domingo, 13 de diciembre de 2009

A vueltas con lo de siempre


Sin duda, el asunto que ha ennegrecido el final de noviembre pasado ha sido la insulsa propuesta esgrimida por el Ministerio de Cultura para evitar que Internet devore al mercado. Todavía colea.

No voy a ponerme excesivamente meticuloso analizando el fondo del asunto, total, para lo que sirve, pero sí quiero matizar algunos de los aspectos presentados, pues me ha chocado sobremanera que sean los artistas y creadores los que hayan salido de la trinchera para defender el derecho de pernada que lleva tiempo beneficiando exclusivamente a sus señores, porque mal que nos pese, el debate originado atañe más a los que hacen industria con la cultura que a los que la crean de verdad, y al respecto he echado en falta la presencia de los magnates de la cosa, esos mismos que deciden qué consumimos, cómo lo hacemos, y que cobran su buena parte de la mordida que conocemos como canon digital, en base a un supuesto totalmente inconstitucional que nos considera culpables sin haberlo demostrado, y que permite a una de las entidades gestoras del mismo avasallar a un barbero por dejar sonar la radio mientras afeita o pone guapa a su clientela.

La cultura no son ellos, vaya por delante, y conviene que lo dejemos bien claro por evitar que se la apropien del todo. La cultura surge abajo, de la parte que ahora se considera sólo consumidora y a la que se quiere quitar la poca voz y el poco voto que le queda. Y la cultura tal vez resplandecería de otra manera y no peligraría tanto con menos salvapatrias que se dejan las entrañas por nosotros sin que se lo hayamos pedido. Por todo esto, creo que con la ocurrencia de nuestra ministra se ha vuelto a poner de relieve que la gente está cansada de cómo se la trata, de la constante privatización que sufre lo público, de que se la engañe a través de los diferentes medios de comunicación cuando se vende como información lo que no deja de ser sesgada promoción del hito cultural de turno, porque cuando lo que se le ofrece es atractivo el público responde como siempre ha hecho.

Así las cosas, el cine español no tiene que ser bueno por ser español y ser referenciado a troche y moche en programas de televisión y periódicos con grandilocuencias que tienen la fea costumbre de venirse abajo en cuanto catas el producto. Lo mismo ocurre con la literatura, o aún con lo que llega hasta nosotros surgido en otros ámbitos de la cultura con mayúsculas, ésa que debería servirnos para enriquecernos intelectualmente mientras pasamos el rato y que viene recogida como derecho del pueblo español en nuestra Carta Magna.

Ya pagamos por ser delincuentes, ¿qué coño esperaban? Encontrar cualquier cosa que no encaje con las necesidades del mercado resulta infructuoso demasiadas veces, cuando no imposible porque está descatalogada y por tanto no hay manera de encontrarla, ¿nos conformamos entonces? Tragamos la basura que se nos vende porque es la que más abunda, en televisión, en radios y en librerías, ¿no podemos habernos cansado…?

A mi modo de ver no se trata de que los internautas quieran o no vivir del cuento. Sin entrar en que el acceso a Internet en España es de los más caros de Europa, hasta donde me llega el entendimiento ya pagamos en los discos duros, accesorios y consumibles de los ordenadores, por hacer de nuestra capa un sayo, y por lo tanto nada cabría objetar a nuestro comportamiento. Ahora se pretende anular la posibilidad de que hagamos uso de aquello por lo que hemos pagado, cegando las páginas webs donde se comparten enlaces y archivos… ¿Entonces por qué nos han cobrado? ¿Nos van a devolver algo?

Hay voces que claman al cielo ante lo que supone una malversación del concepto de libertad de expresión esgrimido ante la tropelía que supone que alguien que no sea un juez pueda cerrarte el sitio donde te expresas, porque atenta, dicen, contra el derecho a vivir de la cultura que tienen aquellos que afirman hacerla. ¿Y no será todo más sencillo? ¿No será que al mercado no le interesa que haya libertad de expresión para seguir vendiendo lo que le viene en gana y llena cómodamente sus bolsillos?

Me da que va a ser esto y no otra cosa. Comienzas por olvidarte de las necesidades del consumidor de cultura o de ocio, lo tratas a patadas en formatos y precios, lo conviertes en un coleccionista o un sibarita sin avisarlo, y cuando se rebela o busca alternativas, tratas de pisar su derechos por las buenas o por las malas. ¿Os acordáis de por cuánto amor y cuánto respeto se hacen algunas cosas en lo nuestro? Pues creo que por ahí pueden ir los tiros de todo este embrollo.

Siempre he pedido respeto para el trabajo creativo, y lo seguiré pidiendo, pero no se puede exigir cuando el que no respeta es el otro, el que te propone como única alternativa que cierres los ojos y abras la boca.


La imagen corresponde a un fragmento de la obra de Jan Sanders. Sobran las palabras.

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