sábado, 31 de diciembre de 2011

Chewbacca en Los Ángeles


Los mayas eran más listos de lo que creíamos, dieron por terminado su calendario a finales de 2011 porque total pa'qué. Chita, la mona que nos encandiló de pequeños salpimentando de gracias las hazañas bíblicas del rey de los simios, Tarzán, ha fallecido recientemente; Mecano, seña de identidad de la generación a la que pertenezco, amenaza con volver cuando estamos casi todos de vuelta; y el nuevo gobierno se ha puesto hasta las trancas de gomina para parecer más serio que nadie desenfundando sus tijeras de seis tiros como medida excepcional (¡joder con el eufemismo!).

Imagino que en Ferraz se estarán preguntado a estas horas la razón por la cual a nadie se le ocurrió lo de la gomina como panacea ante aquella crisis que no fue tal hasta que nos pasó por encima como una apisonadora cuyos conductores eran, nada más y nada menos, que Merkel y Sarkozy, nuestros tradicionales amigos. De nada servirá, sigo imaginando, que haya quien levantando el dedo insinúe en la sede del PSOE que en esta vida hay que parecer ante todo serio, señalando al otrora yerno de nuestro monarca como ejemplo vivo de lo fácil que resulta hacer cosas feas vistiendo bien y yendo pulcramente peinado...

Me dejo de politiquéos porque lo de Chita era hasta cierto punto comprensible, ya calzaba sus años, pero lo de Mecano me trae a mal andar. Tengo todos los discos del grupo madrileño (alguna debilidad tenía que decorarme, ¿no?), en vinilo, en cassette, en CD, lo que me pone en que he pagado por lo mismo hasta tres veces, como le gusta a la industria que no levanta cabeza por lo que supuestamente robamos los mortales que nacimos en la bien apellidada y nunca suficientemente comprendida sociedad de consumo, vamos, que puedo considerarme incluso un buen ciudadano aunque apenas vaya al cine porque no me gusta pagar el exceso de equipaje y la sobretasa en las palomitas y el botellín de agua mineral, para enfrentarme indefenso a unas películas que la mayoría de veces me aburren.

En fin, hoy se nos acaba el año y se nos abre la puerta de par en par a un mundo desconocido que nos dicen que habremos de disfrutar como si fuese nuevo e inmaculado, aunque huela al mismo moho de siempre y a las mismas trampas en el camino de siempre, así que en previsión de que mi sempiterno optimismo me vuelva a jugar una mala pasada, como tantas y tantas veces me ha ocurrido, este medidodía me pillo un bote de gomina por si las moscas, y me planto bien vestido en Los Ángeles para tomarme las doce uvas con Chewbacca y Deckard mientras resolvemos juntos el peliagudo asunto de si los androides sueñan realmente con ovejas eléctricas.

Os leo dentro de un año, hasta ese momento: sed felices.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Pahá Sápa es mi país, y lo amo


Cinco meses y siete días después, exactamente, me ha dado por jubilar mi viejo A-10 para agenciarme un biplaza y sacar la cabeza tal que un día como hoy, un miserable 28 de diciembre que según cuenta la leyenda cristiana, celebra entre inocentadas la efeméride de los infantes que fueron masacrados por Herodes a falta de una diana adecuada a su furia pagana. 

Me hago viejo y he descubierto hace relativamente poco, unos dos años y medio, que me gusta volar en compañía, mejor dicho, que no sé hacerlo de otra manera; y como ya iba tocando decir a los mayas que se equivocaron cerrando en falso su calendario, ahí que me he puesto la cazadora de cuero y el casco para subirme al Super Hind que me ha traído Olentzero, y elevarme en él para servir de cobertura de chocolate a mi particular Bounded knee, la pequeña editorial por la que a punto he estado de incinerarme en el infierno en más de media docena de ocasiones.

A estas horas, me importa un pimiento lo de desnudarme en público. Borrad lo que escribí en agosto pasado. Nos leemos en dos días.

lunes, 22 de agosto de 2011

¡Hasta la vista!


Estoy un poco cansado de desnudarme en público, y sé que se me nota. El caso es que desde el pasado 7 de abril tenía pensado ir cerrando los escaparates que muestran mis miserias, y a pesar de que no tuve agallas para dinamitar Nürburgring cuando me había marcado que tocaba, el séptimo día del mes de julio, 1000 entradas; ni demasiadas ganas cuando me planteé poner al pairo este diario de un fusil de asalto, siento que me he quedado sin mar que alumbrar, que ha llegado la hora, y que posponer lo inevitable no es sino hacer el supino idiota.

Esta mañana, por azares de la vida, uno de mis cuñados ingenieros me pedía el favor de que le pasara a mp3 un disco de Anne Sofie Von Otter & Elvis Costello que se titula For the Stars. Bien, el tema 13 (¡vaya número!) corresponde a la genial versión que hace la pareja, del homónimo que interpretara Paul McCartney en el álbum Revolver de The Beatles, que se titula, ¡cómo no!, For no one.

¡Para nadie...! Voy a ver si encuentro algo sobre Kimi Raikkonen para salir del paso en Nurbu, pero aquí quiero despedirme de vosotros, al menos de momento, que uno nunca sabe, porque tras una semana repleta de regalos gracias a que he cumplido 52 años, no gano para sorpresas y por ello siento que es ahora o nunca. Toca, siento que toca ir cerrando. Toca ir mirando cómo se quema la linterna, cómo pasa el tiempo desde la playa, cómo el océano se repliega, cómo las cosas pierden su sentido, cómo todo se consume de manera inevitable. Cómo se impone mi cochambrosa vida sobre mis anhelos y mis sueños. Cómo es imposible encontrar más márgenes que los que ofrece la degustación del día a día, su destilación y su atesoramiento apresurado...

No me extiendo. Me queda el sabor dulce de lo vivido aquí (he sido infinitamente feliz, lo juro) porque lo viví con una honestidad que no imaginaba siquiera. Me queda el regusto agridulce de los tropiezos, que también los ha habido. Me queda el sabor amargo de la derrota... Pero, ¿para eso vivimos, no?

¿Quién sabe si volveré pronto o tarde? ¿Quién coño es el listo que sabe nada? En todo caso ¡hasta la vista!

¡Nos vemos!, aquí o en otra vida, ¿qué más da?

lunes, 15 de agosto de 2011

Vuelven las curvas


Amparado por las etiquetas Reflexión y Rol (no sé para qué demonios sirven si nadie las hace caso), rellené hace poco uno de los innumerables huecos que había producido en este blog el desfase horario originado por los problemas de mi viejo ordenador. 

La entrada de marras se titulaba ¿Hace una curva?, y en ella charlaba a mi manera sobre ese cáncer que a mi modo de ver sufrimos los mortales en nuestro humilde transitar por los mundos de Dios, el mismo que nos impide disfrutar de casi nada como no se lleve un máster colgado del cuello, reconocible, vamos, y trataba de arrimar la generalidad de mi exposición (se ve que infructuosamente) al minúsculo marco que acota nuestra común afición por los Juegos de Rol (de aquí la etiqueta Rol bajo el texto), pues he comentado demasiadas veces que soy de la opinión de que nuestro mundillo no es tan diferente a los otros, ni tan ajeno a las dinámicas que afectan a la sociedad en su conjunto, como algunos pretenden hacernos creer.

El caso es que por fortuna reparto mi ocio entre actividades menos cerradas que la nuestra (otro día me despacho a gusto al respecto), y una de ellas, como es sabido, es el seguimiento de la F1, ámbito en el que sí es necesario disponer de la mayor cantidad de mimbres técnicos posibles para poder paladearlo como se merece, porque en él, la máquina es un factor determinante.

Huelga decir que aprendo mucho leyendo o escuchando las contribuciones de gente bien formada y preparada que no tiene reparos en remangarse los pantalones para intentar explicar a los que sabemos poco y queremos conocer más, aspectos muy complicados de la F1 que sí son indispensables y nos hacen falta a todos...

Pero ¡alma de Dios!, en los Juegos de Rol, la parte mecánica ni es tan difícil de manejar ni tiene un peso tan grande como se quiere dar, salvo que la intención al remarcar su extrema importancia estribe precisamente en enfatizar una impostura de tamaño colosal, pues los mismos gurúes que esgrimen desde sus refinados paldares las coño curvas o cualquier otra chorrada para tumbar cualquier producto, suelen atiborrarnos la cabeza con saludables pensamientos enfocados a abrir la afición a la mayor cantidad de público posible.

¿Se puede disfrutar de la literatura, el arte, el cine, los cómics, la F1, los JdR, etcétera, sin tener pajolera idea? Pues sinceramente creo que sí, y espero que no me quemen en plaza pública por decirlo. ¿Conviene mejorar el criterio enfocado a ese disfrute? Desde luego, pero sin que ello suponga un límite artificial para cribar a los buenos aficionados, pata negra, de la molesta y modesta turba que parece no tener derecho a nada, y menos aún, si los gurúes de antes, armados con sus artificios pseudo científicos, suponen una muestra irrelevante de la afición por la que dicen hablar, que además no se moja a la hora de mejorar realmente el cotarro.

Las etiquetas de hoy son Reflexión y Rol. Lo menciono para que quede claro.

jueves, 11 de agosto de 2011

El perro de Pávlov


No acostumbro a martirizarme preguntándome por qué escribo. Nominalmente soy dibujante (ilustrador) y editor, porque así aparezco reseñado en algún epígrafe de esos papeles oficiales que te dicen lo que eres o no eres por si no lo tienes suficientemente claro, que lo tengo, lo juro. Lo de escritor ha sido como una coletilla relativamente reciente, con la que comencé a convivir hace tiempo, mucho a decir verdad, hasta que se ha ido convirtiendo en el quicio sobre el que bascula la mayor parte de la creatividad que desarrollo, si es que se puede tildar así a mi afanoso pasar a limpio las numerosas dudas con las que comparto vida, miserias y alegrías.

