sábado, 15 de agosto de 2009

Medio siglo


Este martes próximo cumpliré 50 años, y aunque me consuelo pensando que sólo llevo encima 49, no dejo de pensar en cuánto de rápido pasa el tiempo, y en lo poco que cunde.

Echando la vista atrás, recuerdo como si fuese ayer cuando me encontré con Igor Arriola en la librería Cámara, en cómo me engañó para que me embarcara en el proyecto de una editorial de la que yo no sabía a qué demonios se dedicaba, pero que al parecer necesitaba de un portadista e ilustrador porque el anterior se marchaba a Holanda. También me parece que sucedió hace nada que yo comenzara a escribir para Ludotecnia, y el orgullo que sentí cuando vi publicados mis textos para el trasfondo de Ragnarok. Nada hace, tampoco, de TNC, de Cuaderno de J., de El Tres Fuegos y de tantas otras cosas como he intervenido, poniendo mi nombre en ellas o sirviéndolas de manera silenciosa por el bien de todos

Acabo de leer los primeros esbozos de un asunto en el que estamos trabajando, e inevitablemente la memoria se me ha ido a aquel primer Foxtrot en Babilonia que escribí en 1994, en cómo aligeré la carga del bueno de Werner, trasformando la anciana figura que había perfilado J&F, en la de un hombre que había cruzado la misma cincuentena que voy a traspasar dentro de un par de días, como un chaval entrado en años, vamos, pero que por aquel entonces era visto desde una juventud que no había sorteado aún las escolleras de la vida, y que no podía dejar de verlo como a un padre todopoderoso y supremo…

Me siento bien, y si es cierto que la edad, hasta hace bien poco, sólo me preocupaba cuando mi hijo cumplía años, también lo es que ahora no lo hace lo más mínimo, aunque recibo acuse cada 18 de agosto, cuando realmente me toca. Siento que he crecido aunque no se me note, que he mejorado como los buenos vinos, que me he atemperado, que me hallo más seguro en todo. Tal vez de eso se trate, pero me apetece pensarlo mañana, porque ahora mismo me encuentro viviendo un momento dulce que sueño con prolongar cuanto me sea posible.

Helen, sí, Helen. Me ha gustado esta mujer desde que la contemplé por primera vez en la pantalla. Me encandilan sus arrugas, sus canas, cómo ha dejado que el paso del tiempo la acaricie y la talle mientras ella seguía siendo la misma de siempre, para sí, y para mí, cuestión de suma importancia, pues sigo buscando refugio en la contemplación de su cara y la serenidad animal que destila, paladeando su buena forma como actriz, mientras intento comprenderme a mí mismo.

Como he dicho antes, tal vez se trate de eso, de dejarse de chorradas y perseverar en seguir siendo el que fuiste, pero en serio, lo pensaré mañana, hoy no tengo ni un minuto que desperdiciar en desvelar tan profundo secreto.