domingo, 31 de agosto de 2008

El fuego fatuo de San Antón


Cuentan que el corazón enamorado y roto de un suicida, convertido en estrella reluciente, buscó refugio, una noche de Navidad, bajo el puente de San Antón, al amparo del reflejo de la iglesia sobre la ría, y que allí permaneció hasta que las luces del amanecer se lo llevaron.

Dicen los que siempre saben de esto, que el muchacho era un poco bala perdida, un muerto de hambre, un bohemio que residía en una casa de huéspedes que había junto al Convento de las Hijas de la Cruz, en todo caso un poeta de medio pelo que no supo resistir el rechazo de la hija de un notario de la calle Correo.

Aunque hay quien afirma que el chaval, natural de un caserío de Etxano, estaba siendo correspondido, era buen partido, y que de no haber perdido el sentido aquella trágica noche, habría cumplido el sueño de labrarse porvenir y fortuna pues en la habitación que ocupaba como inquilino fueron hallados los poemas más hermosos jamás escritos, también hay quien apostilla, bajando la voz hasta convertirla en un susurro, que hubo algo muy turbio en todo aquello.

Coinciden todos en que es mejor dejar el asunto quieto, que cosas así han ocurrido y sin duda lo seguirán haciendo.

El caso es que recuerdan los que aún no han perdido la memoria, que lo ocurrido levantó un gran revuelo que duró bastante tiempo, convirtiéndose en la comidilla de tertulias y mentideros desde Begoña hasta La Misericordia; en recurrido tema de conversación en los cafés Boulevard, Iruña y La Granja; o en cuestión de acalorada discusión en el interior del recién inaugurado Mercado de La Ribera.

También hay quien asegura que la prensa se hizo eco, rubricando por escrito que en la madrugada del 25 de diciembre de 1929, y por espacio de seis horas, pudo ser observado, cernido a media altura bajo el arco que muere al lado de la Iglesia de San Antón, un fuego fatuo que atrajo a multitud de curiosos, y que tuvo su origen en una acumulación circunstancial de gases provenientes del lodo de la ría, pues había marea baja.

Apuntan los entendidos a que el silencio y las contradicciones que sobrevuelan al suceso se deben a que las poderosas manos del padre de la chiquilla, y las de sus influyentes amigos, persiguieron al poeta en vida y también después de su muerte, llegando incluso a robar los cuadernos del joven para quemarlos, como quedó escrito en un libro de Unamuno o Baroja cuyo único ejemplar aún hoy es posible encontrar en la biblioteca de Bidebarrieta, y al que curiosamente le falta la hoja donde se describe lo aquí narrado.

Eso sí, razonan los más puntillosos, que admitiendo que lo del puente pudiera tener algo de cierto, lo del suicida debió surgir al calor de los corrillos dominicales de las plazas de Los Santos Juanes y la Catedral de Nuestro Señor Santiago, o al del vino, en las tascas y tabernas de Ronda, Somera, Artecalle y Tendería, y que como otros chascarrillos prendió entre las gentes llanas del Casco Viejo, alcanzando rango de verdad con el mismo ahínco con que la humedad y el salitre se agarran a las piedras y ladrillos de sus calles y cantones.

Con todo, hay quien estima que como fabulación es demasiado ostentosa y por ello mala; y para corroborarlo, menciona otra muy buena, una que conoció en una librería de viejo del centro, donde al parecer hay una página huérfana y anónima, en la que es posible leer cómo un escritor fracasado paseaba bajo el frío por el único Bilbao que le habían dejado las deudas, buscando un lucido final para una novela romántica en la que llevaba tiempo trabajando, y encontrándolo recién dejada atrás la silueta del puente de La Merced, al escuchar las primeras campanadas de la Iglesia de San Antón llamando a Misa de Gallo.


Cuento publicado por Cáritas y Caja Laboral en otoño de 2006, y por el periódico Bilbao en su sección Pérgola, en enero de 2007.

domingo, 17 de agosto de 2008

Escribir


Me gusta escribir más que a un tonto una tiza. Si a estas alturas de la película no sabéis de lo que hablo, es a buen seguro porque me miráis de reojo. Escribo casi a todas horas desde que comenzara a hacerlo en serio cuando recién terminada la universidad me empezaron a ir las alubias en ello.

Tiempo más tarde me estrené en la revista Mensajero, con un artículo en el que ya marcaba claramente mis maneras, pues hablaba, ni más ni menos, de la penuria e incomprensión que rodeaba mi casi recién estrenada actividad profesional.

