domingo, 3 de enero de 2010

El desafío


El automóvil derrapó al trazar la curva, inclinando la carrocería peligrosamente cuando una de las ruedas traseras tocó el bordillo de la acera. En su interior, Matías Tejón luchaba para que su cuerpo rechoncho no tocara el techo, o fuera despedido al exterior en el momento más inoportuno. Rebotando en el asiento de cuero. con resolución militar y sin soltar el portafolio, el viejo tejón tomó su bastón y golpeó dos veces el cristal que le separaba del conductor:

—¿No podemos ir más deprisa?

El chófer apretó los dientes, frunció el entrecejo, se aferró al volante de madera y apoyó todo su peso sobre el pedal del acelerador. El motor tosió primero y rugió después, las ballestas crujieron y las finas ruedas de caucho resbalaron sobre los adoquines mojados de la calzada, hasta que el coche, incapaz de mantener la estabilidad por mucho más tiempo, la encontró definitivamente cuando enfiló la avenida, dejando a su paso una espesa y blanca estela de humo que se desparramó por el suelo.

La lluvia no había cesado de caer desde primeras horas de la mañana, el cielo permanecía encapotado, las casas pasaban vertiginosamente a ambos costados del vehículo, reflejándose en los cristales. El tejón observaba embobado la sucesión de luces y detellos mientras rezaba para que no se cruzaran con un coche de caballos o un borracho, o incluso un miserable gato que obligara al coche a terminar en la cuneta, en el interior de uno de los jardines vallados, o contra un árbol o una farola.

—¡Vamos, vamos! —Tejón golpeó de nuevo el cristal.

Londres celebraba el cambio de año, como todos los años en la misma fecha. Como era de esperar, aquella noche estaba siendo fría, húmeda y silenciosa, como mandaba la tradición anglosajona. El plazo se estaba agotando y era necesario llegar antes de que el Big Ben terminara de recitar la retahíla de campanadas que marcarían el inicio del nuevo año. Sujetando el portafolios contra su pecho, el pequeño tejón sacó el reloj de bolsillo de su chaleco de raso. Con mano temblorosa lo abrió.

—¡No llegamos, no llegamos! —Nervioso, guardó el reloj, se ajustó el monóculo y repasó el lazo de la pajarita en un intento por no perder la poca compostura que aún le quedaba. Desde la torre del Big Ben sonó la primera campanada como un disparo a bocajarro.

Era un coronel retirado, sabía de riesgos y peligros, y también sabía que los combates de boxeo no terminaban hasta que sonaba la campana o se daba con los huesos en el suelo. Aún no se había rendido y todavía quedaban once campanadas para el fatídico momento. La férrea disciplina aprendida durante años y años de servicio leal a Su Majestad le habían cincelado un temple bien forjado que a la postre le había hecho merecedor de ser el encargado de llevar a buen término aquella misión.

—¿Queda mucho? —gritó enfurecido. Segunda campanada.

Una cuesta, una larga curva y una bajada empinada. El automóvil botaba como una pelota de caucho sobre el empedrado, ganando velocidad entre chirridos y brincos. Tejón pensó en su hermana y en la cena que todavía le estaría esperando, incluso pensó en el suicidio si no lo conseguía: ¡con qué cara les diría a sus camaradas que no lo había logrado! Su palabra empeñada, todo su orgullo hipotecado en aquella empresa, el honor de cinco generaciones de Tejón se irían al traste si no lo conseguía. No podía consentirlo. Por nada del mundo podía suceder lo que a todas luces parecía inevitable.

El coche frenó en seco cuando el aire gélido fue cortado por la tercera campanada. Sin esperar a que el conductor le abriera la portezuela, el anciano coronel de artillería salió como una exhalación del interior. Subió las escaleras de dos en dos, resoplando. Blandió el bastón y golpeó la puerta de roble. Cuarta campanada. Unos instantes interminables y la quinta campanada se abrió paso rompiendo la noche. Sin atender a los requerimientos del mayordomo que le había abierto la puerta, atravesó el vestíbulo a la carrera y se paró frente a la entrada de la biblioteca. Inspirando profundamente recapacitó un momento y recuperó el resuello tratando de recordar los pormenores de la misión que le había traído hasta allí. Sexta campanada.

