sábado, 12 de junio de 2010

Tempus fugit

Las cosas se tuercen con demasiada facilidad. Crees que lo tienes todo bien planificado y controlado, y surge un mar preñado de dudas, o te asaltan extraños acontecimientos, o lo que sea decide cruzarse en tu camino para colocar tu vida patas arriba, obligándote a poner el cronómetro a cero, pero no a un cero cualquiera, no, a ése que tiene los ribetes gélidos del volver a comenzar desde el  puñetero principio porque te has equivocado, como si el trayecto realizado nunca hubiera tenido final, como si fueses un vulgar Sísifo condenado por los siglos de los siglos.

No me quejo, que conste. Bueno, sí, pero sólo un poco, porque en momentos así me espabilo echando la vista atrás para recordarme que hubo una época en que no me sobraban los kilos de ahora, tenía abundante pelo, y encima levantaba monumentos de madera o cartón piedra, sueños efímeros que permitirían a otros soñar que soñaban, y que dejaban de existir una vez habían cumplido su cometido, vamos, que en cierto modo estoy acostumbrado a esto que me pasa.

No voy de farol, y como sé perfectamente que en este demonio mundo todo necesita ser contrastado, no sea que una referencia suene a intencionado artificio para aumentar el curriculum, me he puesto a ello, a buscar  las pruebas de que fui realmente lo que creo que fui. Y lo cierto es que aunque intuía que por ese ahí infinito de mi estudio andaban algunas fotografías de mi etapa inicial en Itzalak, mi primera empresa de la que os he hablado en alguna otra ocasión, no fiaba el empeño tan complicado, así que ni os cuento lo que he sentido cuando por fin he podido tenerlas entre mis manos. Sí, hoy puedo decirlo bien alto, pues entre 1986 y 1991 me dediqué además de a diseñar museos y rellenarlos con ilustraciones y maquetas, a ir de feria con la responsabilidad de que el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco mostrara orgulloso lo que hacían los escritores, ilustradores y editores de mi tierra, en Liber 89 (Madrid) y 91 (Barcelona).

Lo que son las cosas, por aquel entonces ni siquiera pensaba que mis creaciones acabarían ocupando sitio en las estanterías que diseñarían otros, como así ha sido con el paso del tiempo, pero aquello de hacer stands, amén de entretenido y dejarnos un pasta a mi socio y a mí, me recordaba demasiado a mis inicios como arquitecto de papel en la cocina de la casa familiar de Santurce como para no disfrutarlo, porque a pesar de que para mi hermano mayor sigo teniendo fama de manazas a cuenta de que jamás entendió en qué se entretenía su hermano pequeño, pude dedicarme a hacer éstas y otras hazañas gracias a la experiencia acumulada sobre el suelo de la cocina que aún piso cuando almuerzo con mi madre antes de hacer los recadillos de la semana.

Otro día os cuento la aventura de hacer de fontanero con la corbata puesta, en Alimentaria., para Mantequerías Santi. Hoy cenaré pronto y me iré a la cama para pensar en cómo mañana comenzaré de nuevo a partir de cero sin que me importe demasiado, de la misma manera que levantaba sueños de cartón a los 12 años para deshacerlos al día siguiente y emprender con los mismos materiales el levantamiento de otros nuevos.

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