sábado, 27 de diciembre de 2008

Said


Mahmoud conocía bien aquellos lugares porque por allí, y aún más lejos, acostumbraban a pastar las cabras que se le escapaban a su abuelo. El niño sabía dónde solían situarse los soldados con sus perros, camiones, tanquetas y carros de combate. Por eso, porque leía periódicos y entendía de ejércitos y otras cosas, y porque era el que mejor sabía dibujar de los cinco, había sido el encargado de establecer la estrategia de salida y las líneas principales del mapa que la niña llevaba en su bolsillo. Aprovechando los recreos y utilizando un plano que había en un libro de la biblioteca del padre de Shadi, lo fueron definiendo incluyendo el resto de detalles, sin dejar un cabo suelto.

Recordando el montón de horas que habían invertido en dibujarlo sobre una cuartilla de cuaderno, sin apenas darse cuenta, Sanaa fue dejando atrás la valla de madera que cerraba el olivar de Fadwa, y con ella la frontera de su mundo infantil. A partir de este lugar tendría que avanzar por campo abierto, haciendo caso del mapa y de lo que le habían contado sus amigos. La certeza de que se hallaba más sola que la una le produjo una sensación extraña, como de cientos de mariposas revoloteando en el interior de su estómago.

—Mira bien, Said. Si ves algo extraño me avisas.

El paisaje que tenía delante era yermo y pobre, y por él discurría un camino áspero y lleno de piedras que zigzagueaba entre arbustos pequeños y llenos de espinas, para perderse en lo alto de una loma. Más allá del montículo de tierra podría ver el atajo que bajaba hasta un pequeño valle donde encontraría la casa destruida con una higuera muerta a su lado. Aquella parte del viaje era la más peligrosa, por eso la habían marcado dibujando un punto rojo bien gordo sobre los trazos del plano.

De noche, mientras esperaba a que la cogiera el sueño en sus brazos, había imaginado el lugar: la casa con las paredes rotas y el tejado derrumbado, la higuera y hasta el puente roto por donde debía pasar. Mahmoud le había avisado de que era allí, precisamente, entre los árboles de la ribera bajo el puente, donde los soldados solían esconder sus patrullas y donde había visto más de una vez a Merkava.

El maestro les había contado innumerables de veces que por aquella parcela de tierra, y por el valle que luego encontraría, solían venir los romanos desde las fortificaciones del Jordán hasta sus guarniciones en Jerusalén, avanzando en largas formaciones de cuatro en fondo. Pero de eso hacía un montón de siglos y ella no esperaba encontrar ninguno.

Con pasitos cortos alcanzó la cima cubierta de hierba rala, abrasada por el sol y el aire seco, y matorrrales que arañaron sus pantorrillas. Agachada, casi tumbada sobre el suelo, divisó la casa destruida por el incendio, la higuera muerta y el viejo puente que pasaba sobre el arroyo y se perdía entre los árboles. Al otro lado, donde nacía la ladera de la colina, había más árboles que ocultaban el inicio de una calzada romana que surgía empinada para subirla.

Descendía tan despacio y silenciosa que un estornino que no la había visto llegar —el pobre estaba muy concentrado, tratando de cazar una lombriz—, al verla aparecer así, de pronto, saltó del suelo despavorido para levantar el vuelo y escapar como si hubiera visto un demonio.

En cuclillas, con pasitos aún más cortos y la canastilla apretada contra el pecho, poco a poco fue ganando el terreno que la separaba de la cerca derruida que rodeaba la casa. Aquél lugar olía a triste, a pis y a caca de cabra, y salvo el sonido de las moscas y el zumbido de las langostas, no fue capaz de escuchar nada. Rodeó el cercado lentamente, para ocultarse bajo la sombra de la higuera muerta que se retorcía sobre su tronco como una trenza de madera, e intentar descubrir desde allí si algo se movía en las sombras y penumbras o en la distancia.

—Mira bien, Said —avisó.

Pasó un largo espacio de tiempo sin que nada de nada ocurriera, hasta que de pronto le pareció escuchar un ruido que se le antojó muy lejano, luego dos, más cerca, más tarde un murmullo como de alguien que estaba hablando y pisando guijarros a la vez, abajo, en el cauce del arroyo.

Con los nuevos ruidos de fondo, el puente, apenas a una docena de metros de donde se encontraba, le pareció el lugar más tenebroso del mundo, y eso que la luz del sol salpicaba sus piedras haciendo saltar destellos naranjas y dorados, y las sombras que proyectaban sobre ellas las copas de los árboles eran de color azul, incluso violeta, o añil como su túnica.

Se mantuvo todo lo quieta que pudo. Mirando a uno y otro lado imaginó que tal vez algún soldado podía estar intentando encontrarla con sus prismáticos, y se acurrucó contra las raíces de la higuera ocultando la canastilla, no fuera que en un descuido la viera.

De lejos había visto tanques y soldados cuando levantaban polvo al rondar las afueras de Ramala. De cerca también, al visitar a tío Yasser Alí, en Gaza, aunque no lo recordaba bien porque ella era muy pequeña, casi un bebé. Y los había oído en mitad de la noche, cuando la casa retumbaba a su paso y madre venía corriendo a sacarla de la cama. También había visto aviones y helicópteros…

Se quitó aquel recuerdo de encima. La verdad era que a la chiquilla todos los soldados le parecían iguales, y sus vehículos más. Sin embargo, Mahmoud y Ahmed Ami —que conocían los nombres de los trastos que utilizaba el ejército, y se sabían los modelos, y a qué velocidad corrían, y le habían explicado que los carros de combate se llamaban Merkava—, habían intentado que se los aprendiera, pero a ella Merkava le parecía suficientemente odioso como para no hacer más sitio en su memoria. El vuelo de un milano sobre la colina la tranquilizó: pasando el puente todo sería como coser y cantar.

Shadi le había recomendado que al atravesarlo cerrara los ojos y corriera tanto como le dejaran sus pies; y lo que era aún más importante: lo más rápido que fuera capaz. Pero antes de ponerse en camino decidió mirar detenidamente los alrededores. Vio mariposas y mosquitos, dos acacias, muchas moreras e infinidad de pajuelas, y la barrera abandonada a la entrada del puente, llena de palos y rizado alambre de espinos… pero no antenas, siluetas o banderolas que delatarían la presencia inexcusable de una patrulla.

Cauta, se llevó la mano a la oreja por si así podía oír más voces que hablaran bajito, o distinguir el sonido de más guijarros rodando y resbalando, pero sólo fue capaz de escuchar el movimiento de las hojas de los árboles, el rumor del agua cantarina, el piar de algún pájaro o el ruido que hacían las langostas y los mosquitos, y por supuesto el latido de su propio corazón.

Firme, sin estar segura del todo, decidió llegado el momento de coger aire para llenar sus pequeños pulmones. Lo expulsó después y volvió a aspirar de nuevo…

—¡Atento, Said, cuento hasta tres! Uno, dos, … tres…

Sin haberse movido un palmo tomó aliento otra vez. Cerró los ojos, los abrió y los volvió a cerrar, pero no del todo.

—Ahora va en serio, Said. Uno, dos, y tres...


Capítulo segundo de mi obra Said, traducida al euskera y publicada por Desclée de Brouwer bajo el título Txanogorritxu Ramalan (Caperucita Roja en Ramala), en 2005. Hoy, mientras los auténticos dinosaurios patean la tierra, maldigo a los políticos que olvidan que las víctimas de sus excesos tienen nombres y apellidos, vidas, sueños y recuerdos.