domingo, 31 de mayo de 2009

Terra do bacallos


Mientras me quito el barro que mancha mis botas tras mi última salida de la trinchera, pienso en cómo el ser humano está abocado a repetir la historia porque la desconoce. Ya que ésta es un vivero inagotable de experiencias que llaman a nuestra puerta cuando menos se las espera, conviene tenerla siempre presente. Yo lo hago.

Me gusta la historia, aunque no me gustaba. Me explico. La cogí repelús allá por mi adolescencia, cuando en el colegio nos la enseñaban con calzador, repleta de fechas y hechos que para colmo había que aprender de memoria si querías ser algo en la vida, por aquello de haber cultivado alguna vez el humanismo, aunque comencé a amarla tiempo después, cuando descubrí que su repaso entrañaba gratas sopresas aplicables al presente.

Ahí andaba yo, en 1985, trabajando para el incipiente Museo del Pescador de Bermeo (Arrantzaleen Museoa), haciendo mis pinitos documentales en el mundo de la navegación histórica, tocando mundos como el de la pesca del bacalao o la caza de la ballena, y acariciando las lindes de un universo que acabaría por atraparme del todo: la piratería; cuando tuve conocimiento de la existencia de un tipo que pasaba horas en el interior de la biblioteca de la vieja Torre de Ercilla. Tiempo más tarde, cuando el museo ya formaba parte de mi propio pasado, pues en sus paredes y suelos ya había dejado constancia de mi hacer como ilustrador, maquetista y dioramista, quiso el destino que tras haber publicado la revista Visual un número (creo que el 25) donde aparecía parte de mi trabajo gráfico desarrollado en Itzalak S.L. (mi primera empresa), terminaría por conocerle en persona.

Antes de desvelar el secreto, tengo que decir que también me gusta la acuarela, aunque no me encandilaba. Y me explico. Cogí tirria a la coño técnica cuando en Bellas Artes trataban de enseñarme que su uso consistía en controlarla al primer toque, aunque comencé a buscar con ahínco sus tibios brazos, cuando descubrí que era un espíritu libre al que convenía mimar a través de las aguadas y fundidos, para que de esa manera te devolviera a cambio de tu cariño, un universo repleto de matices.

Así andaba yo, diez años después de lo de Bermeo, con cientos de acuarelas a mis espaldas, realizadas con sudor y lágrimas en mi primer proyecto de preescolar para Ibaizabal-Edelvives, curtido tras haber ilustrado varios libros y verlos crecer y triunfar (del Basajaun, el señor del bosque, de Ediciones Gaviota, por ejemplo, se han superado los 50.000 ejemplares editados en sucesivas tiradas), cuando me topé de lleno con el escurridizo visitante de la biblioteca del museo bermeano.

Hoy es mi amigo. Juntos hemos puesto al descubierto un mundo que no había pisado nadie, a pesar de que numerosos pies parecían haberlo visitado. Me siento orgulloso de haber participado en la aventura, me ha devuelto mucho, tanto en conocimiento de la historia como de la acuarela. Pero sobre todo, porque me ha permitido disfrutar, y en primera línea, de ver cómo un par de tipos sencillos han sido capaces de enmendar la plana incluso al padre Corominas, desde una cocina y un estudio lleno de libros y lápices, con dos cogieron.

¡Bai à cailloux, Emilio! Al final habrá quien tenga redaños suficientes como para admitir que llevabas razón en tu teoría sobre la Terra do bacallos; y me colocará a tu lado, ayudándote a completar el cuadro con mi particular forma de ver la toponimia y las cosas. Mientras llega ese tiempo añorado, consuélate pensando conmigo que en este mundo de necios que no anda para matices ni para nada por el estilo, nadie dará un centavo por un cocinero y un artista. No somos quienes, Emilio, ya me entiendes.


La ilustración pertenece a una colección de dibujos de temática histórica y naval, realizada para Emilio González Soto, que aún no ha sido publicada.

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