viernes, 30 de abril de 2010

El Gabriel Aresti


Sobre los grises años pasados lejos de Europa, el abuelo jamás dejó escrito ni desveló nada, aunque los matasellos de las cartas que regularmente enviaba la abuela a sus tías parientes de Sopuerta, en Vizcaya, revelaban cómo las ciudades visitadas se sucedieron como cuentas en un collar de cristal de Bohemia. Buenos Aires, Santiago, Lima, Acapulco, Nueva York, Chicago, de nuevo Nueva York, luego Nueva Orleans y por último La Habana. A pesar del silencio plomizo que la envolvía, de todo punto comprensible, por otro lado, don Párvulo albergaba la sensación de que en aquella etapa nebulosa, llena de estrecheces y melancolías, abundantes miedos y turbias querencias, de dolor y heridas mal cerradas, se fraguaron profusas e inteligentes amistades que ayudarían a que la editorial se significara entre las más grandes de habla hispana, apenas dos décadas después. 

Eran otros tiempos. La cultura no vestía ni interesaba, parecía cosa exclusiva de la cínica izquierda política, del libre pensamiento y la liberalidad, del enemigo eterno, del allende las fronteras, y en ocasiones del mismísimo diablo. Sin embargo, a pesar de tanta traba aparentemente insalvable como encontró en los inicios del camino, el abuelo supo sobreponerse aplicando convincentemente su buen criterio, con hechos, como de costumbre, como ya hiciera en el pasado, abriendo la por entonces minúscula editorial a alternativas nuevas y actitudes innovadoras que la devolverían el esplendor perdido durante los duros y largos años que preludiaron el fratricida enfrentamiento. 

Aglutinando a su alrededor no sólo a escritores quincalleros y profusos, vuelaplumas inocuos todos ellos, sino también a pesos pesados de la intelectualidad, aquilatados que gozaban del favor del régimen por su tolerada osadía, la editorial estrenaba en 1954 distribuidora propia, y doce meses más tarde, trasladaba su sede a las nuevas dependencias del número 11 del Paseo de Recoletos porque los beneficios así lo aconsejaban. 

Lejos quedaban los menesterosos comienzos del 40, el trabajo sin horas, las noches en vela, las correcciones, la mendicidad de favores, la búsqueda incansable de nuevos valores afines a la filosofía de la casa, el breve capítulo en la calle Príncipe, y el más largo celebrado en O’Donnell. La posguerra no había hecho mella en P. Méndez y Vargas Editores, y la muestra de que la constancia y seriedad invertidas habían sido convenientemente recompensadas, se mostró ante el mundo un 21 de octubre, viernes, día de Santa Úrsula, cuando la efeméride inaugural que abría la nueva etapa fue recogida por el diario Pueblo en una sucinta exposición a una columna, pero firmada por don Emilio Romero.

¿Qué le han parecido las últimas medidas aprobadas por el gobierno? —comentó en voz alta el ministro, durante la cena.

Insuficientes, si me permite decírselo sin rodeos… Necesitamos confianza, mucha confianza.

Don Párvulo torció ligeramente el gesto mientras su mente se tambaleaba ante la apremiante necesidad de escarbar en la memoria por encontrar razones y excusas con las cuales justificar el triste y oscuro episodio protagonizado por su padre. Durante un instante, el premio recién cobrado y la satisfacción consiguiente pasaban a un inmerecido segundo plano. No importaban demasiado. En realidad poco importaba nada. Resultaba laborioso, sí, muy tedioso, desmadejar una vez más la historia familiar por entrever cuál había sido la desventura que apartaría a su progenitor de la senda magistralmente trazada por el abuelo, circunstancia totalmente inesperada que iba a servir para encumbrarlo a él, con apenas veinte y pocos años, a llevar las riendas del negocio en solitario, convertido ya en un huérfano cuyo padre aún vivía.