Total, que la parte gráfica de mi ser se ha ido relegando a la vez que crecía esta otra...

Como decía al comienzo, no suelo complicarme la existencia haciéndome preguntas que el fondo sé que no tienen contestación, o que de tenerla, no me gustan un pelo, que es el caso, porque soy plenamente consciente de que el dibujo y la edición me han granjeado unos injustos sinsabores que a la larga me han hecho profundamente receloso, y me gusta la naturalidad, ¡qué carajo!, mostrarme como soy, sin pensar en las graves consecuencias que a veces conlleva enseñarse en público en pelota picada.

De aquí nace todo, lo presiento.

Escribir me relaja, me llena y me permite alcanzar un equilibrio que no logro en las otras facetas de mi vida profesional, porque los juicios ajenos sobre lo que escribo me la traen al pairo, me basta y me sobra con que me ayuden a mí y a aquellos que comparten saludablemente lo que cuento.

Tal vez todo consista en que escribiendo me siento más libre que dibujando o editando, o simplemente que al hacerlo tengo más conciencia de mí mismo que de aquello que me rodea. En todo caso, escribir se ha convertido en un refugio que voy necesitando ampliar, porque siento que ha llegado el tiempo de aplicar al dibujo y la edición todo lo que me ha enseñado tejer palabras y frases mientras aprendía este oficio de oído.

Decididamente, renuncio a seguir siendo el perro de Pávlov.

lunes, 8 de agosto de 2011

Quick Nick


Hacía mucho tiempo que no mencionaba la F1 en éste mi otro blog, y aprovechando que he dado por parcialmente terminadas mis pequeñas vacaciones de este año, no he podido resistirme a encabezar la entrada de regreso con la estampa elocuente de un Nick Heidfeld escapando de su coche en llamas, hecho que ocurrió en el pasado G.P. de Hungría.

La imagen es innegablemente potente. Muestra a un hombre huyendo de un peligro, y sin querer, al ver lo que le estaba sucediendo al piloto alemán en Hungaroring, me vino a la cabeza una de las actitudes más señeras de nuestro pequeño ombligo editorial, lugar muy propicio donde correr demasiado para acabar saliendo por patas del tinglado montado y ayudado a incendiar, sin querer, o incluso queriendo.

Yo mismo he sufrido algún lance parecido por pecar de ingenuo y reconozco que no es plato de gusto, de manera que para evitar verme envuelto en similares atolladeros, hace ya una década que me juré prometer lo justo, así cayeran chuzos de punta por ello, se me diera por excesivamente esquivo o se me llamara críptico. No me gustan las torres de marfil ni los enrocamientos, así que asumiendo que lo beneficioso para nuestro sector, de momento, es que los editores y los autores hablen abiertamente con el aficionado, respondiendo a cuantas preguntas haga, bien a título personal o a través de cualquier medio, a mi modo de ver todo pasa por intentar ser lo más honesto que se pueda, y siempre que se pueda, obviamente, porque si no se puede ser honesto, lo mejor es callar.

Así las cosas, para ver por dónde van mis tiros, acostumbro a hacerme la prueba del algodón de cuando en cuando, leyendo o escuchando lo que dije o dejé escrito en el pasado. Viejos correos, viejas entradas de blog, viejas colaboraciones, viejas entrevistas, etcétera, me sirven para valorar si he sido capaz de ser sincero conmigo mismo y por supuesto con mis interlocutores, independientemente de que se me entendiera del todo o no, o si por el contrario, he tirado por el camino fácil como otros.

En este sentido, me gusta especialmente revisar el material recopilado por Omar (Avatar) en El Opinómetro, a base de entrevistarme y entrevistar a otros colegas, porque además de verme en crudo, veo en crudo también a los demás, lo que en el fondo supone un lujo impagable, ya que lo escrito, escrito está, y además sin traducciones.

No me enrollo, hoy no, no toca. Mencionaba al comienzo a Nick Heidfeld escapando de su coche en llamas haciendo honor a su apodo (Quick Nick), y tengo que decir con cierto orgullo que de momento nada indica que este pobre editor tenga que salir del cockpit de su coche por la vía rápida. Ludotecnia, nuestra editorial, sigue siendo la rarita del mercado, para lo bueno y para lo malo, para qué negarlo a estas alturas, pero todavía tiene aguante para seguir cumpliendo las pocas promesas que hago, durante un buen trecho y con pie firme.

sábado, 23 de julio de 2011

Las chicas del calendario


Hay que celebrar que una reciente sentencia haya reconocido la enorme contribución que realizan las amas de casa a la economía familiar. A pesar de que el caso juzgado se refiriera a una mujer, me consta que a estas alturas de la película, cuando algunos hombres han ido asumiendo con naturalidad sus responsabilidades familiares mientras sus respectivas parejas se encargan de trabajar remuneradamente, aspiro a que no tardemos mucho en comprobar cómo están cambiando los tiempos, porque el currelo en retaguardia, independientemente del género de la persona que lo desempeñe, es tan trabajo como el otro, aunque socialmente aún cueste reconocerlo.

Una cosa lleva a la otra, ya sabéis, e inevitablemente me ha dado por pensar en la función que cumplen los blogs con respecto al mundo de la información, porque a pesar de la ingente cantidad de morralla que habita en su seno, repartida entre refritos y peculiaridades varias, también existe un caudal inagotable de reflexiones y creatividad sin ánimo de lucro, que resulta constantemente esquilmado por un periodismo sin escrúpulos, o por personajes de todo pelo que buscan medrar en sus respectivos ámbitos profesionales capitalizando el esfuerzo que han hecho otros.

Hasta hace relativamente poco, se estilaba esa forma de cortesía que consiste en enlazar la fuente, o en citarla directamente, pero lamentablemente ha caído en desuso, configurando un escenario en el que los pringados crean los contenidos y los listos los aprovechan sin mayor inconveniente.

Obviamente, ante este desequilibrado estado de cosas no cabe reclamar nada porque en Internet está quien quiere y se supone que sabe perfectamente en qué campo juega, pero no está de menos, me parece, que Las chicas del calendario comencemos a reclamar el espacio que estamos ayudando a construir desinteresadamente, sin que nos haga falta salir en pelota picada, bien maquilladas, pero detrás de un florero o una tarta que nos tape las partes anatómicamente más atractivas.

miércoles, 20 de julio de 2011

¿Quién era el pirata?


Vivo en los bajos de la torre de Babel, cuestión que me ha llevado a recelar de aquellos que en nombre de la industria, la que sea, manosean el derecho de los autores, el mío entre ellos, para justificar el derecho al beneficio de los que trabajan la cultura como podrían andar haciendo chorizos o longanizas.

Por todo esto me hizo gracia ver a Caco Senante solicitar en televisión, que se respetase el derecho a la inocencia de uno de los tipos que ha promovido que a los españoles se nos considere, preventivamente, culpables de no sé qué delitos.

Lo de menos es que el ardid se pase por el forro de los aquellos desde la Constitución hasta la propia Ley de Propiedad Intelectual —nos reconocen algunos derechos que son constantemente vulnerados, que no se nos olvide—, lo grave es que en nombre de la cultura, de su supervivencia presente y futura, dicen, se está terminando literalmente con ella.

Sin embargo, no quiero hacer sangre con el trompetista de Los Canarios, el Sr. Bautista, ni con la sociedad que presidía hasta hace nada, ni siquiera con sus modos y maneras, sino señalar con el dedo que algo muy grave está sucediendo con lo que nos rodea, cuando sigue siendo casi imposible conseguir legalmente según que títulos de libros, según qué volúmenes de música, según qué películas, etcétera, porque no resultan rentables a la misma industria que ha jaleado bodrios como la Ley Sinde, por la cual nuestro país se convierte en tierra abonada para la colonización de la Gran Industria, a cambio de unos cuantos Oscar y alguna miseria más, mientras el canon digital ha producido tantos beneficios como para crear una red de negocio paralela a la SGAE.

Si a esto sumamos el enorme patrimonio acumulado de un tiempo a esta parte por la Sociedad General de Autores y Editores, las piezas dejan de encajar salvo que medie una demoledora sobreexplotación de un derecho totalmente respetable, el de los autores, que se ha convertido en una mina de oro a cuenta del desamparo legal en que se mueve actualmente el consumidor, quien ha quedado a merded de los tiburones que ganaban más por lo que supuestamente perdían, que por lo que realmente vendían.

Llegados a este punto, sólo me queda preguntar quién hacía de pirata en esta película... Sí, ya lo sé: es pura retórica.

viernes, 15 de julio de 2011

El pequeño Zazpi


El rumor como de rocas resbalando por una ladera no era otra cosa que el ruido que producían sus escamas del vientre y el lomo al rozar unas con otras. Su color era como el del fuego y no tenía patas.

La tripa abultada era blanquecina y verde. El chiquillo la pudo ver muy bien cuando la serpiente descendió pasando a pocos metros de las velas tostadas del bote, para ascender al poco acariciando broncamente las ramas de los árboles que circundaban el claro que trataban de abandonar Oiarbide y él. Arriba, otra vez lejos de sus miradas, comenzó el combate.