Ha llovido mucho, lo admito, pero el pulso interno que me alienta a manchar una servilleta de papel con el bolígrafo o a ponerme delante del teclado (las teclas negras de la vieja máquina de escribir Olivetti hasta que adquirí mi primer Mac), sigue indemne e imperturbable así caigan chuzos de punta.

Si tuviera que ser sincero, ahora mismo admitiría abiertamente que me gusta más parir imágenes con palabras que hacerlo con el lápiz, pero no es cuestión ser tan claro. Baste decir que disfruto más, que mi cabeza va más limpia y mi espíritu se encuentra más sereno perfilando escenarios reales o ficticios con palabras que a mano alzada.

Llevo más de veinte años ganándome la vida como dibujante y diseñado (comencé a hacerlo en 1984), y la razón pesa como una losa cuando me atrevo a mirarla a la cara. Sin embargo, lo de escribir ha sido siempre otra cosa, no sé si me hago entender, algo más mío, más interno e intenso.

Si ante un dibujo tengo que tenerlo todo planificado a pesar de que no suelo ser habitual de los bocetos, ante un texto me encuentro como rodeando un bosque del que conozco las lindes, su comienzo y su final, pero que me atrae atravesar para verlo y disfrutarlo caminando, tranquilo, pausado, sin miedos ni zozobras, consciente de que cuando salga de él me encontraré diferente a como he entrado. Da lo mismo que sea un artículo, una reseña o una entrada para este blog o el otro que tengo, la cosa de escribir me tira porque me llena más, sin importarme lo más mínimo sin voy a empeñar mucho o poco esfuerzo, ni siquiera si lo que hago es para niños o adultos.


Mañana cumplo años, ¡ya os contaré!

sábado, 9 de agosto de 2008

Guide me, o thou Great Jehova!


Uno sueña con que algún día llegue un momento como el que estoy viviendo, dulce de cojones, si se me permite lo explosivo de la expresión. Sí, estoy contento porque tengo entre las manos uno de esos trabajos que me permitirá medirme como en los viejos tiempos, pero que no suelen ser tan habituales ni abundantes como desearía.

Atrás quedan los diseños de catálogos y revistas, la confección de estadillos, la maquetación de textos, la pelea con las imprentas y las fotomecánicas, la lucha eterna con los clientes que no entienden que invertir en tiempo es invertir en calidad… Atrás queda todo esto y algunas cosas más, porque para ser sincero no imaginaba que tendría la suerte de vivir para ver el día en que se me encomendaría una labor bien remunerada en la que el editor me iba a dejar soltarme el poco pelo que me queda sobre la cabeza, la melena, dirían otros más afortunados, hasta el punto de que me siento libre y feliz como cuando mis pinceles y plumas retrataban mares, repechos, hombres, barcos y aperos, por dar forma al inconmensurable e ignoto mundo que envuelve la pesca del bacalao, o aún como cuando he hecho lo que entiendo y sé para esto del rol.

Acostumbrado andaba a asimilar que la edición llevaba pareja la extenuante soledad del ilustrador, su incomprensión como autor de pleno derecho, el mínimo respeto, que diría aquél, y mira tú por dónde he debido ser un buen chico porque a poco de llegar a cumplir los 49 años la vida me entrega este regalo para que lo saboree como un buen vaso de mi querido Nº7 en la terraza, mirando de tú a tú al universo.

La imagen que decora esta entrada en el día en que mi madre celebra su cumpleaños añorando a mi difunto padre y disfrutando de sus hijos y nietos, es un fragmento de un esbozo, de una tentativa, del primer peldaño de lo que a buen seguro será. Queda por delante algo más de un año de esfuerzo, y detrás varios meses invertidos en documentar la ingente tarea de concebir un mundo de la nada para que lo recorran los héroes del libro.

¡Soy feliz, os lo había dicho!

sábado, 2 de agosto de 2008

Manufactured from ready rubbed


Si algo me jode, y mucho, es cuando falla el maldito fusible. Siento un calambre que recorre la escala sináptica en todo su recorrido para terminar justo donde encajan el ensamblaje del perno de seguridad y la junta de acceso. Diréis que es una payasada y que reseteando el sistema todo se arregla. ¡Y una mierda!

Reseteo como dice el manual y el calambre cimbrea en sentido contrario, pero además alcanza al servo principal de la rótula derecha y ahí me tienes, haciendo el imbécil
mientras pateo el suelo hasta que me quedo sin energía.

Si me pasa en el cuartel no hay problema, pero es que ya me ha pasado en pleno combate, y no veas el espectáculo.

¿El mecánico dices?, el mecánico se descojona de risa, pero como no hay recambios porque no nos los mandan... ¡A joderse!


Texto publicitario de ZuluGolf, distribuido en flayers durante la celebración de las CLN en Ponferrada.