Once meses y tres días después del enlace de Protervo Méndez y Vargas con doña Tirante Astrabudúa y Martínez de Ycaza, celebrado en la basílica bilbaína de Nuestra Señora de Begoña, nacía el primero y único hijo del matrimonio, de forma precipitada, como accidentado colofón, es un decir, a un viaje que algunas voces tildaron con antelación de sumamente peligroso e inconveniente para la embarazada y la criatura que llevaba en sus entrañas. Fuera como fuese, por mal fario o simple negligencia, el alumbramiento tuvo lugar en una cuneta, a poco de comenzar un trayecto que de haberse completado, felizmente habría acercado a la pareja hasta Segovia. Ocurría todo en fecha tal de 8 de julio de 1918. 

Esta querencia por los hechos dramáticos parecía claro sello de la familia. Así lo enfatizaba en cuanto encontraba oportunidad don Pretérito Pozas, secretario y amigo personal del abuelo, hombre saludable en todos los aspectos, quien acompañaría sus días desde que se iniciara como oficial dependiente en la librería de viejo, convirtiéndose con posterioridad en confidente y asesor cuando don Protervo volvió al país para reconstruir su sueño, que aún lucharía codo con codo con él a la hora de levantar el incipiente imperio, y que le velaría en el lecho de muerte para sobrevivirle en cincuenta y cuatro días exactos. 

Era don Pretérito ser entrañable y buena persona, contrapunto necesario, por su espíritu alegre y vital, en el deambular por la vida serio, circunspecto y eminentemente laborioso del abuelo. Por ello, y también por el afilado y atinado sentido del humor con que estaba dotado, venía a observar las cosas que sucedían con una flema en mucho modo anglosajona, aunque a él le gustaba recalcar que para flema la asturiana, pues era de allí de donde provenía su sangre materna. 

Nacido en Soria, al poco de venir al mundo, los Pozas, chiquillo, padre, madre y hermana mayor, encontrarían acomodo y plaza en la capital madrileña, ciudad que los acogería como hijos para no liberarlos jamás. Solterón empedernido y recalcitrante, cuidado, esmerado y formal en el vestir, muy coqueto aunque sólidamente varonil, albergaba una visión muy particular, sesgada y recelosa, del universo de las féminas. Cauto en lo referente a las mujeres, por tanto, siempre fue esquivo ante la tesitura de establecer vínculos que duraran más de tres meses con su universo y telas de araña, encajaba a la perfección en la periferia más cercana a don Protervo, incluso cuando éste, devastado y arruinado por la imposibilidad que mostró la abuela por engendrarle más hijos, buscó amparo y renovar de fuerzas bajo las enaguas perfumadas de Promiscua Álvarez, una hermosa actriz que triunfaba en la ciudad Condal bajo el sobrenombre de Almíbar Paraíso.

Aquél fue un episodio muy breve pero demasiado intenso, a cuyo precipitado fin vino el abuelo en permitirse ahogar las penas y heridas recibidas, en los siempre cálidos y abiertos brazos del alcohol. Mas renacido una vez más, a resultas del inevitable calvario y tránsito por el desierto, la cabeza visible de P. Méndez y Vargas Editores encontraría la luz en una militancia mariana que a la postre jalonaría su vida de relaciones portentosas y hábitos más serenos, colmándole de paz. El miedo hace milagros, diría de manera benevolente don Pretérito, a cuenta de la catarsis religiosa sufrida por su íntimo amigo, aunque don Párvulo quiso ver en el relato pormenorizado de aquellos sucesos, la evidencia palpable de que la sangre familiar correspondía a hombres mortales y no a titanes, como demasiadas veces parecía. 

Pozas, por la cercanía y contacto, por ser protagonista privilegiado, por las muchas cosas que vieron sus ojos y escucharon sus oídos, así como por los muchos secretos que atesoraban sus sonoros silencios, se hallaba hábilmente dispuesto a entresacar sabrosas lecciones de lo que sucedía alrededor y en el interior de la familia Méndez y Astrabudúa, y por supuesto del negocio, siendo muy tendente a encajar soberbiamente piezas huérfanas de la historia inmediatamente anterior y aún de la más lejana, mostrando siempre una portentosa capacidad para pespuntear los hechos pasados, que quedaba fuera de toda duda a tenor de su elocuencia y acierto.

