domingo, 21 de febrero de 2010

Marte y yo


Lo admito, soy hombre de zodiaco, de esos que se dejan guiar por los astros. Como el diario que leo no publica ningún horóscopo porque considera que hacerlo es poco serio, aprovecho la toma de café matutina para mirar en otros periódicos que no hilan tan fino cómo se presenta el día para los Leo (nací en agosto), eligiendo la fortuna que mejor se ajuste a mi estado de ánimo y esperanzas; si no encuentro lo que necesito, cambio de signo como un político de chaqueta; y si ni por esas hallo lo que busco, me vuelvo un perfecto descreído y doy por zanjado el asunto.

Comento esta afición secreta que tengo, porque las lecturas astrológicas me están coincidiendo en advertir que los Leo navegamos a estas alturas bajo la influencia de Marte, y que esto es sumamente beneficioso pues nos aporta un plus de fuerza que para sí quisieran los Acuario, por poner un sencillo ejemplo que no trata de molestar a nadie; y el caso es que ha sido una semana bastante dura en todos los sentidos: mucho trabajo atrasado, mucho trabajo corriente, una temperatura muy baja en el estudio, dolores de cabeza por aspirar los vapores de la estufa de queroseno (¡Gorliz, cuánto te deseo!), el teléfono, el correo electrónico, etcétera, y juro por lo más sagrado que no he visto al dios de la guerra por ningún lado, menos arrimando su hombro al mío.

Como por desgracia no me parezco a Arturo Pérez Reverte ni en el signo zodiacal, El País Semanal le regala a él y no a mí un puñado de páginas para que hable de su úlltma aventura literaria, digo de Cádiz, de manera que el lector caiga en el ardid y la compre en cuanto la vea en las estanterías. Así las cosas, yo, como editor, ilustrador y escritor no demasiado reconocido, me lo tengo que hacer prácticamente todo, como Juan Palomo, y de tanto bregar resulta incluso lógico que ande por la vida tan cansado a pesar de los augurios de unos horóscopos que persisten en afirmar que podría comerme el mundo…

¡Ay el mundo!, ¡cuán grande es como para atreverse a darle siquiera un bocado!

Tampoco es que eche de menos a esa furia que los griegos llamaron Ares, porque para ser sincero tengo que decir que noto una presencia extraña que me levanta el ánimo hasta en los momentos más bajos, y pensándolo bien a lo mejor lo que siento es un Marte menor, atípico y adecuado a los nuevos tiempos, atibiado y ligero; menos grueso, enardecido y beligerante que antaño; más calmado y femenino, en una palabra; como con la lección bien aprendida, porque ante los grandes desafíos la mejor arma sigue siendo la paciencia, y nadie como él para saberlo.

Con vuestro permiso seguiré mirando lejos.

domingo, 14 de febrero de 2010

Balada por Shinnosuke


El atardecer, plomizo y sombrío, como si tuviera conciencia de lo que estaba sucediendo, parecía un animal dispuesto a devorar el edificio antes de romper a llorar. ¡Ojalá pudiera!

Todo había comenzado a complicarse tras la muerte de Shinnosuke. Antes, los sucesos sin explicación habían producido algún sobresalto que otro. Después se suspendieron las clases durante una semana, tiempo tras el cual el centro volvió a abrir sus puertas con todas las ventanas enrejadas y la presencia de tres vigilantes jurados que pagaba el Ayuntamiento, y que cuidaban del recinto repartidos en turnos de ocho horas.

—¿En qué piensas?

—En nada.

—Va a ser eso.

Si las palabras lógica e instituto no estuvieran íntimamente reñidas, a alguien de arriba se le debería haber ocurrido pensar, tras lo sucedido, que hacía falta algo más que un grupo de descerebrados para poner en jaque las leyes más elementales de la física, y que por tanto, lo que fuera que nos había metido el miedo en el cuerpo iba a continuar haciéndolo a pesar del refuerzo de las medidas de seguridad. Además, como aquella parte de la historia se había cerrado como se zanjaba todo en nuestra amada institución: con algunas amonestaciones acompañadas de las correspondientes invitaciones para que los padres de los presuntos culpables visitaran el despacho del jefe de estudios, todo apuntaba a que aunque el primer tiempo parecía haber terminado en tablas, durante el segundo íbamos a sucumbir por goleada, como lamentablemente ocurrió.

