domingo, 1 de marzo de 2009

El peregrino


Todos los días veo el mismo paisaje de ladrillos: un telón rojo pardo, vacío, sucio, enmohecido; mudo testigo de lo que dicen fue un lavadero de grava que sucumbió a un incendio. Frontera natural entre mi mundo y el mundo es una fea pared de seis pisos de alto y cuatro manzanas de largo que se puede alcanzar a tocar desde cualquier ventana de esta parte del edificio; que se prolonga erguida y seguirá haciéndolo, mientras macera las sombras que se abren abajo, donde se acumulan años de desperdicios, excrementos, nidos rotos y restos de pajarillos, de alguna gaviota, y de palomas (de todas las palomas del mundo), y donde vagabundean las ratas, las cucarachas y los gatos. Tras él se oculta la carretera de circunvalación y discurre la estructura de metal negro y remachado que soporta el peso de los convoyes del metropolitano sur cuyo paso procuro no escuchar. Más allá, los muelles abiertos al océano y la luz. Camino de un lado a otro como un animal enjaulado, intentando mantenerme despierto hasta que mi cuerpo dice basta y se rinde ante la pesada evidencia del agotamiento, sin importar ni el cómo ni el dónde ni el cuándo. Hace mucho tiempo que evito oír nada que no sea el ruido del entarimado. Fuera parece que llueve, pero sé que es mentira. Los cristales crepitan, pero sé que es mentira. Algo me dice que sigo vivo, pero sé que es mentira. El suelo tiembla cada siete minutos, mi estómago estalla cada cuarto de hora y lo aprieto hasta que me duelen los brazos; sufro náuseas, tengo arcadas, boqueo como un pez fuera del agua. He cerrado los ojos asistiendo a un estallido luminoso; necesito un cigarrillo que me ayude a seguir arañando las horas, los minutos, los segundos, mientras intento atrapar el pasado, dudo del presente y siento un pánico siniestro ante el futuro. ¿Siempre los has tenido del mismo color?

Apareció en mi vida cuando las cosas tenían sentido sin necesitar de más razones para adquirirlo, y maldigo la hora en que lo hizo. Le presentí envuelto en una nube de vapor, entre los coches aparcados, para perderlo definitivamente cuando el sobre apareció por debajo de la puerta, como si nunca hubiera sido otra cosa que humo. Sí, los había visto. Sí, me ocurría a veces, tengo gastritis ulcerosa desde que era adolescente... Él sabía antes que yo y había atado algunos cabos; sin querer yo le estaba ayudando a unir el resto. No te buscan, te vigilan. Lo entendí cuando comprendí que ya era tarde para escapar. Sí, lo recordaba, como recuerdo el retrato sonriente de JFK sobre el aparador del comedor de la casa, el aroma de la cocina los domingos, las gafas de mi madre, las manos de mi padre, mis amigos, el colegio, el instituto, la universidad... ¿Recuerdas lo sencillo que ha resultado todo? No había sido fácil, había invertido mucho esfuerzo, tiempo y dinero; lo recuerdo bien porque había dolido. Estás muerto. Lo sé. He dormido, vomitado, me duele la cabeza y tengo frío; he despertado en mitad de la madrugada envuelto en un sudor espeso y gélido, prevenido ante la certeza de tener que aguantar una jornada más, perdido, consciente de que seguiré dando tumbos en este laberinto de datos inconexos, entre sombras que parecen cobrar entidad pero que se evaporan como emergieron, sin dejar rastro. Como él. Ahora evito cualquier reflejo, eso he ganado. Nos vimos un par de veces en el parque, cerca de la central de bomberos de la 67; silenciosos y sentados matábamos aquel eterno preámbulo mirando cómo jugaban los críos. Cada retazo, cada recuerdo, cada sensación, presentía, se iba a convertir en una pieza del enorme y complejo rompecabezas que componíamos juntos, pero me dejó solo, eso es lo único que he ganado.

Puede que todo se deba a un complejo de Edipo no resuelto, se ríe con inocencia mientras sorbe delicadamente de su taza de café. Podría ser, contesto. Nuestro cerebro funciona como un potente ordenador cuyo sistema se organiza y define cuando somos niños. Después, durante la infancia y la adolescencia, las experiencias acumuladas van configurando las diferentes rutinas que nos permiten abordar la vida en la manera en que lo hacemos. Más tarde, en la madurez, sólo mejoramos o empeoramos los registros básicos. Mi madre se encargaba del consultorio femenino y familiar del periódico local, y solía contestar, a primeras horas de la tarde, las cartas que había recibido la redacción y que traía Horatio cada mañana. Sentada ante el escritorio de madera que había frente a la ventana de su dormitorio, envuelta en alguna canción de Bob Dylan que sonaba en el tocadiscos, invertía un par de horas en hacerlo, de domingo a jueves porque el fin de semana no se editaba el diario. En la planta de abajo, en el mismo intervalo de tiempo y en el interior de su despacho, mi padre aprovechaba aquellos momentos de tranquilidad cotidiana para corregir exámenes o preparar sabe Dios qué discursos. Los jueves, Purple Johnson venía a ayudarlo. Purple era la hija mayor del reverendo y Léonie, y quería ser periodista; mi padre, como responsable de la circunscripción demócrata del condado, la había tomado bajo su tutela logrando que Horatio le publicara un par de artículos. En un mundo de hombres y de blancos, que hablaran de jardinería era lo de menos; trataba de animarla buscando el asentimiento connivente de mi madre, cuando nos reuníamos los cuatro en la salita alrededor del té con pastas y el vaso de naranjada con que terminaban todos los jueves del mundo menos uno. [.…]

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