¡Mal vamos si se quiebra la confianza, don Párvulo!

Dice bien, ministro. Sin confianza nos encontramos profundamente desamparados.


Se ha fallado recientemente el Premio Gabriel Aresti, concurso de cuentos al que me presenté con un relato del que me he permitido entresacar un fragmento para compartirlo con vosotros. Obviamente, no he ganado.

¡Que muevan el culo!


Hay noticias con las que, independientemente de otras consideraciones, hay que estar de acuerdo, y la que lleva peleando Charly Barazal en su blog desde hace unos días, es una de ellas, por lo sangrante de su contenido. Pero si sumamos al indeseable escenario la Espada de Damocles que ha puesto recientemente la Ministra de Cultura sobre las webs que osen promocionar enlaces supuestamente delicitivos, acarreando su cierre inmediato; o la prisa que se dan algunos canales de video en atender al FOM para retirar inocuos montajes o selecciones de carreras, la cosa adquiere ribetes de bochorno e hipocresía inaguantables. ¡Que muevan el culo, que bien que lo hacen para otras cosas!

sábado, 17 de abril de 2010

Parcelas en negro




Tres ilustraciones a tinta (plumilla y pincel) para Luna Menguante, publicada bajo el título Ilbehera por Desclée de Brouwer en 2003.

martes, 13 de abril de 2010

¡Hasta pronto, enanos!


Entre 1999 y 2000 tuve la suerte de participar en el proyecto de preescolar e infantil de la editorial Ibaizabal-Edelvives, en labores de diseño e ilustración. La expectativas originales eran muy atractivas, el margen de maniobra muy amplio, y el resultado, sin duda, bastante gratificante. 

Al parecer, establecimos bien los mimbres de aquella aventura en la que trabajé a las órdenes de los responsables editoriales Nekane Umerez y Sabin Gorrotxategi, pues el producto ha permanecido en el mercado casi 10 años (el anterior, en el cual también intervine, tuvo una vigencia de 6), lo que dice mucho de su capacidad para competir en un mundo, el de los libros o propuestas educativas, que es duro y difícil como pocos, pues la competencia es sencillamente brutal. 

Después de tan largo periodo de vida, obviamente tocaba ir dejando paso a nuevas alternativas y mis pequeños se acaban de jubilar del todo. Y de esto quería hablar hoy, porque las retiradas de los libros en los que he puesto algo de mí, por la terminación de su vida útil o por simple agotamiento comercial, suelen acarrear un cierto grado de melancolía inevitable que por fortuna no me ha asaltado esta vez. 

Ibaizabal se puso en contacto conmigo hace unos meses para brindarme la oportunidad de hacerme con algunos ejemplares de la obra en que participé. Éste es un derecho de los autores, recogido por la Ley de Propiedad Intelectual, que no siempre se respeta por parte del gremio editorial, y que he agradecido haciéndome con un representante de cada una de las cuatro propuestas finalmente publicadas en sus correspondientes y voluminosos maletines: Kili eta Kolo (2 años); Zala eta Parta (3 años); Txin eta Txan (4 años); y Plisti (5 años).

Ni os cuento lo que siento cuando los miro en el estudio y recuerdo las ocasiones en que a primeros de curso (posteriormente, este delicado material acostumbra a reposar en el interior de las aulas) los he visto por la calle en las pequeñas manos de algún chiquillo o chiquilla, cuando con sus padres iban camino de la escuela o la ikastola como quien lleva consigo un auténtico tesoro.

