domingo, 2 de noviembre de 2008

¡A las barricadas!


Llevo mal lo de pertenecer a grupos constituidos como tales, hasta el punto de que no recuerdo haberme asociado a nada ni a nadie desde que abandoné mi primera empresa, allá por 1991, de manera que el resto de trayectos posteriores los he realizado a pelo (quedé muy escaldado de aquello, para qué negarlo).

Hoy vengo con ésto como podía haber venido con cualquier otra cosa, porque la verdad es que entre confeccionar las entregas de Memorias de un ángel caído, dedicarme a cuidar de Nürburgring, y dibujar como un cosaco, apenas he tiendo tiempo ni para respirar —como cotilleo os diré que tampoco he podido presentarme al premio de cuentos Gabriel Aresti—, así que aquí me he plantado hoy, para no levantarme hasta que no os dedique una letras, juramentado a cumplirlo.

Me dejo de divagaciones. Decía que podía hablar de cualquier cosa y es cierto, pero me apetecía comentar que estoy a punto de hacerme socio de la Asociación Profesional de Ilustradores de Euskadi porque sinceramente creo que hay que empezar a abandonar la trinchera o el campo abierto, ya que las cosas, en lo nuestro, lo que hacemos los ilustradores, se han empobrecido de mala manera y toca comenzar a defenderse.

Me hablaron de lo interesante que resultaría hacerlo, Koldo Azpitarte y Raquel Alzate —crítico y especialista, el primero, y magnífica ilustradora, la segunda—, cuando coincidimos como jurado en el XXIIº Concurso de Cómics Noble Villa de Portugalete, celebrado este mismo año (abajo está la foto de la entrega de premios, en la que se me ve disfrazado de humano, para que no quepan dudas sobre la veracidad de lo que digo), y el caso es que el asunto resultaba sugerente, aunque como ya he mencionado más arriba, siempre me han venido estas cosas un poco a contrapelo. Sin embargo, hace unos días, tomando café con un colega, me comentaba él cómo había sorteado las ínfulas de un editor y de cómo cada vez se malvive mejor (no es un contrasentido) cuando pretendes que te respeten un poco, y ahí sí, me entraron auténticas ganas de arrimar el hombro, porque salvando un puñado de casos, muy contados, el comportamiento editorial para con los dibujantes y diseñadores empieza a clamar al cielo.

Digo yo que mi contribución no servirá de mucho (dispongo de poco tiempo y de pocas ganas de interferir en un mundo que mal que me pese ya ha encontrado relevo en una juventud que viene pisando fuerte), pero estoy seguro de que si poco a poco nos vamos mostrando más sólidos en lo que a la defensa de nuestros derechos se refiere, con unidad de criterios y pretensiones, al final puede que no nos convirtamos en el Colegio de Abogados o Médicos, pero sí estoy seguro de que se nos respetará más, porque ya va haciendo falta.

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