Gris de Payne era grande, mediría lo que Zazpi, y con las alas extendidas tres veces Zazpi, pero parecía diminuto frente al enorme cuerpo de la serpiente. Ella le encontró primero y trató de enroscarse en sus alas para derribarlo. El búho luchó abriendo el pico y presentando sus garras, lanzando chillidos y perdiendo un montón de plumas. Todo parecía inútil.

Tras un breve forcejeo la serpiente lo alcanzó y comenzó a estrujarlo mientras avanzaba su boca para morderlo. Gris de Payne respondía con picotazos en el morro de la bestia.

Bajo la tupida capa de hojas que ofrecía el bosque sólo se oían los terribles chillidos del búho y el tremendo rumor como de rocas resbalando por una ladera. En ese momento José miró a Zazpi y le dijo:

—¡No podemos abandonarlo!

Zazpi era de la misma opinión, pero nada se le ocurría para impedirlo.

—¡Coge la caña de nuevo, grumete, que si luchas como antes a buen seguro que acabamos con ella!

Zazpi agarró el timón mientras el bravo navegante aferraba la pistola con el mismo aire de pirata que tenían sus palabras. La barca giró en redondo, elevándose. Los tenían muy cerca, la cola de Herensuge a tres metros bajo la quilla. José disparó sobre la coraza de escamas de Herensuge. Un fogonazo multicolor estalló sobre el lomo de la serpiente sin herirla. Con su único y encendido ojo siniestro, miró vengativamente al anciano olvidándose por un momento del maltrecho búho.

Sin darle importancia, giró la cola y golpeó al viejo piloto sacándolo de la barca. El cuerpo de José voló por el lado de estribor para caer sobre los árboles que gritaban:

—¡Cuidado, cuidado!

El viejo José caía arrastrando hojas y ramas. Su cuerpo quedó inmóvil, bastante abajo, y Zazpi temió lo peor, pero no había tiempo que perder; enfiló la proa de la chalupa y arremetió contra la panza de Herensuge. La serpiente abrió su enorme bocaza y lanzó al aire una bocanada ruidosa de gases horripilantes. Gris de Payne, malherido, aprovechó para escapar. Momentos después giró sobre sí mismo para recoger a Zazpi por la camiseta que le había puesto la amatxu, mientras el María Luisa 2ª desaparecía convertido en mil pedazos por la furia de Herensuge, que ahora utilizaba su cola como un enorme látigo.

—¡A la torre!

Gris de Payne, con Zazpi en sus garras, volaba como podía, buscando el abrigo de la vieja construcción que descansaba en el interior de las nieblas del Akaitz, jaleados por los árboles que ahora decían:

—¡A la torre, a la torre!

Una destartalada construcción de piedra apareció ante los asombrados ojos de Zazpi tras el corto viaje a través de la niebla. No era muy alta y se encontraba semiderruida, dejando al descubierto parte de la estructura de madera que la sostenía. Gris de Payne conocía el camino, aquél era su hogar, allí tenía su nido. El nido del búho era tan solo un hueco entre las piedras y las vigas, en la pared Norte. Allí se ocultaron.


Fragmento de Baleen Haranean (Zazpi y Zazpi, en el original en castellano), editado por Desclée de Brouwer en 1999. Mi primer libro infantil publicado.

miércoles, 13 de julio de 2011

La campaña de la goleta Argus


Me embarqué en la aventura del bacalao en 1995, de la mano de Emilio González Soto, un año después de haber ayudado a parir Piratas!! Diez atrás, más o menos, había tocado las playas de guijarros de Terranova donde los pescadores secaban este pez teleósteo para que se consumiera en el viejo continente. Ocurrió en el Museo del Pescador de Bermeo (Arrantzaleen Muesoa), bajo el paraguas, siempre amable, del verbo inagotable y preciso de Aingeru Astuy. 

Hace un año, Abril y Pablo me regalaron el libro que da título a esta entrada, y abrirlo me supuso retroceder a mi pasado reciente y aún al olvidado, al resucitarse en mí las vibraciones que me animaron hace tiempo a aprender lo sabido y desconocido para plasmar después, con plumilla y acuarela, una de las mayores gestas que ha vivido el ser humano, y que en cada una de sus páginas se descubría ahora nítida, casi tal y como yo mismo la había reconstruido.

Alan Villiers fue un marino de carrera que sirvió en la Armada australiana, colaborador también de National Geographic, que decidió enrolarse en la primavera de 1950 en una goleta portuguesa llamada Argus, para viajar a los grandes bancos de Terranova, Labrador y Groenlandia, y regalarnos así una crónica estupendamente escrita y amena, de una de las últimas campañas bacaladeras de la época.

El tono narrativo es puntilloso y documental, deudor, sin duda, de la necesidad apremiante que siente al autor por relatar sin olvidar nada, enfatizando las pequeñas epopeyas que surgen bajo los mástiles de la goleta, y las grandes que ocurren tras la ceguera a la que obliga la abundante y peligrosa niebla que engulle a los doris, auténticos tentáculos del barco que se despliegan sobre el gélido mar en un viaje de ida y vuelta que a veces no encontraba solución.

El retrato que nos ofrece Villiers resulta colosal, como la vida de sus personajes; como la solemnidad del Argus abriendo el agua con su tajamar, impulsado por el viento y el aliento de aquella gente humilde que comenzaba a jugarse la vida una vez el navío había soltado amarras; como la multitud de referencias a la pesca portuguesa que salpican el texto.

Lo tradujo y editó cuidadosamente Ediciones Trea S.L., en 2007, y aún es posible encontrarlo en las librerías, pero a mí me lo regalaron Abril y Pablo devolviéndome media vida, que conste.

domingo, 10 de julio de 2011

Viejas maneras




 
Hace ya tiempo que hablé de cómo me subyugaba la capacidad de Dani para resolver manualmente lo que otros hacen sólo a través del ordenador (sólo lo usa para los tratamientos finales), emparentando su trabajo con los collages de finales del siglo XIX y principios del XX. Hoy toca echar un vistazo a parte de sus creaciones para Dogfight.

jueves, 7 de julio de 2011

Manual del perfecto astronauta


Si midiera el tiempo como los demás, el astronauta estaría aún más perdido, por eso lo tasa con la punta de sus dedos, a cachitos, delicadamente, como su hijo, niño de pañal, atrapaba miguitas de pan antes de llevárselas a la boca.

Una vez creyó volverse loco. La estación, pequeña botella repleta de secretos, se le antojó anagrama de cosas infinitas, y sus angostos pasillos, los de un laberinto amplio que giraba sobre sí mismo como la bicha de Ouroboros, que prende con su boca la cola mientras acaricia con ella su lengua, en un juego que ni tiene sentido, ni principio, ni final.

Sintió la agonía del náufrago, quien pudiendo atrapar entre sus brazos la vastedad del horizonte marino, renegaba de tamaña fortuna sollozando por tocar tierra y ser arrullado en la arena sobre un vientre tibio, mendigando un susurro siquiera durante un miserable segundo.

Una vez creyó saberse solo. Acarició tal certeza, la apretó contra su pecho y mesó sus cabellos. Aspiró sus aromas, escuchó sus sonidos y derramó un par de lágrimas furtivas sobre su cabeza.

Reconoció demasiado tarde la luz que se acercaba en trayectoria de colisión.

Reaccionó como había sido entrenado, aplicando escrupulosamente todos y cada uno de los protocolos aprendidos, los mismos que había usado de manera puntillosa tantas y tantas veces. Recorrió la nave de cabo a rabo. Olvidó su locura, su naufragio y su soledad. Revisó los controles, accionó los botones y se puso el traje espacial. Respiró hondo el oxígeno de las bombonas. Redujo la mezcla. Una a una repasó las claraboyas, clavando sus ojos en la frontera espumosa y curva que dibujaba a miles de kilómetros de distancia, el lugar exacto en que se saludan con las yemas de los dedos la nada y el todo.

Amanecía por cuarta vez aquella madrugada.

Mientras cavilaba sobre lo sucedido notó la extraña presencia que había hecho hueco y morada en el interior de su pecho, que lo iluminaba tenuemente desde su nuevo hogar a dos centímetros de la superficie. El futuro se abría ahora como una flor que recibe la primera luz de la mañana para beber del rocío que trae todo amanecer. El astronauta era el mismo, se notaba idéntico, pero se sentía profundamente distinto. El océano ya no le producía miedo. El juego de la serpiente había cobrado sentido. Sus manos ya no sujetaban ninguna certeza sino un universo repleto de dudas por explorar. Y el tiempo, ¡ay, el tiempo! 

El tiempo ya no tenía sentido...

sábado, 2 de julio de 2011

¿Hace una curva?


De un tiempo a esta parte se viene observando una insana tendencia a cuestionar el sencillo gozo ante lo que se puede ver, leer, escuchar o experimentar con cualquiera de los sentidos, bajo la impostura de que sólo se puede disfrutar de aquello que se entiende, siempre y cuando todo pase inexcusablemente (¡claro!) por el manejo aparentemente solvente de toneladas de datos, ecuaciones y curvas.

El debate que se suscita es demasiado viejo, no nos engañemos. La tendencia del ser humano a poseer en exclusiva aquello que supuestamente ama, es demasiado antigua como para desperdiciar algunas líneas intentando aportar algo nuevo, así que dejémoslo en que el frikismo (sea de la índole que sea, incluso científica) trata de perpetuarse por las buenas o por las malas, y en este sentido, ante la imparable democratización del ocio, para defenderse del molesto vulgo hay quien no ha tenido mejor ocurrencia que rodearse de secretos a cada cual más complicado de desentrañar.