—¿Tienes costo?

—No uso.

—Va a ser eso.

El animal había comenzado a llorar. Gruesos goterones empapaban el suelo oscureciéndolo por completo. Sentados bajo el saliente del tejado del garito, lo que ocurría a nuestro alrededor parecía formar parte de una película muda a la que asistíamos por simple compromiso, mi compañero al compás de la música que crepitaba a través de los diminutos cascos de su MP3; yo, con la mirada fija en un lugar que no lograba distinguir.

—¿Y un pitillo?

—Me estoy cuidando.

—Va a ser eso —se quitó el auricular derecho.

—Va a ser eso, va a ser eso ¿por qué dices siempre va a ser eso?

—Es la respuesta sencilla de Jack.

—¿Has vuelto a ver «El club de la lucha»?

—No, he vuelto a leer el libro, ¿algún problema?

—¿Qué tal con la psicóloga? —no sé cuál fue la razón que me llevó a preguntarlo, sabía perfectamente que aquella herida estaba abierta.

—Qué quieres que te diga, la tía se lo está currando, pero no me voy a dejar atrapar... Oye, ¿en serio que no tienes materia para un canuto?

—No, y aunque tuviera...

—¿Aunque tuviera? —repitió cínicamente mis palabras.

—No me ralles —contesté mecánicamente.

—Diez a uno a que lo de Shinnosuke te está sorbiendo el coco. Vaya mierda, para un tipo bueno que conoces, va y se quita de enmedio.

El lunes y martes de aquella semana no le vimos. El miércoles, a primera hora, una nota solitaria en el tablón de anuncios nos informó de que había fallecido, de que no habría clases en señal de luto, y de que la misa funeral se celebraría a las siete en San Nicolás. Para nosotros la noticia olía a rancio, Dueñas nos había venido con el cuento la tarde anterior.

—¿Qué crees que se le cruzó por la cabeza para hacer lo que hizo?

—¿Y yo qué sé?

Pocos profesores se atrevieron a explicar algo; el resto, sencillamente pasó de puntillas sobre el asunto como si no fuera con ellos.

—El único requisito para que el mal triunfe es que la gente honesta no haga nada…

—¿A qué viene eso?

—Me apetecía, pero no tiene importancia, es un pensamiento de un tipo que no conoces —Omar odiaba parecer diferente, pero lo era.

—No me calcines, por favor.

—Va a ser eso.

Shinnosuke había sido un tipo legal, de esos a los que no les hace falta inventarse nada para ser respetado. Antiguamente, a los que habían hecho lo que él se les enterraba fuera de los cementerios, sin misa. Por eso, de la cantidad de cosas raras que habían sucedido, la que más me había llamado la atención era que le hubieran hecho un funeral, entre otras razones porque él no creía en esas historias. Sí, bueno, creía en el más allá, pero no en los aduaneros de turno. Le gustaba el rollo místico de que hubiera algo mejor más allá de esta vida, un lugar tibio que compensara haber vivido en esta porquería, pero pasaba de los que hacían bandera de ello. A falta de una explicación mejor, supuse (no era el único) que su madre o sus hermanas habían decidido enmendarle la plana una vez había palmado, por aquello del qué dirán. Nada nuevo, sin ir más lejos, mis padres se habían casado por la iglesia por la misma razón, y me habían bautizado por no matar de un disgusto a media familia. Me volví hacia mi amigo:

—¿A los árabes os bautizan?

—Los yankis amenazaban con bautizar a los iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib para torturarlos, y lo hacen en la actualidad en la de Guantánamo… Sintetizando: no es una buena idea.

—Me refiero a que cuál es el rollo que os lleváis para ser recibidos en la comunidad.

Recibidos en la comunidad —repitió mi frase como recitándola, apostillando cada sílaba—. Bonito pensamiento, ¿de dónde lo has sacado?

—Fui a catequesis durante un par de años, ¿contento?

Sorry, dear! ¿Te han quedado secuelas?

—¿No puedes responder a una pregunta sin hacer otra?