—¡Traigo el aval, traigo el aval. Pinckerton acepta el Desafío!
—Séptima campanada.

Un intenso murmullo le dio la bienvenida. Los presentes se revolvieron en sus sillones. Lord Insípido Morsa, presidente del Academy Club, se levantó del suyo:

—Caballeros, caballeros
—hizo un gesto sereno con la mano que sujetaba su pipa—, un poco de tranquilidad, que la ocasión lo merece.

Octava campanada. Efectivamente, la ocasión lo merecía. Ante la amable invitación de Lord Morsa, Matías Tejón tuvo a bien depositar el portafolio sobre la mesita de té para extraer el aval expedido por el Banco de Inglaterra a favor de Pinkerton Sindicate por la suma de 10.000 libras esterlinas (una auténtica fortuna), como fianza para que éste pudiera participar con pleno derecho en el Desafío.

Novena y décima campanadas. La mirada flemática de Lord Morsa permanecía clavada en el documento y un sudor frío recorría la espalda de Tejón mientras sus cortas piernas parecían no poder soportarle más. Décimo primera campanada...

—Todo correcto —Lord Morsa avanzó su mano hasta estrechar la de Matías Tejón en un rotundo apretón—, Pinkerton está inscrito.


Capítulo inicial de El Desafío, obra infantil de próxima publicación que cuando fue concebida originó los esbozos iniciales de Steam Wars RPG.

5 comentarios:

csm dijo...

Antes que nada ¡Feliz año nuevo!
¡Vaya!, me quedo con las ganas de saber como continúa...XDDD.

Ahora, me gustaría felicitarte por este desafío que con tanto acierto estás llevando a cabo: un blog distinto a todo lo que he visto hasta ahora, cuidadísimo, exquisito en el fondo y en la forma, ameno por su variedad, denso por sus críticas y reflexiones, bello por las ilustraciones propias y ajenas, y tremendamente actual y vigente.

Enhorabuena y, por supuesto, gracias por la calidad. Por tratarnos, a los lectores con respeto, el que nos otorgas con este digno trabajo. Excelente.
Un besote
Concha

un abril encantado dijo...

Que emocinante...comparto con Concha todo lo que dice, te juro que no podría hacerlo mejor, pero quiero añadir que me tienes ALUCINADA!!!!, este blog esta rtepleto mágia y misterio...!!!me encanta!!!!, un abrazo enorme, L.

Cata dijo...

¡Vaya!, todo lo bueno del mundo reuniéndose por aquí y yo sin enterarme...

Pues Feliz Año a todos, y a ver cuándo me dejas releer el resto del texto que sabes que siempre me ha encantado.

Y, por cierto,ya era hora de que nos dejaras a los demás decirte "cuatro cosas", ¿eh?, ¡que ya te vale!

Besos a diestro y siniestro.

alberto_orco dijo...

Feliz año!! el relato impresionante y el resto del blog de mucha calidad.

un abrazo y todo el apoyo del mundo

Alberto

AK-47 dijo...

Buenas y tardías tardes.

Concha ;) ¡Manda huevos que seas la primera en contestar en este nuevo «viejo» blog! XDDDDDDDDDDD Con gente como tú cerca, los desafíos resultan cuestas livianas ;)

Lourdes ;) Llevo una vida que bien se puede definir como extraña XDDDDD

Cata ;) Joseba espera «El desafío» este año, así que luego no te quejes por las prisas XDDDDDDDD

Alberto ;) Gracias, campeón ;) Y me alegro por lo del Quidam. Cuando te venga bien, ya sabes: cafécito, pero esta vez invito yo ;)

Un abrazo y besos

Jose