sábado, 23 de mayo de 2009

Ángeles y demonios


No he leído a Dan Brown, ni ganas que tengo, aviso, y aunque he visto la película El código da Vinci, dudo que gaste unos euros en disfrutar de su secuela. El caso es que hoy mismo, tomando un café a media mañana en el Metrópolis, me he encontrado cerca de un par de trabajadores de la limpieza que disfrutaban de su merecido descanso. Uno y otro iban desgranando los entresijos de ésta que algunos consideran una obra maestra contemporánea, pero que a mí, como que no me tira en absoluto, y aunque no soy habitual de meterme en conversaciones ajenas, la charla me ha absorbido, literalmente, ya que lo que contaban con fruición mis compañeros de barra, me sonaba: ¡Ragnarok!

Sospecho que alguno de mis amables lectores, que los hay, sabrá mejor que yo del trasunto de lo que comento como parecidos o concomitancias entre la obra del escritor estadounidense y la nuestra, pero lo cierto es que ni me había enterado, y mira que haberlo hecho a tiempo incluso le podría haber metido varilla al Brown por copiarnos la idea…

De vuelta al estudio he comenzado a pensar (pienso mucho cuando camino) en cómo creía que eran las cosas de injustas, hace apenas unos años, cuando veía con tristeza cómo juegos que lucharon contra tirios y troyanos cuando estaban presentes en el mercado, eran añorados y reclamados por los aficionados cuando nada podía hacer Ludotecnia por ellos.

Una de las razones por las que decidí licenciar primero Mutantes y después Ragnarok —no transcurrió tanto entre la cesión de uno y otro juego, aunque en lo que respecta al segundo la consolidación del asunto llevó algo más de tiempo—, fue precisamente ésa, la de evitar que la afición estuviera demasiado huérfana. Sea como fuere, que la licencia de nuestra propuesta de espionaje en un mundo demasiado parecido al nuestro lleve camino de cumplir ocho años de desarrollo, y que tras dos intentos anteriores fallidos, nuestra alternativa al terror tradicional vaya a calzar cinco en manos ajenas, me ha permitido descubrir el profundo cariño y respeto que arropan todavía a nuestras viejas glorias, y sobre todo, la enorme expectación que despierta cualquier bulo que anuncia la pronta terminación de tan larga espera (sí, ya lo sé, vais de descreídos, ¿pero si fuese verdad…?).

Ángeles y demonios. Bonito título para una historia que comienza cuando un libro sale a la calle para caer vencido, para que mucho tiempo después se reconozcan sus méritos.

En serio, antes, la cosa ésta me entristecía, pero ahora me llena de orgullo.