—¡Relájate! Yo anduve estudiando el Corán más o menos durante el mismo tiempo…

—¿Tu padre?

—¡Quita!, cosas de mi abuela.

Vivía con sus viejos en la zona más lujosa, aunque nadie lo diría. Su padre, agregado del Consulado de Egipto, y su madre, traductora, habían tratado de darle una educación laica y democrática en la escuela pública, con la esperanza de convertirlo en un hombre de provecho, aunque a todas luces algo había fallado, porque a pesar de estar repitiendo, Omar seguía acumulando faltas de asistencia y suspensos, fumando porros y vistiendo de pordiosero, como si una parte secreta de sí mismo estuviera empeñada en darles la razón a los que ya le habían etiquetado de rebelde y conflictivo. Lógicamente, y como nos ocurría a la mayoría, también había terminado en manos de un hurgacocos.

—¿Vas a contestar de una vez o me vas a dejar colgado?

—Nos circuncidan —soltó de forma seca.

—¿Cómo a los judíos?

—Sí, como a los judíos —apagó su MP3.

—¿En serio?

—¿No estarás pensando en que te la enseñe?

—Viéndoos por la tele nadie diría que los judíos y vosotros tenéis las mismas costumbres.

—No somos tan diferentes, también comemos, meamos…

—No me vaciles...

—Pues sí, a los judíos y árabes nos arreglan la colilla cuando no podemos protestar, y cuando podemos, nos enseñan a comportarnos como trogloditas para que nos partamos la cara.

—¿Y a las tías? —pregunté ingenuamente.

—Las machacan cuando son pequeñas, así, cuando son mayores no hay diferencia entre cristianas, judías y árabes.

—¡Tiro la toalla! —anuncié derrotado.

—Va a ser eso.

A una semana y media de la reapertura, la cosa empezó a ponerse realmente fea.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Todo tuyo, colega.

—Quiero decir que si puedo preguntarte algo sin que te mosquees…

—¿Vas a preguntarme por qué me empeño en arruinarme la vida? —me miró directamente a la cara.

—No, iba a preguntarte si le echas de menos —le sostuve la mirada.

—Déjame en paz —Omar volvió a ponerse los cascos y encendió su MP3. A nuestro alrededor se hizo un silencio espeso, sólo roto por el sonido que hacían las gotas de lluvia al estrellarse contra el suelo.


Primer capítulo completo de un libro sobre adolescentes en el que estoy trabajando, y que si nadie lo remedia se publicará bajo el mismo título de esta entrada.

viernes, 12 de febrero de 2010

Pretérito perfecto



Dos imágenes elaboradas para los libros Tartalo eta Herensugea (en euskera) y El Tártalo y la Herensuge (en castellano), publicados en 1995 por la editorial vizcaína Gero-Mensajero. La inferior aparecería incorporada como muestra de mi trabajo dentro de la selección de 24 ilustradores vascos elaborada por Xabier Etxaniz para la Diputación Foral de Álava, en 1997, que vio la luz bajo el título Euskarazko haur eta gazte literaturaren ilustratzaileak.

martes, 9 de febrero de 2010

Sólo a veces

 
No me suele ocurrir siempre, pero de cuando en cuando miro dibujos míos como si los hubiese realizado otra persona. También me ocurre con alguno de mis textos, sobre todo con los más añejos.

Recuerdo un día en que por matar el rato se me ocurrió ponerme a leer El Tres Fuegos volviendo del estudio, y en vez de apearme en Las Arenas, donde me corresponde, me dejé llevar por su lectura hasta que terminé en Plentzia, final del trayecto, como nueve estaciones más tarde, para que nos entendamos. Aquello tuvo fácil arreglo: esperar al próximo tren de retorno hacia Bilbao, y asumir que llegaría a casa más tarde de lo previsto, pero como digo, hay momentos en que observo mi trabajo y no lo reconozco, y jamás se me había ocurrido preguntar si le pasa a alguien como a mí, no vaya a ser que descubra a estas alturas que soy más raro de lo que me siento.

