sábado, 11 de julio de 2009

Wiesbaden


Ayer domingo había prometido comenzar a tomarme en serio el blog, pero no pudo ser. Ni volví a casa la noche del viernes, como tenía previsto, ni lo hice anteayer, ni ayer, por supuesto… Y si hay alguien al otro lado que se pregunta qué hago justificándome, le diré que nada, que sólo aplico lo que me ha recomendado un amigo que entiende de esto mucho más que yo, y que me dijo en su día que me lo tomara en plan tranquilo, con mucha paciencia y mucha fe. Si en lo de la paciencia debo admitir que ando flojo, por ausencia de fe no va a naufragar este proyecto. Tengo fe, mucha fe, quiero que quede claro.

Como iba diciendo. El caso es que durante la cena de Nochebuena surgió la idea de que nos trasladáramos todos a la casita de campo de Norbert y Laura, en las afueras de Wiesbaden, para pasar allí el fin de semana, y no encontré manera de quedarme en tierra, cosa que habría hecho de buena gana, porque llevo a las espaldas una buena dosis de cansancio y el cuerpo sólo me pide dormir.

Abandonamos Viena, en automóvil, al filo de la madrugada. Conmigo vinieron Gloria y Omar, un joven traductor francés, de origen egipcio, que había pasado su adolescencia en Libia, cuestión que nos permitió recordar el suceso de Sidra desde diferentes perspectivas, ya que yo lo había vivido en Túnez y él bajo las bombas.

La experiencia, en general, supuso un respiro gratificante, pues además de Libia tuvimos tiempo suficiente como para hablar de lo divino y humano hasta que llegamos a la capital de Hesse. Omar parece buena gente, de ese tipo de personas que amenazan con abrirse paso en tu vida sin que les hayas invitado, pero a la que más tarde agradeces su presencia. Gloria también disfrutó con su inteligente compañía.

El sábado nos comportamos como una banda de colegiales a los que se ha dado el día libre tras una dura semana en el internado. Comimos en el jardín, y a pesar del frío reinante, no lo abandonamos hasta que la oscuridad amenazó con devorarnos si no nos metíamos dentro. Tras la cena, sólo nuestro anfitrión, Inge, Omar y yo decidimos no ir a la cama, aunque tuvimos que ceder a la presión cuando el carillón marcaba las 3 de la madrugada —atrás quedaban nuestras largas reflexiones sobre la situación de Iraq y Oriente Medio, nuestras esperanzas de solución de ambos conflictos, y la prospección inacabada de sus causas—.

Ayer… simplemente fue diferente. A pesar de haberme despertado a primeras horas de la tarde, lo hice cansado, y con la sensación omnipresente de haber vuelto a soñar con la maldita ventana del otro día.


Texto de referencia para el entorno en que se desenvuelven Quidam y Equinocce, publicado en 2007.

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