martes, 18 de enero de 2011

CO&CO


Gracias a Dios ya no sorprende en absoluto que existan recipientes culturales, es un decir, donde conviven diferentes disciplinas, aunque hubo un tiempo, lejano por fortuna, en que las iniciativas demasiado plurales chocaban frontalmente con la regla y los buenos modales de comprensión, que diría aquél.

La revista CO&CO fue sin duda uno de los arietes que ayudaron en su momento (1993) a cambiar la forma de entender el universo de los cómics y las revistas que trataban de ellos en España, demasiado impregnada de la visión impuesta por las iniciativas del ramo que habían eclosionado durante la década anterior (buenísimas todas ellas).

Tuve la suerte de asistir a su desembarco en el mercado y disfrutar número a número de su corta vida (duró sólo 12 números que conservo como oro en paño). Guardo un gratísimo recuerdo porque me ayudó a entender que mis apetencias intelectuales no eran tan dispares ni ajenas unas de otras como me parecían, sino que muy al contrario, tenían cabida en un formato sincrético capaz de ofrecer al aficionado un modelo único pero de diferentes lecturas, tal y como estaba sucediendo en mi cabeza. 

Dirigida por Héctor Chimirri, CO&CO aglutinaba en su generoso tamaño lo mejor del cómic, la ilustración, la narrativa, el ensayo, el jazz, la fotografía, etcétera, ofreciendo el aliciente extra de que su redactor jefe era Laureano Domínguez, hoy editor de Astiberri, una magnífica persona y un grandísimo profesional a quien tuve el honor de conocer en una cafetería que frecuentaban mi padre y sus amigos de tertulia, que sigue estando situada a dos pasos del palacio de la Diputación Foral de Bizkaia, en el centro mismo del ensanche de Bilbao, junto a la Gran Vía.

CO&CO resultó ser una magnífica experiencia editorial que marcaría un antes y un después (no albergo dudas a este respecto), no tanto por lo arriesgado de su apuesta meridiana por el mestizaje de tendencias, de atmósferas y de visiones creativas alrededor del cómic, como por el revulsivo que supuso en un mercado maduro que estaba cansado del mismo tipo de respuestas y que, por tanto, quería más, y más, y más (¿a qué me sonará esto?).

Fue una pena que desapareciera. Lo digo como lo siento. Y aunque hay que reconocer que el destino malpaga siempre a aquellos que tratan de modificar el rumbo de las cosas, también cabe plegarse ante la evidencia de que su recuerdo permanece siempre y cuando el esfuerzo realizado por enseñar nuevas formas de ver las mismas cosas haya calado lo suficiente, como a mi modo de ver sospecho que hizo CO&CO, ya que a la hora de preparar esta entrada he descubierto con sorpresa que no soy el único que la ha considerado irrepetible en su género y la primera de las que luego vinieron.

Honestamente pienso que todo esto dice mucho de lo buena que era, y de lo poco equivocados que estábamos los que en aquella época la devorábamos en cuanto aparecía en el quiosco o en las librerías.