sábado, 26 de junio de 2010

El expolio


Sin apenas darnos cuenta ha comenzado el expolio de la cultura con la promesa de acercarla aún más al gran público, y el caso es que el argumento zanahoria tiene su tela, pues para que el esperado acontecimiento ocurra no será necesario invertir algo más en educación, como aconsejaría la lógica, sino llenarnos de extraños y caros cachivaches que además de permitirnos leer exclusivamente lo que ellos quieran, a un precio que dicen que será razonable pero que distará muy poco del que pagamos ahora, como si lo viera, servirá también para que hagamos un montón de otras cosas en nuestros momentos de ocio, como customizarlos o mejorarlos con iinfinidad de imprescinicibles gadgets, etcétera, que costarán una pasta gansa y nos entretendrán un rato largo. Vamos, un sacaperras, como diría mi abuela.

Si no fuera porque considero el acto de la lectura como algo trascedente en el que el autor y yo compartimos ideas y sentimientos en absoluta intimidad, a través del vínculo que nos ofrece a ambos un libro que yo particularmente necesito palpar, correría ahora mismo a comprarme un lector digital, pero soy demasiado viejo para eso, he leído mucho, incluso en volúmenes que hoy muestran el paso del tiempo, el suyo y el mío, y además tengo el vicio de saborear los ejemplares como objetos que pueden ser pequeños o grandes, bonitos o feos, bien hechos o pérfidamente elaborados. Así que paso.

De todas formas, y volviendo al hilo de la entrada, esta actitud artera que siguen mostrando los que se empeñan en utilizar el término cultura para continuar esquilmándonos los bolsillos, empieza a joderme, y perdonadme lo áspero de la expresión, pero es que sus argumentos huelen a podrido, ya que ni aunque quisieran podrían llegar a digitalizar todo la literatura editada, lo que me lleva a plantear la pregunta de quién será el que elija qué podremos leer cuando las imprentas vayan cerrando, o cuando hagan lo mismo las pequeñas librerías, porque bastará descargarse de Internet, sin moverse de casa, pagando, obviamente, un archivo que no ha necesitado ser impreso... Ahora bien, ¿podrá compartirse ese archivo, regalarlo después de haberlo leído, o se impondrán límites y tasas también a esas menudencias tan cotidianas?

No me gusta tanto mercantilismo barato disfrazado de amor y esfuerzo, cuando no de altruismo por la cultura, porque me recuerda demasiado a otras cosas que hemos ido perdiendo por el bien general sin apenas darnos cuenta.

Aunque bien mirado tiene su gracia que sea precisamente una empresa que se distingue de su competencia por llevar una manzana como símbolo, quien esté liderando la nueva revolución cultural. La tiene porque después de haber echo añicos aquella otra con la que Apple llegó al mercado en 1984 para romper el monopolio de Microsoft, ésta suena a falsa; y la tiene aún más porque de las 7.500 variedades de manzanas que existen en todo el mundo, sólo unas 300 se comercializan a través de los grandes canales de distribución alimentaria, razón por la cual las 7.200 restantes tenderán a ir desapareciendo poco a poco, pues no llegarán al gran público ya que su explotación no resulta suficientemente rentable.

Lo dicho, ha comenzado el expolio, y lo ha hecho con la promesa rancia de siempre.

domingo, 20 de junio de 2010

Ipuin Unibertsalak



Ilustraciones a la acuarela y aerógrafo pertenecientes al libro titulado Ipuin Unibertsalak (Cuentos Universales), editado por Ibaizabal Argitaletxea en 1994.

sábado, 12 de junio de 2010

Tempus fugit

Las cosas se tuercen con demasiada facilidad. Crees que lo tienes todo bien planificado y controlado, y surge un mar preñado de dudas, o te asaltan extraños acontecimientos, o lo que sea decide cruzarse en tu camino para colocar tu vida patas arriba, obligándote a poner el cronómetro a cero, pero no a un cero cualquiera, no, a ése que tiene los ribetes gélidos del volver a comenzar desde el  puñetero principio porque te has equivocado, como si el trayecto realizado nunca hubiera tenido final, como si fueses un vulgar Sísifo condenado por los siglos de los siglos.

No me quejo, que conste. Bueno, sí, pero sólo un poco, porque en momentos así me espabilo echando la vista atrás para recordarme que hubo una época en que no me sobraban los kilos de ahora, tenía abundante pelo, y encima levantaba monumentos de madera o cartón piedra, sueños efímeros que permitirían a otros soñar que soñaban, y que dejaban de existir una vez habían cumplido su cometido, vamos, que en cierto modo estoy acostumbrado a esto que me pasa.

