domingo, 18 de enero de 2009

Demasiado amor


Thomas Rowlandson fue un artista satírico, muy ácido con los usos y costumbres de la sociedad que le tocó en suerte vivir (s. XVIII), hasta el punto de que el británico ha llegado a nuestros días con la misma frescura que lo enarboló entre sus contemporáneos como un tipo afilado que sabía escarbar en los trasuntos morales de la época, para una vez puestos al descubierto, servirlos sin aderezos en sus acuarelas y plumas. Es él y no otro quien firma la viñeta con que he decorado esta entrada, que es a su vez un fragmento de la obra titulada Goodbye, que en cuanto a lo que retrata no merece más palabras porque resulta bastante explícito.

Hecha la salvedad, me apetecía hablar hoy del amor al rol. Sí, comentaba aquí mismo hace algunos meses que lo del amor y el respeto, como argumentos, me suelen animar a salir por patas cuando no a levantar el cañón del cachivache del que he tomado apodo. Sí, también sé que un colega al que aludí en julio pasado mencionó aquello de «pero seguimos haciéndolo por amor y respeto a todo lo que nos dió el rol, profesionalmente hablando.» Y sí, de nuevo, desde luego no olvido que es muy común que las editoriales se defiendan tirando del amor y el respeto a todo esto, para salir al paso ante situaciones espinosas.

Soy consciente de todo esto y de muchas cosas más, pero lo que más me preocupa es que la cantinela ha cuajado entre los consumidores finales, y estos se sienten demasiado tentados a esgrimirla en foros y listas de correo, o incluso en contestaciones en blogs, porque el que más o el que menos se apunta a lo del amor al rol y el respeto a los aficionados para justificar la presencia de algunas editoriales y el precio de sus productos, mientras por otro lado se siguen tirando piedras o ninguneando las iniciativas que están aquí «sin ánimo de ganarse la vida», como si tal cosa fuese mala, perniciosa, ultrajante…

Obvio resulta decir que estas situaciones son de las que no entiendo así las dé catorcemil vueltas. ¿Cómo es posible que hayamos llegado al actual estado de cosas? ¿Cómo es posible que se pueda digerir tanta incoherencia? ¿Cómo es posible que la afición se muestre permeable a tanta tontería, y de forma tan contundente?

¿Es posible imaginar una actividad editorial, o de cualquier otro ámbito, que ofrezca pérdidas continuadas? No lo creo, y lo he dicho tantas veces que empiezo a pensar que me repito como los pimientos, pero es así, porque cuando hay pérdidas, cuando no hay posibilidades, lo normal es que se abandone la actividad por donde se vino, o en su caso que se tomen las medidas oportunas para ampliar el mercado o sostenerlo, de manera que éste soporte la producción. Pero seguir erre que erre publicando sin mover un dedo porque ésto crezca o mantenga lo ganado, no hay quien lo comprenda, y menos si tiramos de infinito amor y profundo respeto para disfrazar lo que en otros lares se denominaría simplemente un suicidio.

Lo dicho, a mí, tanto amor me mosquea demasiado, y es que al final a lo peor sobra el cariño asfixiante y pegajoso y lo que hace falta es otra cosa. No sé, seguiré pensando.