sábado, 25 de septiembre de 2010

La llaga de Dios


Falta poco tiempo para que se cumpla el año y mitad desde el momento en que os dejé junto a vuestros hombres, Vuesa Merced; mas si el restraso es justificado o no, habéis de ser vos quien lo juzguéis, aunque espero que seáis benévolo a tenor de lo mucho que he trabajado y el poco tiempo del que he dispuesto para pasar mis legajos a limpio y presentarme ante Vuecencia como habíamos convenido.

Cierto es sin embargo que asumo mi deuda y que pretendo dar cumplida cuenta de lo que vuestro espíritu espera de mi talento; si no es así que Dios nos coja confesados, porque aquí, como en la primera de mis aventuras con vos, nos jugamos mucho, y si es destino que naufraguemos, mala cosa será por cuanto porfío el desbarajuste que ocasionaremos entre los hombres que con buen tino elegísteis para El Tres Fuegos, o aún sus recambios, que a estas alturas temo por la existencia incluso de los primeros.

Sin más preámbulos paso a comentaros nuevas informaciones que me han llegado y que me permiten arrogarme el derecho a encauzar de nuevo vuestro entendimiento para que comprendáis, un poco más si cabe, la cantidad de elementos que se agrupan alrededor del tesoro del Titanic y la historia del Chino Gangoiti, aclaraciones que nos ayudarán a dar nuevas luces a lo ya acontecido para aliviarnos el camino que en breve comenzará de mi mano, si así lo consideráis.

Permitidme ahora que vuelva a mi lugar de nacimiento, Vizcaya, en las Vascongadas, pues será en esta tierra fértil donde hallaremos la raíz del infortunio que se cierne sobre aquellos que tuvieron, o tienen, algo que ver con la historia del famoso tesoro y el punto donde descansa, pues es menester que así sea para la comprensión total de lo que apareció y aparecerá ante vuestros ojos.

La verde hierba y el cielo azul acunan los valles repletos de árboles y frutos de la tierra que amo. Lejos de leyendas que hablan de la nobleza y buen talante de los hombres que la pueblan, y por aquello de la sinceridad que os debo, tengo que admitir que en tan bello paraje también habitan gentes turbias.

Corre el año de Nuestro Señor de 1628 cuando se allega al valle vizcaíno de Arratia uno de ellos. Poco se sabe de su linaje y talante y poco habrá de saberse nunca. Dícese por nombre Gogeaskoetxea; es fraile, así lo afirma y así lo creyeron cuantos le conocieron, y compra con buen dinero una vieja torre donde funda convento de una nueva orden monástica que tiene férrea norma y poco trato con los lugareños. Cuentan algunos que nunca se dijo misa en el interior de la torre, mas era común el ver al prior y a sus acólitos rezando, que llegáronse hasta allí hombres duros como soldados o marinos que traíanse caballos con ellos, y que al poco vistieron hábitos de esparto para caminar descalzos, y entiéndame Vuesa Merced que me refiero a los hombres y no a las bestias.

Dicen otros que a veces se escuchaba en el bosque el bramido de gritos como de batalla, y el restallar de ruidos de aceros contra aceros. Pero jamás vio nada nadie.

Ante la fama de la torre convento y el miedo a que el demonio se hubiera aposentado en Arratia, Don Peio de Urralburu, párroco de la anteiglesia de Ibarra, se acercó para concertar conversaciones con el prior, y dicen que volvió a la aldea como perdido, con la mente ausente y el miedo en los ojos. Nada comentó sobre lo acontecido ni sobre si conversó o no con Gogeaskoetxea.

Vuesa Merced, quiero que ahora hagáis esfuerzo por comprender que ante el recelo por un fraile que nunca dice misa y los hombres adustos que le rodean, el vulgo acabe por mostrarse remiso al contacto con ellos, cosa que por otro lado parecía importar poco a aquella gente, y al cabo se conoce a la orden con el apelativo de Itzalak o Itzelak, que en la lengua de mis padres quiere decir tenebroso.


Fragmento de la introducción a La Llaga de Dios, segundo volumen de la trilogía de El Tres Fuegos, que al igual que La Tumba de un Demonio, su finalización, jamás llegó a publicarse.