domingo, 6 de septiembre de 2009

¡Que sí!


Rebuscando imágenes y textos con que alimentar este blog, he dado con la reproducción de un cartel que hice cuando estaba en Itzalak (en el pleistoceno, vaya), como parte integrante de la labor que realizamos por aquella época para el Museo de Ciencias Naturales de Álava (Vitoria), y que aún se pueden ver en el interior de sus vitrinas o colgados de sus paredes.

El caso es que el cartel de marras es una buena muestra de lo que supone trabajar con la adrenalina a tope (sospecho que mi juventud también tuvo algo que ver). Os cuento.

El original previsto iba a ser realizado al aerógrafo, y de hecho así lo estaba siendo hasta que a las tantas de la madrugada sentí que el aviso que había percibido al comenzarlo, llevaba más aquél del que imaginaba. La ilustración estaba resultando buena, pero no me satisfacía por alguna razón oculta que percibía mi instinto pero que mi cabeza y ojos no eran capaces de valorar en su justa dimensión. Así las cosas, aparqué brevemente lo que llevaba hecho y me senté en la silla con la pipa en los labios, recapacitando.

Igor diría que se me puso esa cara especial que se me dibuja en el rostro cuando estoy a punto de dar un salto en el vacío, y sin red, pero el caso es que por aquel entonces no conocía a Igor, ni por supuesto disponía de tiempo para mirarme en un espejo… A lo que iba. Rompí el dibujo que me había llevado tantas horas hasta aquel preciso momento —no hay nada como quemar las naves para enfocar correctamente el horizonte—, y acometí uno totalmente nuevo, tanto en distribución formal, como en diseño y resolución.

Un par de horas más tarde había completado la colocación de los textos principales con Letraset (de los secundarios y el logotipo de la Diputación Foral de Álava se encargaría la fotomecánica), y para la tarde de aquel día que ví amanecer desde el tablero de dibujo con las pinturillas aún en la mano, la faena ya estaba concluida y sostenía embobado la prueba de imprenta que conservo.

Cuando vuelvo a observar detenidamente el trabajo, sigo alucinando con lo que fui capaz de hacer por sólo atreverme a enterrar un montón de horas de esfuerzo que no estaban llevando a ninguna parte, e intuyo que difícilmente podría volver ha hacer algo parecido, porque en demasiados casos la cabeza se impone a ese corazón que te dice que sí, que se puede, que el mundo es tuyo si alargas la mano.

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