque los canales de distribución consideran que acercarlos hasta allí no resulta rentable, o quieren ver sin interrupciones unas películas o series cuyo visionado en televisión resulta un martirio por el constante incumplimiento de la normativa europea sobre espacios publicitarios.

Y que para colmo se olvidan reiteradamente del canon que llevamos pagando desde hace años los que siempre pagamos los platos rotos, esa mordida por la que compensamos de manera preventiva las pérdidas económicas de los hombres y mujeres que dicen hacer cultura los gilipollas que lo pagamos todo, como si fuésemos delincuentes.

Ese cargo injusto es el quid de la cuestión, la madre del cordero, el asunto espinoso que siempre rehuyen los que tachan a los demás de reaccionarios. Un gravamen que me lleva, por ejemplo, a tener que abonar a determinados autores un montante extra por un CD de música legítimamente comprado, gracias a que simplemente he querido incorporarlo a la biblioteca de mi ordenador; y otro porque he considerado pertinente guardarlo en mi disco duro de seguridad por si las moscas; y otro porque quiero hacer una copia que la Ley de Propiedad Intelectual me permite; y otro por integrarlo en el listado de mi IPod para escucharlo cuando me apetezca, que a veces no ocurre; y otro más, por si fuera poco, porque mi teléfono móvil tiene capacidad para reproducir música, aunque jamás escuche música en él.

Voy más lejos, soy ilustrador y escritor, genero contenidos y pago también a los autores de la SGAE o CEDRO, u otras sociedades en las que tampoco milito, por elaborar o poner a buen recaudo mi trabajo. Les pago por mis propias creaciones, por fotocopiar mi DNI, una factura, una carta de amor...

Si ir en contra de esto es pensamiento reaccionario que baje Dios y lo vea. Pero ya que estamos, pongámonos demagogos y hablemos del canon digital, de su pertinencia y aplicación, y luego hablemos de cultura. Y si llegamos a ella, hablemos de paso de autores legitimados por su actitud y militancia, de tipos que no se bajan los pantalones porque los nominan a los Oscar, y de otros hombres, que los hay, que prefirieron tocar el clarinete cuando les otorgaban uno porque son profundamente coherentes y lo demuestran a la menor oportunidad.

¡Woody, te quiero! 

8 comentarios:

Nah dijo...

plas plas plas plas

:D

csm dijo...

¡ Sombrerazo!
Estos artículos son los que se echan de menos en la prensa diaria [la papilla que mencionas] y en las columnas de opinión más leídas.
Bravo, Josetxu. Y gracias ;P
Un besote

alberto_orco dijo...

Más razón que un santo.

Me quito la txapela.

Un abrazo

Momoko dijo...

Se puede sesr brillante o idiota, ser un convencido o un idealista, uno puede elegir ser pragmático, ser un truhán o un aprovechado, uno elige y apuesta por lo que quiere o por lo que cree, o, simplemente por lo que le dejan; pero ser un tonto útil es de lo mas gilipollas que se puede elegir en el reparto de papeles.
Le felicito por el magnífico artículo y por el término acuñado.

Midori dijo...

¡¡Ey!! Que podríamos tener a nuestro propio Woody Allen en casa; mirad lo que acabo de leer:

De la Iglesia ha debatido con los internautas. Ha aclarado que no habla en nombre de la Junta Directiva, sino en el suyo personal y ha reiterado sus reticencias a que haya una doble intervención judicial: "Eso es perjudicial para todos". A través de Twitter, un usuario le invitaba a dimitir: "Si de verdad te ofende la #leysinde dimite por ello, ninguno tenemos el impacto mediático que tienes tú.", a lo que Álex de la Iglesia ha respondido: "Me temo que es la única opción".

Bravo Orroe

Abe dijo...

Ahí, está, Josetxu, lo que hablábamos: militancia, militanciaaa...

Abe dijo...

Y ahora que pienso en lo de Álex de la Iglesia, de Bilbao tenía que ser.

Delfos dijo...

Está claro que el barco hace aguas por todos lados y la pena es que utilicen de florete la demagogia y de escudo la democracia y la libertad de los autores.

Una pena... todo.