El caso es que revisando las cosas viejas que os comentaba el otro día, he dado con algunos dibujos preliminares de SSHospital. Hay abundantes bocetos de edificios viejos, pabellones solitarios, laboratorios y quirófanos en ruina, escaleras o jardines abandonados, etcétera, imágenes todas ellas que surgieron del abundante material fotográfico que reunimos entre Carlos y yo en el transcurso de un puñado de semanas. También me he dado de bruces con un par de láminas terminadas que sirvieron de base para el trabajo posterior, el que verá la luz cuando publiquemos el libro; pero ¿por qué fueron desechadas?

Contestar a esta cuestión siempre me resulta perezoso. Sospecho que como tentativas que fueron, surgieron un poco a su aire, yendo por libre, sin rumbo definido, como buscando un tono gráfico adecuado con que compensar o ensalzar la literatura a la que deberían haber acompañado, sin tener muy claro cuál habría de ser, sólo intuyéndolo, y que por eso mismo, una vez cumplido su cometido, fueron metidas en el cajón de los recuerdos.

El caso es que mirándolas hoy, se me ha llenado la cabeza de sensaciones vagas y de recuerdos difusos, y también de multitud de preguntas, porque el aspecto sombrío que presentan tenía que responder a algo concreto, a un estado de ánimo preciso que no alcanzo a vislumbrar ahora, pero que debió de estar en el allí que me cobijaba mientras dibujaba como lo hice, porque en este sentido, tengo que confesar que todo lo que hago transmite algo de la actualidad que me rodea, y que por esta misma razón sé que tuvo que haber alguna circunstancia que me llevó por tan extraños derroteros, aunque mi memoria la haya borrado del mapa.

¡Qué complejos somos! Como he comentado alguna vez en este mismo blog, lo de explorar con las ilustraciones o los textos forma una parte casi indispensable de mi trabajo, y me consta que también en el de mis colegas más cercanos; pero el caso es que pensaba que lo llevaba bastante bien, vamos, que no me pesaba, aunque después de volver a ver lo que hice en 2005 y no reconocerme en ello, me mosquea que mi cabeza y mi mano sean capaces de funcionar de forma tan autónoma, tejiendo, plasmando ideas y sensaciones que al cabo de unos años me resultan tan incompresibles y sugerentes como si las hubiera trazado un extraño. ¡Menos mal que sólo me sucede a veces...!

sábado, 6 de febrero de 2010

El Rol, eso tan nuestro


Hay amores que matan, lazos de colores que estrangulan…

Es curioso ver cómo hoy, cuando la mecánica de los Juegos de Rol y su esencia empapan ejercicios didácticos en educación primaria o secundaria encaminados a comprender al otro, o situaciones diferentes a las que los alumnos y alumnas viven cotidianamente; que forman parte de las simulaciones en las escuelas de negocio que tratan de entresacar enseñanzas aplicables al día a día en el voraz mundo de las altas finanzas; que en las escuelas de idiomas son sencillos modelos con los que se ejercita la empatía y la capacidad lingüística de los alumnos; o que en el solaz de las vacaciones de los críos, intervienen como parte integrante de los proyectos educativos y lúdicos con que además de hacerles pasar el rato se les enseña a aprender el espíritu de la convivencia… ¡Dios, qué largo. Cuántos ejemplos!

Decía que resulta curioso que ahora que el mundo de afuera se muestra tan permeable a la que ha sido nuestra rutina, los Juegos de Rol parecen pasar de largo en las estanterías de las tiendas que se tildan de especialistas como si estuvieran malditos, acomplejados, sumidos en su propio desconcierto.

He tratado este asunto al menos en un par de ocasiones, aquí mismo, y sigo llevándome las manos a la cabeza ante la evidencia de que sólo nosotros seguimos viendo el asunto de nuestra supervivencia en color negro zahíno. La gente quiere saber qué son realmente los Juegos de Rol, está abierta a que se lo expliquemos, a entendernos, y la cosa no ha surgido como llovida del cielo, sino como fruto de una experiencia compartida por quienes los han disfrutado y han visto en su interior enormes posibilidades aplicables a otras facetas de la vida; pero el caso es que aquí seguimos, metidos en el agujero y con miedo a sacar la cabeza.

