sábado, 1 de agosto de 2009

María


Ojos avellana oscuro, María. Tu pelo como la noche se despliega rizado sobre su alma, negra duda que le atenaza el semblante haciendo más aguda la mirada fija al horizonte, elevada sobre un cuello acostumbrado a no ceder, agarrada la mano al pasamanos de la cubierta de popa. Débil silueta. Gimen las maderas, las cuerdas, el mar golpea incansable las tracas de madera negra de la goleta como la sangre sus venas, y las velas susurran canciones entonadas en silencio, caricias soñadas por él, María. Detrás Nevis, su calor y sus gaviotas, al frente la nada.

El viento azota su cara y el pelo se arremolina bajo el sombrero negro y la pañoleta roja; un sudor frío le llena y añora entre dientes lo tibio del aire que te rodea, María, cuando estás cerca. Tu mirada altiva y herida prohibió toda pasión, tus labios componer siquiera un verso de despedida, y te dejó varada en la playa lejana de sus recuerdos para revivirte cercana cada vez que despunta el alba o el ocaso ciñe de púrpuras el horizonte limpio del que ahora es su hogar. Amanece y te atesora un instante, apresando el recuerdo nítido, por si te escapas; pronunciando tu nombre en voz baja, María.

Rompe el mar en la roda, el aire bravo de la mañana bandea los trapos que empujan la goleta en pos de una quimera, ya no cantan, y se le antoja la vida un silencio grande que riela a su vera como el agua turquesa que cubre los bajíos que atraviesa el barco meciéndose sobre las olas.

La isla de Nevis se aleja en la popa y la nada enfrentada se vuelve clara, y despunta la luz en la derrota que afina el bauprés, y revive el día en que te conoció: él, amartillado por un agrio destino, y tú, doncella de grandes ojos, carnes redondas, hombros desplegados al viento y mirada incierta.

Treinta hombres y una goleta, María, juramentados en la cala de Rotwan, al calor de una fogata, donde las escolleras previenen ataques y las arenas recogen anhelos y los entierran para siempre. Llegarás a Antigua, María.

Aferrado a un cabo, en la popa, quieto, recuerda el asedio a Santiago, los gritos de las tropas inglesas, el olor a sangre y a pólvora en la bahía; y su caída en batalla para levantarse ciego de rabia, llevando una oscura señal que le cruza la cara y el amargo recuerdo de un dios pequeño que le olvidó, y un rey antojadizo, mezquino, que le abandonó a una suerte contraria, como a tantos. Bajo la enseña del ni Dios, ni Rey, ni Patria, se amarró a la imagen diáfana de tus pechos redondos, de tu cara morena, de tu pelo oscuro, de tus ojos y de tu sonrisa, María.

Crujen las maderas de los mástiles, las jarcias, y los cabos rozan vigotas y mamparos, y las telas se hinchan con el viento traidor de poniente que las anima. Sube por la tabla un hombre a divisar desde la cofilla una silueta en la frontera extensa que une cielo y mar. La caña firme al rumbo, las velas henchidas de fuerza, los ojos avizor, que las quimeras suelen mostrarse sombras negras que las delatan barcos y aventura, y en ello están mientras la mar se rompe en olillas crespas, de temporal. Llegarás a Antigua, María.

Mira la cubierta llena de hombres, después la mar. Aspira el olor a salitre cerrando lo ojos, María, y siente el aroma de otra guerra: él mar, tú roca. Y vuelve el recuerdo de Santiago, y el asedio, y el tronar de mosquetes y cañones, el chocar de las espadas y el sabor amargo de la derrota.

Mira el cielo oscuro de poniente y te siente por un instante clavo ardiendo y él perdido, atado de pies y manos, aferrado a un sueño, sabiéndose náufrago en una playa de arenas morenas, las tuyas, cuando buscaba afanoso una cala donde descansar, María. Y pone a Dios por testigo que duele.

El viento se alza arisco, de tormenta, respondiendo a su ánimo tantas veces calmo, ahora levantisco, trayendo nubes que se arremolinan oscureciendo el cielo de la mañana. Presagios y dudas, María. Acostumbrado a navegar descuartelando con los vientos adversos del destino, sabe que en buscar quimeras no hay mérito alguno, y se siente abocado a unos brazos, los tuyos, que se le antojaron tierra de promisión; perdido el sentido, solo ante las tinieblas amargas de una derrota asumida, espera en vano la caricia de tu pelo; y recuerda tus ojos avellana oscuro, acerados, cuando le retaron a un combate que juró ganar mientras sorteaba los acantilados de aristas grises y duras que alzaste entre ambos, cuando precavida te pusiste al pairo del distanciamiento, el desdén y la ignorancia. Aspira el aire de la mañana, tibio, y te siente madreselva, tomillo y lavanda, María.

Habrían de llegar noticias de Sant Kitts, de un navío español que arribado de La Habana partía para Antigua con un visado de la corona inglesa, a buscar tregua. Le llegaron nuevas que hablaban de una moza que habría de casar con el hijo del gobernador de Antigua, María, y se le convirtió el alma en cieno torvo de donde surgieron cuervos que aletearon apresurados para desvanecerse, y comprendió entonces que su destino era fiarte el camino, haciéndolo franco y liviano. Llegarás, María.

¡Barco va! La quimera se hace realidad y las gentes se mueven de aquí para allá sobre la cubierta. ¡La cangreja a tope, la mayor a una cuarta, asentad los cabos y a mantener la distancia! ¡Martín, apura, que sin duda es el Revenge!

Ojos avellana oscuro, María, con largas pestañas negras, como tu pelo. Duros en el amor y en el odio, aprestados a reclamar lo que es suyo por mucho que los de él nieguen, evadiendo la mirada, sosteniéndola mientras siente tu corazón latir reclamando un abrazo, una caricia, una palabra que no habrá de mencionar. En el juego del amor siempre se baila solo, y en ello anda, cuidando que no despiertes y le veas ejecutando una extraña danza en mitad del océano, allá donde los ojos no llegan y sí los sentimientos. Él mar, tú roca, ciñéndose a tu talle, robándote a poquitos entre golpes y caricias, María. […]


Fragmento del relato homónimo que fue publicado por Ludotecnia dentro del volumen Arenas del Infierno, en 1997. La imagen lleva el sello inigualable de Graig Moullins.

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