Lo chocante del asunto no estriba en lo bobo y cansino que resulta tratar de discernir si se disfruta más de la visión de la luna, contemplándola a palo seco o con dos tratados de astronomía bajo el sobaco y sabiendo que cada año su órbita se acerca a la Tierra en dos centímetros, sino en que ha habido sabios que prefirieron arrinconar lo que sabían para dejarse llevar por una experiencia que resultaba gratificante sin necesidad de darla más vueltas.

¿Amamos porque amamos, o porque nuestra química elemental nos anima a hacerlo? ¿Tiene mejor textura y sabor si lo disfrutamos bajo el prisma de la física y la química? ¿Cómo tasamos el valor de una caricia: por lo que nos reporta anímicamente, o por lo que supone de relación nerviosa a través del sentido del tacto...? ¡Ay, Dios!

Lo que sí admitiría debate es cómo hacer para mejorar el criterio común en aras de disfrutar mejor de nuestro ocio preferido, ya sea cultural o deportivo, o simple y llano ocio del bueno, desde la humildad y la pedagogía sana. Pero eso sería meterse en honduras habiéndose quitado previamente la careta, y no todo el mundo está por la labor de admitir que sin maquillaje resultamos demasiado parecidos porque todos tiramos como las cabras al monte, cimentando a nuestra bola las filias y quereres que nos hacen pasárnoslo como perfectos enanos mientras descubrimos nuestro propio camino.

Para gustos se hicieron los colores, ¿no?

martes, 28 de junio de 2011

Los cuervitos de Chirí





Los cuervitos son esos personajes que asisten silenciosos a la trama que se desarrolla en las ilustraciones. Un componente esencial de ese mundo mágico que nos rodea, al que prestamos tan poca atención que nos pasa completamente desapercibido a pesar de que sirve de necesario contrapunto. ¿A qué llamamos realidad si no es a ese teatro al que asisten divertidos los cuervitos de Augusto?

sábado, 25 de junio de 2011

Yo también quiero


Envidio a los tipos que tienen un estilo definido. Lo he insinuado algunas veces y me temo que no queda más remedio que rozar el asunto de nuevo: sigo explorando gráficamente porque me gusta ese camino. Lo malo es que desde esta perspectiva tan amplia, mi trabajo vale lo mismo para un roto que para un descosido. Lo bueno de los que tienen un estilo reconocible, es precisamente eso, que valen para un roto o para un descosido (nótese la «o», por favor), nunca para las dos cosas a la vez.

Otro día me distraigo hablando de las bondades del camino que he elegido, que las tiene, obviamente, pero permitidme hoy que me despache a gusto sobre la envidia sana como motor de la creatividad, al menos de la mía.

Aquí arriba tenemos una magnífica ilustración del artista británico afincado en Canadá, Ray Caesar. Modela sus creaciones a partir de un diseño en 3D barnizado con texturas aparentemente almibaradas, que se apastelan gracias a un soberbio manejo de la luz. Cualquiera diría que resultaría posible asimilar su estilo. Pero no es así.

El tratamiento nunca es el resultado, aunque tenga mucho que ver con él. Caesar lo sabe y por ello trabaja sobre un esquema de aparente fácil lectura, porque mientras por un lado nos ofrece composiciones que destilan una nítida sexualidad que las impregna sin contemplaciones, el lenguaje que utiliza se acerca peligrosamente al de la narrativa gráfica infantil más tradicional, el de los álbumes ilustrados de toda la vida, vamos, de manera que conjugando intencionalidad y recursos, la obra de Ray suspende al espectador en una duda profundamente turbadora, anegando sus sentidos con complejas referencias duales que atienden a la vez a lo permitido y a lo prohibido.

Hay que ser muy bueno para hacer lo que hace el londinense, y a gente como yo sólo nos queda decir aquello de yo también quiero...

miércoles, 22 de junio de 2011

Parecidos razonables


Conocía Rusia desde los libros, las diapositivas, los informes, pero nunca había estado en aquel territorio magnífico. Rusia era una presencia constante en su mente desde que se encargó oficialmente de East Wind, debido, sobre todo, a su magnífico conocimiento del idioma de Tolstoi, una chiquillada de cuando tenía catorce años y decidió que su futuro se hallaría en las letras. Nesbit, su profesor en el instituto, le ayudó a comenzar el difícil camino que concluiría en la universidad, tras haber consumido toneladas de libros de poesía y narrativa rusa —poco asequibles en las reacias librerías de Vermont—, y tras haber degustado inolvidables pasajes musicales compuestos por los clásicos románticos rusos.

Primero el conocimiento de la lengua traducida y los sonidos aprendidos, más tarde el sumergirse directamente en el dominio del idioma, del vocabulario, mientras comenzaba los estudios de graduación en Política Exterior para intentar llegar a ser lo que soñaron sus padres. Tiempo más tarde, cuando aquel afán por aprender le llevó a trabajar como traductor para la Ansil Lib. Editorial, fue cuando le convencieron para que atisbara la posibilidad de colaborar con el Gobierno. Pasó por alto el espacio de tiempo que invirtió en el Departamento de Defensa —al poco de terminar el servicio militar—, antes de su ingreso en la Agencia de Inteligencia Naval, primero, y en el CDFC después. Y volvió a pensar en el puesto que ocupaba en aquel preciso momento a pesar de los pocos motivos que tenían sus superiores para confiar en él.

Conocía las tradiciones rusas, su idioma, su historia. Él era un pensador, un intelectual al que le aterraba siquiera pensar en disparar un tiro mientras se refugiaba en su grupo de trabajo, en sus ordenadores y en sus fichas. No hacía demasiado tiempo habrían elegido para el mismo puesto a algún oficial que hubiera estado, al menos, en la Embajada en Moscú, ahora ya no hacía falta. Los adelantos electrónicos, la extensa información sobre cada uno de los recovecos orográficos, poblacionales, etc., la cantidad ingente de diagnósticos, de estadísticas, de informes precisos, suplían el conocimiento directo; la red de satélites y aviones espías que recorrían a diario la superficie de Rusia podrían fotografiar a Yeltsin en calzoncillos en el mismo Kremlim, mientras tomaba un vaso de vodka, y nadie se daría cuenta. La ventaja técnica había destronado a la experiencia de campo, y para él aquello era un paso hacia atrás, y más desde que había sentido lo que había percibido nada más llegar al aeropuerto, aquello difícilmente lo podían describir las fotografías ni los informes, ni tan siquiera los libros, aquello se metía dentro y de esa forma sí resultaba posible emitir dictámenes y proponer acciones como requerían de su función en Boulder.

Rusia parecía débil, sólo lo parecía. Él era americano y entendía perfectamente la razón que había llevado a la superpotencia a aquel descalabro económico y político que la engullía sin ningún tipo de reparo y que en casa sabrían aprovechar en el momento preciso, sin embargo, desde que había llegado a Moscú sólo había visto tristeza, y la tristeza cuando se afinca en el corazón de los pueblos es muy parecida a la muerte.

domingo, 19 de junio de 2011

Bastones blancos


Mi viejo compañero ha claudicado definitivamente. Ayer por la tarde todo parecía ir bien. Respondió correctamente a los chequeos y nada hacía presagiar la lentitud con la que ha despertado esta mañana. Nada que hacer. Tras forcejear inútilmente contra un mundo que ni entiendo ni gobierno, yo también decidía bajar los brazos, dándome por vencido, yéndome para casa con la sensación de que los tiempos han cambiado demasiado para un tipo como yo, que se alumbró en esto casi ayudado por un marcapasos, sobre un LC de segunda mano comprado a un amigo (¡Pepelu, un abrazo si lees esto!), y estrenado bajo la supervisión de J&F y la ayuda de Igor y Carlos.

Tengo en la retina el viejo Classic en cuyas entrañas comenzó todo, y delante el pequeño IMac de casa. Los años van pasando. Sigo abonado a la manzana como los desertores de las bonanzas de Fidel Castro se aferran a las balsas que les llevarán al paraíso. 

Apple y siempre Apple. Mi vida reciente podría ser visualizada observando los modelos más baratos de la gama de la empresa que prometió romper con las cadenas de Microsoft para agarrarnos por los cogieron. No es una cuestión de pelas, entendedme. Para las cuatro cosas que hago en un Mac, con los más baratos tengo y me basta, así que aprovecho la coyuntura para seguir asido al vagón de cola de la tecnología sin que mi saldo se resquebraje, que mañana se resquebrajará, seguro, porque toca sustituir al anciano God HD y no quedan más alternativas si pretendo seguir prosperando.

¿Y por qué? ¿En qué momento se jodió todo?

Antes bastaba con saber dibujar o con conocer los rudimentos necesarios para que otros hicieran el trabajo de componer libros. Recuerdo las galeradas infinitas. Metros y metros de texto que te traían de la fotocomposición y que había que corregir y devolver para que ésta se los pasase a la fotomecánica. Allí un tipo los cortaba y pegaba dejando espacio para las imágenes, pero no virtualmente, como ahora, sino físicamente, previamente convertidos en película, sobre acetatos... El libro se hacía como las casas, desde los cimientos hasta el tejado... Los dibujos llegaban siempre los últimos, ajustados a las indicaciones que daban tipos como yo.

Por edad llegué tarde a la etapa de la tipografía clásica. Aquello sí que era labor de chinos.

Por edad me ha tocado hacer de fotocomposición, de fotomecánica y de preimpresión, ayudando ingenuamente a desmantelar un sector que daba pan a mucha gente, que se fue al paro engullida por una maquinaria que ya la estaba dejando de lado mientras la manufactura de un libro se popularizaba y convertía en cosa casi de niños.

