domingo, 8 de agosto de 2010

Irreverencias


Un ilustrador, pongamos por caso yo mismo, recurre a medir su avance profesional comparando el ahora con el ayer de los diferentes trabajos realizados. Así las cosas, uno, pongamos por caso yo mismo, descubre a través del repaso de su obra cuáles han sido sus aciertos y errores, si ha sido capaz de perseverar a partir de los primeros y desde luego si ha conseguido enmendar los segundos.

Ya lo he comentado en otras ocasiones, a veces me pasa que miro algunas de mis ilustraciones y siento que las ha realizado otro. También me ocurre con mis textos, pero en los dibujos la sensación es distinta tal vez porque haciéndolos he tenido más conciencia de lo que costaba llevarlos a cabo, y con esto no quiero decir que a la hora de escribir lo haga de forma más liviana o menos sincera, sino que como he confesado por ahí, me percibo como escritor menos agobiado por el uso de la técnica.

Sea como fuere, y por no divagar demasiado, la imagen que decora esta entrada fue realizada cuando un dibujante al que conozco bien, pongamos por caso yo mismo, tenía tan sólo 19 años recién cumplidos, y si queréis que os sea sincero, al sostenerlo en mis manos antes de escanearlo para realizar el montaje que véis, he notado como si aquel chaval que aún no había entrado en Bellas Artes me hubiese escupido a la cara.

Llevo demasiado tiempo embarcado en proyectos gigantescos que me ocupan una infinidad de horas, y de los que me está prohibido hablar o enseñar nada porque así lo hemos pactado, y si la cosa es buena por el lado profesional, resulta demoledora en lo personal, pues sin querer estás atado a una manera de resolver tus ilustraciones que debe ser idéntica, formalmente hablando, durante el tiempo que ocupa un proyecto.

Estoy cansado de esta situación y la sobrellevo como puedo, hoy no me apetece negarlo, y si hablaba hace dos párrafos de lo que he sentido al ver el dibujo de marras, no es por otra cosa que porque envidio al tipejo que lo realizó. Él era libre, sostenía el lápiz sin ataduras, sin miedos, sin sufrir la presión de cumplir con nada, tan solo consigo mismo. El muy mamón disfrutaba escribiendo líneas sobre un papel en blanco de la misma manera que yo escribo mis textos.

Un año después de haber ilustrado «Basajaun, el señor del bosque» para Ediciones Gaviota, la editora me propuso otro libro que debería llevar ilustraciones mías similares en su ejecución a las que habían sido publicadas en la recopilación de leyendas vascas, y le dije que no me lo pidiera porque no podría hacerlo sencillamente porque me sentía artísticamente distinto. Aquella situación cambiaría radicalmente con mi intervención en el proyecto del bacalao, en el que a lo largo de varios años supe mantenerme fiel a mi estilo (¡joder con el estilo!), y si gané por una lado, como decía antes, por otro me estaba atando una soga al cuello de la que sólo me liberaba en momentos puntuales: el rol, cuentos infantiles, o juveniles como los piratas que hice para Espasa…

Necesito aire fresco y lo voy a encontrar de inmediato, porque tengo intención de mirar a la cara a aquel chaval de 19 años recién cumplidos, para decirle que se acabaron las irreverencias porque el tipo que le ha vencido siempre, pongamos por caso yo mismo, ha vuelto con intención de quedarse.

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