Creo sinceramente que es esto lo que al final de todo importa. Por encima de los sinsabores propios del trabajo, las prisas, los desencuentros, y otras zarandajas que afectan también a la actividad creativa para los más chiquitos, ver cómo tu esfuerzo se hace útil y sirve para lo que fue creado, es un pago mucho mayor que el recibido mediante los emolumentos. Y reconozco que hay que vivirlo para sentirlo en toda su intensidad, porque pienso que no hay nada en el mundo como la dichosa percepción de que con cuatro líneas y unas manchas de color, se ha contribuído a la definición de un futuro mejor que aquél pasado de donde venimos.

Por ésta y otras razones me ha gustado siempre implicarme en proyectos escolares, a pesar de  saber desde el principio que el tiempo terminará siempre por jubilar a mis enanos.

sábado, 10 de abril de 2010

Alicia en el país de las maravillas


Os echaba de menos, que conste, y no tanto porque apenas he tenido tiempo de sacar la cabeza a cuenta de la acumulación de trabajo, como porque aquí, en este diario de un fusil de asalto, sintonizo mejor en frecuencias más bajas que en Nurburgring (¡quién me lo iba a decir hace escasamente un año!). Sea como fuere tenía ganas de volver a este amable reducto con algo que contar, y el caso es que el intervalo entre la última entrada y ésta ha estado lleno de chascarrillos y anécdotas, algunas reseñables; otras no tanto; y otras más que deberán esperar a que el tiempo las ponga en su adecuado lugar para que pueda hablar en público de ellas, no más allá del 8 de mayo próximo.

Dicho esto, y por no demorar el inicio de esta primera intervención después de tan largo silencio, hoy quería comentaros que me he hecho en fecha reciente con un ejemplar de la magnífica obra Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, editada por Blume e ilustrada por uno de mis autores gráficos favoritos: Robert Ingpen. Como de costumbre, tras tenerlo en mis manos busqué inmediatamente referencias sobre el original, para quedar embobado con las peculiaridades que surgen en la misma portada, pues en la edición británica emana elocuente un maravilloso «Illustrated by» que delata la enorme tradición empapada de respeto que rodea el trabajo de los ilustradores lejos de nuestras fronteras, y que hace chirriar, por paupérrimo, al «Ilustraciones de» que aparece en la edición española.

No es por ser tiquismiquis, que también, pero no se puede negar que no es lo mismo que una obra sea ilustrada por alguien, a que ese mismo libro lleve dentro unas ilustraciones de ése alguien. La distancia semántica duele como una puñalada.

Mal que pese a la editorial barcelonesa, Robert Ingpen es también el autor del volumen que ha puesto a la venta, el traductor coyuntural de los contenidos que plasmara Lewis Carroll, el albacea peculiar de tan magnífica herencia universal, y como tal debería haber sido reseñado, lejos del papel de comparsa en el que se le encorseta en España, malversando su contribución a la lectura del texto como si aparte de un destilador de contenidos, que lo es (lo somos), fuese una mera circunstancia que pudiera ser suplida como si tal cosa.

Ingpen plasma a Carroll, un Carroll distinto y diferente, suyo, personal, intrasferible e independiente. Lo entiende a su manera y lo escenifica, lo llena, lo suple o lo atenúa, y esa es la razón por la que compré el libro, no otra.

En nuestro país todavía estamos lejos de comprender de qué va la cosa de la contribución del ilustrador a la confección de un libro, y es una completa lástima. Por esta razón, aquí es común asumir que un ilustrador simplemente decora o acompaña un texto, cuando lo que ocurre es que se compromete con él para que sea entendido de otra manera, llena de matices y sugerencias, que lo enriquecen ante al lector, en una palabra.

Nos queda un trecho para alcanzar el respeto conque se verena a los autores gráficos apenas a unos kilómetros de nuestra secular miopía, pero a pesar de los errores de portada, esta edición de Blume merece la pena disfrutarla, porque está presente Robert Ingpen, pues de Alicia hay un montón de ediciones menos elaboradas, o más, todas ellas legibles, aunque difícilmente tan auténticas como ésta.