¿Qué nos pasa? Reconozco que lo del miedo es un recurso demasiado sencillo, por lo que voy a tirar por el amable camino de echarle la culpa a la costumbre y a los vicios adquiridos, porque mola ir de raro e incomprendido por la vida, por un lado; y porque por otro, de esta torcida manera cobran sentido los innumerables gurúes que nos rodean, los que ejercen de pastores del rebaño, los que venden sólo lo más delicado, lo pertinente, lo adecuado a nuestro extraño gusto de tipos ajenos al mundo, ya me entendéis.

Hay amores que matan, lazos de colores que estrangulan, y lo que nos pasa es de libro, porque pudiendo vivir en un mundo abierto a infinidad de posibilidades, hemos preferido meternos en la grieta de un muro que amenaza ruina de puro socavado por la humedad y el paso del tiempo, esperando a que nos llegue la hora que nos hemos empeñado en que llegue. Y al paso que vamos, llega, ¡vaya que si llega!

jueves, 4 de febrero de 2010

El hombre que nunca estuvo allí


Ha muerto un hombre que no existía. El hecho, en sí, puede carecer de relevancia, aunque el personaje al que estoy aludiendo sí parecía tenerla pues en vida fue un rebelde que renegó de publicar por seguir escribiendo y ser fiel a sus lectores dando lo mejor de sí mismo; para ser exactos: por seguir disfrutando del acto de escribir y seguir así siendo íntegro tras haber dado a la historia de la literatura una de sus mejores obras, que lo mismo habría resultado que no hubiera sido tan existosa.

Como digo, ha desaparecido un tipo sin importancia que en la España rolera de finales del siglo pasado, o de inicios del presente, habría sido vilipendiado, escupido, insultado, porque como es bien sabido, aquí, en nuestro pequeño círculo endogámico y cargado de recelos idiotas ante las diferencias, quien no publica no existe, y si quien sea pretende reivindicar su entidad indiscutible recurriendo a la sencillez del acto creativo que lo sustantiva como ente que se prolonga en el tiempo a través de su obra, además de vacuo será tachado de loco, y de atar, ¡nos ha jodido!

El caso es que se nos ha ido uno de los iconos del siglo XX, un tipo que renunció a las servidumbres de la edición por degustar de manera manifiestamente egoista del fruto de su trabajo intelectual, sin trabas, sin cadenas ni esclavitudes, y sin necesidad de excusas. Ha fallecido J. D. Salinger, el creador de El guardián entre el centeno, y me alegro de que lo haya hecho en Norteamérica y no en España, y que no se dedicara en vida a la creación de Juegos de Rol, porque en caso contrario, en este país lamentable en que vivimos, habría quien ahora mismo esgrimiría el sagrado axioma tantas veces enarbolado por el que aquél que no está en las estanterías no es nada, para desvirtuarlo a él, a su posible legado, y por extensión a lo que dejó pubicado, no fuera a ser que por un quítame allá esas pajas se escapara la oportunidad de enfatizar el pecado de quien se muestra tan altivo como para demostrar que se puede vivir sin el amparo y beneplácito de los que abren peajes o extienden salvoconductos; y es que como es bien sabido, y conocido, quien no cumple con los requisitos que establece el parvulario ávido de un respeto y una seriedad que se miden sólo a golpe de cronómetro y fecha en el calendario marcada en rojo, no merece otro homenaje que la pedrada  en la cara o el silencio más envidioso y sonado.

Como digo, ha muerto un hombre que antepuso la integridad y elaboración de su obra a sus deberes como autor; alguien que osó alzar una férrea frontera entre su intimidad y el afuera, entre lo que le sustantivaba como persona y el deber comercial, la penuria del éxito o la onerosa crítica comercial; que siempre suelen ir juntas; cuestión crucial que en el mundo que bulle lejos del nuestro, del chiquitito y asfixiante que nos acogota y nos convierte en miopes, ha sido entendido como síntoma de profunda inteligencia, originando que nadie haya osado negar que fue lo que fue y que ejerció de lo que ejerció, porque incurrir en ello sería un absoluto despropósito y un contradiós, una blasfemia, una grotesca ceguera ante lo evidente.

¡Viejo. Te echaré de menos y leeré lo que nos has dejado como si lo hubieses escrito hoy!