¿Hemos mejorado realmente? Sinceramente siento que hemos perdido mucho, demasiado. Mañana, por ejemplo, tengo la imperiosa necesidad de comprarme un bastón blanco que me ayude a transitar por donde podía y sabía con un lápiz bien afilado, una plumilla o un pincel, y un humilde tipómetro. Sé que juego en desventaja, pero es lo que toca.

viernes, 3 de junio de 2011

Redes sociales


Mi experiencia en las llamadas redes sociales es muy reciente, como ocurre con la práctica totalidad de lo que tiene que ver conmigo y atañe al mundillo de las nuevas tecnologías. Una conversación con una editora, habida a mediados de enero pasado, en la que sonó: «¡Pero Jose, no estás en Facebook ni en Twitter!», obró la catarsis.

Dicho y hecho, a finales de aquel mismo mes me introducía en unos campos que se me antojaban minados. Y no me equivocaba. Al cabo de unos días Facebook me consideraba un spam por solicitar a demasiada gente tratos de esa amistad virtual que sólo puede concebir una mente anglosajona y, para qué negarlo, gracias a la generosa contribución de dos conocidos que rechazaron mi amable invitación, para bloquear a renglón seguido sus respectivos muros ante miradas como las mías, sospecho.

No deja de tener su gracia. A Facebook se la supone un universo amplio en el que puedes tener acceso a lo divino y humano, por aquello de que fomenta las relaciones, pero dentro habitan seres que ponen barreras a su alrededor para preservar su sacrosanta intimidad. Este ardid tiene también su miga, pues hay quien lo usa para el viejo, maduro y rancio, ¡no te ajunto!

En fin, que en Twitter ni ando. Se me antoja que consume demasiado tiempo, y que lo de los 140 caractéres resulta muy rácano como para contar algo más que un chascarrillo. Tampoco es que abunde en el invento del señor Zuckerberg; tengo anidados allí mis blogs, he subido algunas imágenes, y de vez en cuando chateo o cuento algo en mi propio muro. Pero sobre todo observo.

Sí, observo como si fuese un vulgar voyeur que en el mundo hay mucha más generosidad de la que nos cuentan, aunque luche en desventaja con una mezquindad que aprovecha las redes sociales para prosperar a sus anchas, pues no se corta en saludarte cuando no quedan más bemoles, pero que ahí, en ese universo que cabe en la cáscara de un cacahuete, te niega el saludo porque el gesto adquiere un eco supuestamente amplificado.

Bien, ya estoy en Facebook y en Twitter, pero me siento igual de pequeño que siempre.

martes, 31 de mayo de 2011

Minuciosos bichos cuadriculados


Haciendo de becario en la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes de Bilbao, habré sostenido en mis manos como un par de centenares de veces el libro Necronomicon, a hurtadillas la mayoría de ellas, con absoluta tranquilidad otras menos, cuando mis compañeros y los quehaceres diarios lo permitían... 

Como buena parte de mi generación, arribé a la corriente artística biomecánica de la mano de H. R. Giger, padre y madre de aquel engendro cinematográfico que firmó Ridley Scott, nos detuvo el pulso y que se titulaba Alien, el octavo pasajero, y lo cierto es que la he seguido con posterioridad, porque son muchos los autores plásticos que han abundado en ese complejo mundo que recrea una naturaleza —a veces muy distinta de la que conocemos, otras, menos—, a base de fusionar tubos, correas, engranajes, tuercas y tornillos, con músculos, tendones y carne, plumas, o incluso élitros.

El universo resultante, amén de profundamente creativo, resulta enigmático y subyugante precisamente porque juega furtivamente con las referencias del espectador, avocándole a una reflexión sobre lo que és y no es, basada en la certeza rota de que todo animal es en el fondo una soberbia y vulnerable máquina blanda que funciona con precisión suiza.

Christopher Conte, el audaz e inteligente artista de quien he tomado prestada la imagen que decora esta entrada, es un fabuloso exponente de este mundo que me apasiona tanto y en el que incluso me he atrevido a posar mis manos en alguno de mis textos y dibujos, quién sabe si por participar de tan atractiva aventura o tal vez por sentirme un dios menor que se entretiene dando alas a su imaginación en una tarde de tormenta.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Soñar es gratis




Aboceto muy poco aunque los bocetos son una parte muy importante de mi trabajo. Estas tres muestras daban soporte a un sueño que compartimos todavía un tipo entrañable y yo. Fueron creados antes de que la crisis astillara el proyecto, y están esperando a que pase ésta para que puedan ser concretados en una ladera de 70.000 metros cuadrados. ¡A ver si hay suerte, y a finales este año...!

sábado, 21 de mayo de 2011

Crucero sobre la ría


A cuenta del colosal trabajo de ilustración en el que estoy embarcado desde 2008, más o menos por estas misma fechas, andaba el año pasado recreando un Portugalete que me sirviera de marco para las andanzas de mis héroes de papel.

En ello estaba cuando me llamaron a filas para hacer de jurado en el vigésimo cuarto Concurso de Cómics Noble Villa de Portugalete, en compañía de la magnífica ilustradora y artista guipuzcoana Concetta Probanza, y de José Luis Martín, editor de la revista El Jueves y uno de nuestros mejores maestros del humor gráfico.

Como es costumbre, unas semanas después de que el jurado emitiera su veredicto tuvo lugar el acto de entrega de premios. Por coincidencias de fechas con el Salón del Cómic de Barcelona, ni José Luis ni Concetta pudieron asistir, de manera que tuve que salir en solitario a la plaza, acompañado, eso sí, por el alcalde de la noble Villa, Mikel Torres, y la concejala de cultura, Italia Canna.

La cosa transcurría por sus derroteros naturales hasta que al final del acto, y de manera totalmente sorpresiva, los representantes de la corporación municipal me hicieron entrega de una hermosa reproducción de la Torre Salazar.

Mientras Italia me tendía el inesperado regalo, escuchaba yo los pasos de sus antiguos habitantes sobre las tarimas, y los jadeos y roncos ladridos de los perros villanos. La torre. Sostenía la torre en mis manos después de haber deambulado por sus secretos, reinventando cada una de sus esquinas y piedras, vigas, muebles, también el artesonado, la biblioteca que contuvo, las escaleras, y por supuesto los aromas a humo de tea que se abrían paso hacia los techos ennegreciendo las paredes de un lejano 1580... 

Dicen que la vida nos pone delante extraños cruceros en mitad del bosque, confluencias de caminos que no están señalados en ningún mapa, que responden a sabe Dios que extraños sortilegios. Hace un año, más o menos, tuve la fortuna de pisar uno de ellos, a pocos metros de la ría que humedece las raíces de mi pueblo natal.

jueves, 19 de mayo de 2011

Bethany's wave


Tuve un amigo que hoy sufre Alzheimer selectivo desde que decidió unilateralmente distanciarse de mí. Por olvidar, ha olvidado incluso avisarme de la caída de aquellos que fueron nuestros compañeros de aventura en tantas batallas como intervinimos juntos, en las que serví abriendo camino a golpe de machete o recibiendo los primeros dardos envenenados, cuando no, soportando a pecho descubierto los embates más feroces del enemigo. Tal era mi fortaleza bíblica, mi arrojo y mi soberbia, mi locura suicida, que incluso me anunció su intención de dedicarme un papel protagonista en una de sus obras...

Obviamente no sé en qué ha quedado todo aquello.

La soledad es una estación de paso. Vivimos destilando fosos de amargura, rayuelas ininteligibles, desencantos, desconciertos, mezquindades, mareas verde esmeralda que se levantan a nuestra espalda como muros, pero sigo creyendo en el género humano aunque cada vez un poco menos.

Para un optimista no hay nada peor que el escepticismo. La duda razonable sobre el futuro de las cosas supone siempre una herida abierta que resulta inasequible a la sutura o a la sal. Está ahí, y ahí estará al menos hasta que la olvides o la sepultes, acompañándote desde su silencio, recordándote lo frágil y vulnerable que eres, lo pequeños que resultamos todos.

Sol ha estallado, pero soy escéptico aunque me gustaría no serlo.

Tal vez sea la edad o el cansancio, o las veces que me han dicho que callara la boca o midiera mis palabras, conocidos que jalean ahora mismo el explosivo júbilo esperanzador que ha anidado en el centro de Madrid y que ha encontrado eco en toda España. Soy escéptico y maldigo mi escepticismo con lo que está ocurriendo, porque creo en el día a día, en el trabajo codo con codo, en los actos minúsculos que tantas veces han despreciado por inoportunos estos que digo.

La hoguera de Sol se apagará tarde o temprano, y volveremos todos al auténtico campo de batalla, a ese futuro mejor por el que hay que pelear cada jornada, por esa libertad que nadie te regala, por esa lucha contra el hastío que nunca acaba y que rara vez iluminan los focos.

Obviamente no sé en qué quedará todo esto.

jueves, 5 de mayo de 2011

Con lo «agustito» que estamos


Para ser una sociedad que rehuye el debate como si se tratase del diablo, la de los Juegos de Rol, en su conjunto, gasta demasiada tinta en justificar su inmovilismo y sus vicios.

He dejado pasar un tiempo prudencial desde que Carlos de la Cruz, Antonio Polo y Avatar [Omar El-Kashef], desde distintas posiciones y desde sus respectivos blogs, hicieran sendos ejercicios reflexivos sobre la situación que vive el sector, coincidiendo, y además por primera vez, que recuerde, en abordarlos desde el comportamiento del aficionado.