No voy de farol, y como sé perfectamente que en este demonio mundo todo necesita ser contrastado, no sea que una referencia suene a intencionado artificio para aumentar el curriculum, me he puesto a ello, a buscar  las pruebas de que fui realmente lo que creo que fui. Y lo cierto es que aunque intuía que por ese ahí infinito de mi estudio andaban algunas fotografías de mi etapa inicial en Itzalak, mi primera empresa de la que os he hablado en alguna otra ocasión, no fiaba el empeño tan complicado, así que ni os cuento lo que he sentido cuando por fin he podido tenerlas entre mis manos. Sí, hoy puedo decirlo bien alto, pues entre 1986 y 1991 me dediqué además de a diseñar museos y rellenarlos con ilustraciones y maquetas, a ir de feria con la responsabilidad de que el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco mostrara orgulloso lo que hacían los escritores, ilustradores y editores de mi tierra, en Liber 89 (Madrid) y 91 (Barcelona).

Lo que son las cosas, por aquel entonces ni siquiera pensaba que mis creaciones acabarían ocupando sitio en las estanterías que diseñarían otros, como así ha sido con el paso del tiempo, pero aquello de hacer stands, amén de entretenido y dejarnos un pasta a mi socio y a mí, me recordaba demasiado a mis inicios como arquitecto de papel en la cocina de la casa familiar de Santurce como para no disfrutarlo, porque a pesar de que para mi hermano mayor sigo teniendo fama de manazas a cuenta de que jamás entendió en qué se entretenía su hermano pequeño, pude dedicarme a hacer éstas y otras hazañas gracias a la experiencia acumulada sobre el suelo de la cocina que aún piso cuando almuerzo con mi madre antes de hacer los recadillos de la semana.

Otro día os cuento la aventura de hacer de fontanero con la corbata puesta, en Alimentaria., para Mantequerías Santi. Hoy cenaré pronto y me iré a la cama para pensar en cómo mañana comenzaré de nuevo a partir de cero sin que me importe demasiado, de la misma manera que levantaba sueños de cartón a los 12 años para deshacerlos al día siguiente y emprender con los mismos materiales el levantamiento de otros nuevos.

lunes, 7 de junio de 2010

Caótica vital

En 1990, más o menos, tuve la suerte de toparme con un libro que se titulaba «Caos, La creación de una ciencia», que había sido escrito por el periodista y divulgador James Gleick, aunque no sería hasta unos años más tarde que me hice con el ejemplar que guardo como oro en paño entre mis particulares rarezas editoriales, y que corresponde a la segunda edición que realizó Seix Barral en 1994.

Hablo hoy de este libro porque le debo mucho, tanto que si alguien me pidiera que delatara mis deudas literarias lo incluiría sin pestañear entre los cuatro o cinco textos a los que recurro de cuando en cuando para recordar de dónde vengo, por ver si acierto a descubrir hacia dónde voy (la literatura consiste en eso), aunque en el fondo su mención es una excusa como otra cualquiera, porque esta tarde me había propuesto volver a escribir aquí, y lo cierto es que salvo la magnífica ilustración que me ha prestado Carlos para la ocasión, no tenía nada preparado.

Bien, el caos, la caótica, ese extraño universo científico que contempla las cosas despreciablemente minúsculas como si fuesen hitos inconmensurables, pues les ha sido dada la facultad de generar grandezas colosales, me descubrió en su momento que todo estaba inventado y a la vez por descubrir, reafirmándome como ser humano dado a las gestas diarias que carecen de vocación de prosperar en el tiempo, pero que lo hacen, ¡vaya que si lo hacen! Y el asunto no deja de tener su gracia, pues como sabéis, me muevo en el grandilocuente mundo de la cultura, el mismo que ha hecho de grabarse a fuego, a codazos, o a navajazo limpio en la posteridad, su principal seña de identidad.

No me interesa la posteridad, nunca lo ha hecho, pero tengo que admitir que me encandila descubrir que vivo una realidad que hace doce meses me parecía sencillamente inimaginable, y que soy feliz en ella porque sigo queriendo conocer dónde están mis límites y ya no siento ni miedo ni vértigo ante los posibles fracasos, vamos, que me he vuelto un adolescente bastante peligroso porque tengo todo mi pasado por delante y sé que no voy a repetirlo.