domingo, 11 de octubre de 2009

Quidam


Imaginemos un lugar tan oscuro que nuestros ojos tuvieran que dilatar completamente sus pupilas para intentar descubrir algo de luz en la penumbra más espesa. Imaginemos no ver a nadie en varios días como si fuéramos los únicos habitantes de este planeta, o al contrario: intuyéndonos constantemente vigilados como le ocurre a un ratón en un laboratorio. Imaginemos por un momento que somos realmente capaces de vivir en un sitio así manteniendo un mínimo de cordura, dispuestos a habitar en él durante un largo periodo de tiempo sin más compañía que nuestros recuerdos, porque es el único lugar que nos queda...

Demos ahora rienda suelta al sentimiento extremo de aislamiento que nos embargaría y vayamos un poco más lejos, por ejemplo hasta dibujar un espacio aún más alejado e indefinido que el propuesto, cuyos límites físicos y posibles compañías sólo fueran asequibles a través de leves vibraciones del aire, fugaces contactos, olores, ecos o sonidos.

Las condiciones extremas a las que están sometidos los individuos que viven en los túneles —con consecuencias previsibles sobre su estabilidad física y mental—, siguen estando muy alejados de lo que podemos imaginar por mucho interés y empeño que pongamos en lograrlo, y además continúan estrellándose contra la muralla de contradicciones que surgen en el análisis del poco material disponible que refiere con un mínimo de rigor la cultura e idiosincrasia de los náufragos de este vasto territorio, todavía inexplorado. Por tanto, no debería resultar extraño que afirmemos con bastante convicción que tratar de dar un sentido a todo lo dicho hasta el momento supone enfrentarse a la certeza de que estamos ante algo que tiende a escapar a nuestra razón y comprensión, pero no así a nuestros sentidos.

Si parece impensable que nadie en su sano juicio pueda decidir enterrarse vivo, las evidencias preseveran en reflejar lo contrario, en un suma y sigue que parece no tener fin. En este orden de cosas, para hacernos una idea podemos acercarnos a la descripción que hace E. Fromm de las consecuencias funestas del aislamiento sensorial o los procesos graves de deterioro relacional sobre el ser humano (The Anatomy of Human Destructiveness) —sucesos muy similares a los que envuelven a los indigentes, y que dicho sea de paso son terapias ampliamente utilizadas en los sistemas de extración de información usados por algunas administraciones (doctrina Bulgarin, manual Kubark, etcétera) y de los que se han extrapolado consecuencias en las que abunda la publicidad o los denominados sistemas de venta agresivos, que contemplan como prioridad la destrucción de toda resistencia ante el objetivo propuesto, o que forman la base indiscutible de un proceso vejatorio al que paulatinamente nos hemos ido acostumbrando, sin dejar por ello de sorprendernos, y al que damos el nombre de mobbing—. Con todo, la posibilidad de vida continuada en los túneles parece certificada y ello nos plantea un grave interrogante: ¿cómo puede ser posible?

Tal vez sea el momento de acercarse al estudio realizado por John Canemaker (Town rats) sobre la conducta de las ratas de alcantarilla cuando están sometidas a una fuerte presión ambiental para entenderlo, aunque será en el contundente trabajo de Edward F. Abood (Underground man) donde encontraremos mejores pistas cuando afirma con claridad meridiana que el hombre subterráneo se ha rebelado contra las normas de la sociedad donde vive y contra las fuerzas que la perpetúan adoptando la segregación como respuesta.

Atribuyéndole un impulso estrictamente personal y un compromiso permanentemente subjetivo incluso cuando forma parte de un grupo —siempre se sabe aislado—, este sujeto rechaza todo tipo de valores o códigos de conducta y por lo tanto vive en un permanente estado de tensión y ansiedad que se agrava en la que seguramente es su cualidad más distintiva: su sensibilidad agudizada y muchas veces enfermiza. Abood, por último, reflexiona que el hombre subterráneo no tiene nada de héroe romántico porque su fuerte individualismo supone su mayor fuente de sufrimiento —aislado, profundamente aislado, se considera parte de la sociedad que le ha desterrado de por vida; rechazado, alberga un terror visceral a quedar olvidado en su exilio y digiere mal la indiferencia con que le responde el paraíso perdido, contestando con una intensificación de sí mismo—.


Texto perteneciente a Quidam. La ilustración inferior corresponde a una muestra del magnífico trabajo que realizó Roberto Mata para nuestro libro.

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