No quería coincidir a mi vez con estos tres pesos pesados de la blogosfera rolera, porque mi razonamiento surgía de la conversación habida en el pequeño reducto que supuso el encuentro que tuve con tres aficionados en Facebook, el pasado 12 de abril, y del que nadie se hizo eco salvo El Opinómetro y El Otro Viento.

Si la cuestión de tanto silencio choca bastante con las quejas de una afligida afición que se lamenta habitualmente de que no sabe lo suficiente, choca aún más en un escenario en el que somos pocos y  quienes tienen la obligación de informar no lo hacen a pesar de que las editoriales, en este caso Ludotecnia, intente generar alternativas de comunicación que vayan más allá del consabido y tradicional trato de colega a colega con los aficionados.

La pregunta que se me hizo fue escueta: «¿Que pasos crees que deberia dar el mercado rolero español para que pudieran desarrollarse verdaderos profesionales?» Y mi respuesta también lo fue: «Para que haya profesión tiene que haber mercado que la sustente.»

Y aquí surge la madre del cordero, porque comprendo que lo de mercado sigue viniéndonos demasiado grande como colectivo, ya que ni somos conscientes de que lo formamos todos, ni hay interés en cambiar de modo, lo que permite que el amiguismo campe por su fueros contaminando todas las esferas de comportamiento, desde el creativo al de consumo puro y duro. Obviamente, mientras impere este estado de cosas no hay posibilidad de profesionalizar nada, porque no existen los filtros necesarios.

Escribe bien el amigo, dibuja bien el amigo, edita bien el amigo, se promociona en resumidas cuentas al amigo. Diseña mal el enemigo, ilustra mal el enemigo, saca porquerías siempre el enemigo, y lógicamente se condena al ostracismo al enemigo. Si los trapos no se lavan en casa ya no te ajunto... Triunfar es hacer amigos, no nos engañemos, no consiste en hacer las cosas bien, ni siquiera en intentarlo. Y así nos va.

Carlos hablaba de fragmentación; Antonio hablaba de jugar y dejar jugar; y Avatar, en su línea, hablaba de ir más allá. Estoy bastante de acuerdo con los tres aunque en el fondo no lo estoy con ninguno.

Hay fragmentación porque nos movemos en un modelo de coleguismo donde lo ajeno siempre estará mal visto y será el objetivo a batir. Hablamos demasiado y nos olvidamos de jugar porque lo novedoso o alternativo nos produce auténtico pánico. Rehuímos el debate porque la afición está cómoda controlando el cotarro y reclamando insistentemente salidas que luego rechaza de plano, sencillamente por evitar mirarse en el espejo para descubrir sus propias miserias.

Y puesto que la afición reclama día sí y día también que nos profesionalicemos como sector,  como si eso fuese la panacea para salir del estado que sufrimos, no me queda otra que decirle a bocajarro que  el camino para profesionalizar todo esto, a mi modo de ver, pasa inevitablemente porque las editoriales abandonemos paulatinamente el feedback con el aficionado, y desde luego porque éste asuma de una vez que es consumidor ante todo, y que su interés debería estar por encima incluso de sus amistades y filias.

Pero con lo a gustito que estamos...

miércoles, 4 de mayo de 2011

Azul 13:21


Desde que tengo uso de razón recuerdo haber tenido una máquina de fotos en las manos, por ello, tal vez, he sentido siempre por la fotografía un respeto reverencial, casi mágico, que me ha llevado a rodearme de grandes amigos a los que admiro, pues son mejores que yo en aquello de congelar el tiempo y el espacio en un fragmento imborrable.

Tengo delante el grueso volúmen del cual he tomado prestada la magnífica fotografía de Anders Petersen que abre esta entrada. Corresponde a la publicación que realizó en 2009 La Fábrica Editorial sobre la exposición «Años 70, Fotografía y vida cotidiana», un monumental catálogo de afanes,  derrotas y victorias, encuentros y pérdidas, tristezas y alegrías, que quedaron atrapadas por los ojos que supieron discernir a través de un objetivo la profunda poesía que reside en el día a día, en la década, precisamente, en la que yo me abría paso desde la infancia hasta la adolescencia pensando ya en comerme el mundo manteniendo intacta mi dentadura, soñando ilusamente que el mañana me protegería de todo daño.

Curiosamente, mi enorme memoria me ha jugado una mala pasada en esta disciplina en la que para ser sincero nunca me he demostrado malo, pero en la que desgraciadamente no he abundado. De manera que a pesar de contar con una extensa colección de instantáneas relativas a mi vida, y a pesar de los recuerdos vívidos que atesoro, siento la ausencia de las más importantes, aquellas que deberían haber retratado los jalones que me han llevado con pie seguro a través de la niebla.

Dejémoslo en que soy un completo desastre en esto como en otro montón de cosas, por fiar demasiado a que el futuro será condescendiente conmigo y me dará oportunidad de resarcirme del inevitable paso del tiempo, y en que a falta de certificaciones propias, me entretengo descifrando las que supieron certificar otros, como un ciego palpa la superficie de una cara intentando desvelar sus secretos para hacerlos suyos.

martes, 3 de mayo de 2011

Mapas y bitácoras




Muestra de los mapas realizados para Los Bandidos del Mar, libro publicado por Espasa Calpe en 1999.

miércoles, 27 de abril de 2011

Traducido a «niños»


Tengo la fea costumbre de rechazar las versiones abreviadas o adaptadas, aquellas que abundan en los textos consagrados convirtiéndolos en papilla, así como esas incursiones artificiales de  autores supuestamente adultos en el mundo de los niños. Ambas modalidades de delito cultural me parecen aberraciones que delatan lo poco que interesan los críos a muchos editores, lo importantes que son para estos últimos los padres y educadores, y en definitiva lo poco que pesamos los que hemos tenido o tenemos la fortuna de volvernos criaturas que cuentan por escrito a otras criaturas lo que sentimos, vivimos o imaginamos.

Sin embargo, tengo que reconocer que como en todo hay excepciones.

Veréis, dispongo en mi abultada biblioteca de cuatro fragmentos encuadernados de un magnífico trabajo que realizó la editorial catalana La Galera, allá como en 2006, ante los cuales me quito el sombrero cada vez que reparo en ellos y no puedo evitar la necesidad imperiosa de sostenerlos en las manos, porque son un alarde de inteligencia y finura, ya que el peso del libro no recae en los escritores llamados a sintetizar el texto original —dicho sea con todos mis respetos—, sino en los ilustradores que los han iluminado con sus estampas, a la postre, los únicos capaces de trasladar el contexto y la magia del manantial auténtico sin necesidad de recurrir a recortes o apaños, en un lenguaje universal que entienden en versión sin subtítulos incluso los niños.

La muestra que os acerco hoy corresponde al siempre grande Tha en su particular visión del Drácula de Bram Stoker, a cuyas ilustraciones acompañan los textos elaborados para la ocasión por Jaume Cela.

miércoles, 13 de abril de 2011

Mi viejo Avus


El poder de los reflejos va más allá del horizonte magnético y difuso donde vislumbramos una realidad vuelta del revés que tratamos de encajar, como si fuese un puzzle millonario en piezas, mientras intentamos comprender lo que nos ha sido vedado entender.

Tal vez porque hice mis pinitos y primeras ecuaciones acompañado de un aerógrafo en esto de la ilustración profesional, se me ha quedado grabado en el ADN que es casi posible expresarlo todo a poco que te pongas a reconstruir en el dibujo aquellos detalles imperceptibles que rodean las cosas, todas, que están ahí siempre y que sin embargo no parecen merecer el papel protagonista que al final obtienen por pura y aplastante lógica.

En este orden de cosas, a ni humilde entender los reflejos revelan, construyen, nivelan el desequilibrio existente entre lo visible y lo invisible, como sombras diferentes a las que modelan los claroscuros que aportan densidad y volumen a las formas, porque lo reflejado siempre es una sombra inquietante y radiante que se ha apropiado de la luz a su manera, para compartirla sólo con aquellos que están abiertos a verla. También son ecos, reminiscencias, o incluso fantasmas.

Los ordenadores han desterrado de la confección de ilustraciones, casi por completo, una disciplina noble en la que había que diseñar minuciosamente los pasos a dar para no darlos mal, en la que había que tener en cuenta que las partes son siempre un todo minúsculo que dará cuentas de su contribución tarde o temprano... El aerógrafo podía competir con la fotografía, y bien que competía, incluso cuando comencé a usarlo a la manera de H.R. Giger, a mano alzada y sin plantillas, a huevo, como diría aquél.

Lo uso en la actualidad para atenuar fondos de acuarela y para pintar maquetas o dioramas, siempre para mirar la vieja herramienta como una amiga de la que no he sabido o querido despegarme por miedo a quedarme solo, para sentir cuando la sostengo en la mano, que nací ahí, y ahí me hice.

Hoy, mi tercer día sin más café que el de la mañana, vuelo bajo, y me ha dado por pensar en cómo un azar me ha convertido con el paso del tiempo en otro azar, porque gracias a tratar de emular al maestro Sorayama me asomé al primer vehículo de mi colección seria a escala 1:43 (tuve otra, infantil, que no supe conservar, como mis TBOs de Cuto), un Audi Avus teñido de metal en el que aprendí a discernir los reflejos de los que hablaba más arriba.

Lo tengo ahora mismo en la palma de mi mano, y me veo.

viernes, 8 de abril de 2011

Omaha beach


Me imaginaba un abril distinto, pero sueño con agua. No tiene mucho que ver lo uno con lo otro, es cierto, pero por algún lugar tenía que soltar lastre para encauzar adecuadamente esta entrada que va de tiros de los de película (¡agáchense ustedes, que la pólvora sobra y los proyectiles no hacen daño mas que a los malos!).

Ahí va el primero: Un tipo que se dice tu amigo quiere montar una editorial, hasta aquí todo bien, y te pide por favor que le avales ante un editor extranjero en aras de obtener la licencia de sus sueños, todo porque se supone que tus veinte años en el sector y tu trayectoria, valen su peso en oro. Pues bien, accedes, cumples a pesar de que la cosa ni te va ni te viene editorialmente hablando, a pesar, también, de que hay quien a tu lado te dice que tal vez estés haciendo el capullo, y a pesar de que en el fondo sabes perfectamente que mal que te pese, lo estás haciendo...

Pasado un tiempo prudencial, aquél del que estamos hablando, el amigo que se siente mimado por la fortuna de haber contado a la hora de enfocar su criterio editorial con el que te decía a ti que estabas haciendo el capullo en lo de la licencia, porque a él también le había indicado el camino correcto; por ti, ya que estamos, a la hora de contactar con las primeras imprentas y proveedores, de dar los primeros pasos, para que nos entendamos; y por quien se cruce por delante, vamos, ya que no pone reparos incluso en quedarse con el ticket de una comida de confraternidad para desgravárselo... Decía que el tipo desentrañado éste, amigo de metértela por la espalda como te descuides, va y se pone petulante y se engorila hasta el punto de sentirse competencia —no es que lo vea mal, que para eso estamos—, y de tomarse la licencia de emboscar a uno de los autores de la casa que le tendió los primeros metros de la alfombra roja que ahora pasea como el emperador de aquel cuento en el que todos se reían de su figura porque iba en pelota picada —fatal, esto lo llevo fatal—.

Ahí va el segundo: Otro tipo distinto al primero, éste con bastón y bombín que se las da de listo en cuanto tiene oportunidad de sacar pecho, discute contigo y te recrimina tus modales porque los canales de información de tu editorial con los aficionados son a su parecer inadecuados —se supone que por carecer de una web activa, desmereces sobremanera con otros que la tienen, y te los menciona—. Mantienes una conversación que acaba en tablas porque no hay nones ni puntos de encuentro, pero en la que se permite aplaudirte en público por tu talante y porque no ladres, a pesar de que te pone a renglón seguido en solfa, de nuevo, otra vez más, ante una competencia que habilita cauces donde el consumidor puede ser informado directamente por la editorial.

Pasado un tiempo que ni es prudencial ni es nada porque no hay quien entienda de qué va la cosa. El mismo individuo del bombín y el bastón reniega de que te hayas montado un blog donde explicar tus cosas y trabar contacto con la gente, afirmando en público y sin ningún rubor: «Lo que he dicho es que las reseñas o informaciones sobre los juegos me gusta que vengan de personas no relacionadas con el proyecto.»

El tercero, y casi termino: Un tipo majo y casi entrañable quiere meter un gancho pugilístico contra su némesis, pero viene mal informado y la caga estrepitosamente. La cosa va de alabar lo que alaba todo quisque pero aprovechando la coyuntura para meterle al cooordinador del asunto, el Señor Avatar, concretamente, y en el desbarre enseña las orejas desde el mismo título de su entrada en un blog que dice hablar de otras cosas pero que siempre acaba hablando de Avatar (¡uy, qué mal huele la cosa!), que dice textualmente: «System not found», arrogándole al tipo que me avisó de que posiblemente estaba haciendo el capullo en el asunto de la editorial que ahora va de triunfadora por la vida —el mismo que recomendó a la interfecta que se dejaran de ostias y tiraran por algo patrio, el mismo inútil que al parecer vale un huevo a tenor de los resultados—, una dejadez que se resuelve como Dios manda y con categoría en la página 10 del manual ¡Gañanes! recién publicado: «Siempre es preferible hacer una tirada de Habilidad que una de Caraterística...».

Es cierto que cabría haberlo explicado mejor, más en modo papilla, para novatos o incluso recién nacidos, pero ¿no éramos todos roleros viejos?

Por último, un tiro al aire: Ceder los brazos, bajar la guardia y renunciar a cualquier defensa para evitar hacer daño mientras te comes todo lo que venga, no siempre es sinónimo de cobardía... Hay mucho de amor de los buenos en ese acto tan sencillo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Mis zapatos y mis horas




2005 me supuso un año de extravíos personales y de tránsitos hacia Dios sabe qué sitios. A comienzos del siguiente decidí dejar de vagar sin rumbo tratando de tocar de nuevo el suelo. Así, empecé una serie de dibujos que estoy a punto de terminar, más por empeño que por necesidad, que retrataban la reposada quietud de mis zapatos y los que encontraba por casa. A pesar de su inmaculada sencillez les debo mucho.

martes, 22 de marzo de 2011

Hojarasca


Cuando las tropas comenzaron a tomar posiciones todavía quedaban quienes pensaban que la democracia se asienta sobre la diversidad de opiniones. Por suerte, disponíamos de quien supo anteponer el futuro de nuestra civilización a cualquier idiotez de parvulario. 

Días atrás, la esperanza de seguir perseverando en aquella ilusión infantil se iba a desvanecer a primeras horas de la mañana. Hacía décadas que la nación vagaba sin rumbo porque el rancio discurso de la libertad de expresión había hecho mella en su ideario. Hacía falta una chispa, un catalizador que nos hiciera entrar en razón, y lo habíamos servido en bandeja ante una opinión pública acostumbrada a digerir como cierta cualquier fabulación emitida en prime time con soporte de vídeo. 

Bastó con echarle la culpa al enemigo.

La propaganda institucional la inventamos nosotros. John Doe resultó elegido por haber liderado la plataforma cívica Peace without victory mientras el viejo continente se desangraba en las trincheras del primer gran enfrentamiento armado del siglo XX. Hombre de ideas claras, había accedido al cargo sabiendo que resultaba imprescindible tomar parte en el conflicto, y que por ello necesitaba que el electorado entendiera que el país estaba moralmente obligado a participar en él si quería convertirse en faro y guía del mundo. Fundada a tal efecto, Creel Commission, en seis meses, cumplió con creces su labor con el apoyo explícito de un elenco de intelectuales que creían que el amor a las ideas sólo requiere de un claro enunciado, aunque su demostración implique un enorme sacrificio. John Doe sucedió a Frankling Delano Roosvelt aunque nadie lo recuerde. 

Si el invento del cinematógrafo convirtió la realidad en veinticuatro fotogramas por segundo, veinticuatro instantáneas consecutivas en el mismo intervalo de tiempo suponen desde entonces un razonable sucedáneo de verdad, aunque la equiparación encierre un sofisma cuando existe la evidencia de una alteración en la secuencia. Seis objetivos: cinco edificios y una creencia tan arraigada como peligrosa. Cuatro derribos. Tres suplantaciones y un imprevisto. Dos versiones de infierno y una coartada perfecta. 

La operación había sido diseñada a principios de los sesenta, cuando Cuba ejercía de señuelo, y a pesar de su complejidad y de los inevitables ajustes a los nuevos desafíos, había cumplido su cometido. En agosto del año anterior, en la base aérea de Holloman, se había llevado a cabo el ensayo general del que sería el número central del espectáculo: por seis veces consecutivas, un Boeing 727 había aterrizado sin intervención de pilotos o tripulantes, sólo con el apoyo de un control remoto basado en la utilización de GPS. Sin embargo, una circunstancia totalmente ajena iba a poner en evidencia la vulnerabilidad de nuestro sistema de defensa porque a nadie se le ocurrió atender al maldito ruido blanco, y porque en el fondo, las probabilidades de que una misión diseñada expresamente para cumplir un objetivo concreto pudiera servir de coartada a otra con un objetivo diametralmente opuesto, resultaban en la práctica absolutamente despreciables; y además, que ambas coincidieran en el tiempo y compartiendo modelo de acción era intelectualmente inaceptable. 

Por suerte, aunque no existe un plan perfecto, siempre hay que piensa en las posibilidades más remotas e inimaginables, y en su solución. De otra manera, mi grupo y yo no habríamos existido jamás. 

Mi unidad entró en acción el domingo 16 a las 19:45.


Texto inédito de Equinocce. Escrito en el verano de 2005, medio año después de la edición de Quidam, pertenece a la misma saga que el juego de los fracasados que editó Ludotecnia.

sábado, 12 de marzo de 2011

Jugando en los campos del Señor


Confieso que me aterraba un poco dejar pasar demasiado tiempo desde la última entrada y que no sabía de qué demonios iba a tratar ésta. No es por nada especial, a fin y a cuentas supone que voy por la vida tan atareado que apenas dispongo de unos granos de arena que desperdiciar escribiendo más allá de lo que acostumbro a escribir aquí o en Nurbu, aunque lo malo del asunto estriba en que la cosa delata que mi equilibrio interno anda pelín descompensado.

Me gusta escribir. Me relaja, me permite jugar a ser dios sin asumir demasiados riesgos. El año pasado, más o menos por estas fechas, decidí aparcar durante doce meses mis afanes literarios para dejar espacio al abundante trabajo gráfico que aún llevo entre manos. He cumplido la condena autoimpuesta, el exilio abrazado, y el caso es que desde febrero mis dedos se hacen huéspedes ante cualquier teclado.

Toca por tanto volver a lanzar flechas al cielo que sabe Dios si algún día se publicarán. Toca  empezar de nuevo, otra vez de cero o sobre palabras que liberé hace una eternidad o dos, o tres, que tendré que atrapar con miguitas de pan. Toca hacerlo fundamentalmente porque lo necesito, aunque sea comenzando de manera tan pobre como hoy, con apenas tres párrafos compuestos con la vista fija en un horizonte venidero que aún no discierno.

sábado, 19 de febrero de 2011

Sanctum


Llevo trabajando en esto de la ilustración desde que casi vine al mundo, y aunque por avatares de la vida no enseñe mucho de las labores diarias que ocupan mis últimos tiempos, sin que se me tome por vanidad superflua, puedo decir bien alto que hay quien dice que soy la leche de bueno y que cuando me dejan acostumbro a demostrarlo.

Entendedme, con esto que he dicho y con lo que voy a soltar a partir de ahora no trato de quitar ni poner nada a las críticas negativas, sobre su pertinencia e idoneidad, básicamente, que ha recibido mi portada para ¡Gañanes!, porque entiendo que para gustos son los colores, porque por principio respeto cualquier opinión aunque no la comparta, y porque, lo más importante, he aprendido a sobrellevar cualquier andanada, sea amiga o enemiga, como quien oye llover.

Comento todo esto porque en el fondo del debate originado (¿he dicho debate?) está en juego un valor que sigue pasando desapercibido entre tanto ruido como el que se ha montado, y por el que he luchado demasiado, como muchos de mis compañeros de profesión, y que trata ni más ni menos que sobre el concepto de autoría, sobre el derecho que tienen los autores gráficos a ser considerados en igualdad de condiciones que los literarios cuando intervienen junto a estos últimos.

Os cuento, cuando Omar (Avatar para los amigos) decidió entrar en el juego de Cliffhanger como proyecto editorial, me puso una única condición: todos los autores de Cliffhanger gozarían de total libertad e independencia, como ocurre en lo mejorcito del mundo del libro.

Dicho y hecho, fundamentalmente porque como editor entiendo perfectamente la necesidad que puede sentir un coordinador de garantizar que los autores de su línea trabajen con absoluta libertad, porque esa actitud dignificará inevitablemente los contenidos y por tanto dará mayor calidad al resultado final, y obviamente, porque como autor gráfico agradezco que haya quien se tome la molestia de considerar mi contribución a la elaboración de un libro, o la de mis compañeros de armas para idéntico fin, en la medida de respeto que siempre he anhelado en otros ámbitos. Así que sí, acepté el reto sin mayores miramientos porque todos salíamos ganando.

Dicho esto, los otros autores de Cliffhanger, entre los que me incluyo, han interpretado los textos que les han sido pasados con el máximo respeto a los escritores que los han parido, obvio de narices, pero en este caso ejerciendo sus atribuciones como albaceas de un contenido susceptible de ser expandido, redundado, concretado, magnificado o aún reducido a astillas... ejerciendo, en una palabra, su propia libertad con absoluta responsabilidad. Y es en este sentido que me sorprende que haya quien como consumidor se sienta agredido, ultrajado, ofendido, o incluso timado, por lo que no es otra cosa que una manera más de acercarse a un libro desde un concepto tan básico como la interpretación de su contenido.

Por suerte soy de los que escriben y por tanto de los que ya lo dejaron escrito. El ilustrador no es una herramienta al servicio de, sino una escritor que escribe de otra manera, con dibujos. Lo comenté hace tiempo acerca de las ideas que tenía Pedro J. Ramos sobre la función del ilustrador en la confección de un Juego de Rol, y lo repito ahora que viene al pelo: el que hace los dibujos de un libro es tan autor como el otro y por tanto debería ser tan libre como él.

Errado o acertado, el que hace las viñetas es un tipo genuino que se ha tomado su trabajo para interpretar a su manera el juego, y debería ser respetado por ello. Avatar llevaba razón, como la tiene José Muñoz (Tirano), al argumentar que no podemos valorar un libro por lo buena o mala que resulta su portada, sino por su contenido, y si éste es el quid de la cuestión, como parece, aceptemos pues que estamos hablando de autores y de interpretaciones honestas, y no desbarremos aludiendo a dictados comerciales de difícil justificación, entre otras cosas porque ¡Gañanes! va a poder ser ojeado en la tienda antes de ser comprado. 

Seamos un poco más equilibrados, y si hay que admitir algo, admitamos primero que el promotor de Cliffhanger, Omar, ha tenido en cuenta que existe una pluralidad de autores que merecen ser reconocidos como tales, y que está actuando con una enorme coherencia en lo que llevamos recorrido, de manera que Cliffhanger va a resultar diferente a lo que hay en el mercado incluso en esto. Y segundo, que lo que está sucediendo ahora mismo a cuenta de las reflexiones y críticas surgidas alrededor de una miserable portada, supone a su vez un nuevo hito de surrealismo como los que acostumbra a regalarnos de cuando en cuando nuestro mercadillo lleno de entendidos.

jueves, 17 de febrero de 2011

El Señor [gañán] de la colina


Hacer portadas no consiste sólo en pasar a limpio las tripas de un libro, pero esta que realicé para ¡Gañanes! me gusta especialmente porque admite infinidad de lecturas aunque pueda parecer que  ofrece únicamente una... igual igual que le sucede al texto escrito por J&F.

domingo, 13 de febrero de 2011

Robert el permanente


El domingo pasado, tras conocer que Kubica había estado a punto de perder la vida en un accidente, sentí la necesidad de dedicarle unas líneas que comencé a escribir al poco de llegar a casa (todavía sigo siendo un nómada en cuanto al trabajo se refiere). No hubo forma. Cuando has tenido activado a pleno rendimiento el hemisferio lateral derecho del cerebro, dibujando durante un montón de horas, y necesitas reanimar el izquierdo, aunque sea para escribir unos minutos, lo normal es que te salga algo tan pastoso y poco digerible que merece ser condenado a la papelera sin ningún tipo de contemplación, como así ocurrió.

Casi una semana después del lamentable suceso, sabiendo que al polaco le han salvado la mano y el antebrazo y que seguramente volveremos a verlo conduciendo un vehículo de competición, he vuelto a sentir el mismo pulso del domingo pasado porque para bien o para mal, mi mundo, mi universo de referencias está íntimamente ligado a gente como Robert o Fernando, incluso a Lewis Hamilton si nos ponemos, de rondón a las máquinas que llevan bajo del culo y a los equipos donde militan, porque lo que rodea o contiene la competición de automóviles me sirve para entender mi propia vida.

Llegados a este punto debo confesar que nunca me he parado a pensar si me apasiona esto del motor porque me gustan más los coches que los hombres que los conducen, o si ocurre en sentido contrario. Hay quien lo tiene claro y afirma de manera tajante que lo suyo son las escuderías, pero no soy de esos. Soy ferrarista porque quedé prendado de un trasto rojo que conducía un tal Jacky Ickx y porque mi hermano mayor adoraba los rossos. Pero si quitamos de la ecuación la inevitable parte hereditaria y al que a mi modo de ver sigue siendo un piloto irrepetible, posiblemente me habría vuelto un apasionado de Lotus (que en cierto modo lo soy, que conste), ¿quién puede saberlo? 

Fittipaldi me flipaba porque conducía un 72 JPS, de manera que si apartamos también al brasileño y nos deshacemos del bendito coche negro con vitola dorada, me habría quedado con Tyrrell sin pensármelo dos veces, porque la escudería de Ken siempre fue mi segundo hogar aunque molara menos que la de Chapman. Pero sin el granjero y sin Jackie, y sin el gitano...  

Viene todo esto a cuento porque en lo referente a la F1 reconozco que soy un patito feo que quedó marcado con la primera imagen que captó su retina y los primeros olores que percibieron sus papilas olfativas. No creo que sea esencialmente malo porque es cierto que poco a poco he ido destilando lo que realmente me importa, terminando por definir a mi alrededor un territorio lleno de aromas y sensaciones difusas en el que me siento como en casa, pero que no está concluido ni mucho menos resulta permanente o inmutable, y en el que destacan, como he comentado antes, figuras como Robert o como tantos otros que se han ido decantando en el fondo de mi botella como si fuesen posos.

Y el caso es que Kubica lleva tres accidentes graves encima, uno de civil y dos como profesional, e inevitablemente observo esto último que le ha sucedido como si me hubiera ocurrido a mí o a uno de los míos, y hay algo ahí dentro que tiembla.

Tuvo suerte el polaco, mucha. El guardarraíl podía haberle atravesado de parte a parte en un lance tan imprevisible y fortuito como carente de explicación, y estoy seguro de que habrá tomado buena nota... pero hay quien reclama que le convendría definirse un poco antes de andar jugándose la vida en ruedos tan diversos, y es aquí donde no lo tengo tan claro por lo mismo que decía antes: en el deporte automovilístico me resulta tremendamente complicado discernir hombres de equipos y de máquinas, y por ello me veo incapaz de definir responsabilidades netas como para ser tajante en uno u otro aspecto.

Quiero decir que si el Skoda hubiera dispuesto de mayores medidas de seguridad frontales, a estas horas no estaríamos hablando mas que de un incidente. Visto que no es así, lo más seguro es que todos los vehículos de rally miren a partir de ahora con lupa el refuerzo de sus partes delanteras por evitar situaciones impensables hace una semana escasa, lo que modificará sin duda el nivel de riesgo que conllevaría montarse en uno de ellos...

No sé por qué tengo la sensación de que Robert también ha tomado buena nota de esto y obrará por tanto en consecuencia, aunque le rogaría que se armara de paciencia antes de volver a ruedo alguno, porque del infierno siempre se sale chamuscado y cuesta lo suyo volver a ser el mismo que entró en él.