domingo, 5 de octubre de 2008

Luna menguante


El invierno era la estación del año que menos le gustaba, y no porque fuera excesivamente diferente a las otras —la nieve comenzaba a caer a mediados de diciembre y para mediados de febrero ya empezaba a desaparecer, con las primeras lluvias—, sino porque era un periodo melancólico, donde el tiempo se hacía más lento y la gente y los animales se ponían bastante tristes, como el cielo.

Un salmonete salió del refugio de hierba donde dormía, bajo la nieve, y se deslizó zumbando sobre la superficie azulada levantando una fina capa de polvillo blanco tras de sí, para desaparecer unos cuantos metros más adelante.

Las cosas raras habían comenzado a suceder poco después de las fiestas de Navidad: los perros se sentían inquietos y empezaron a ladrar mirando hacia los bosques sin razón aparente; el ganado dejó de querer salir de los establos, como si oliera un peligro que los humanos no percibían; y los peces que pasaban el invierno en los bosques salieron al campo abierto como si entre los árboles viviera el mismísimo diablo. Poco después, algunos pescadores de calamares que faenaban cerca del Akaitz, dijeron haber creído ver un buque que no llevaba velas y que avanzaba sigiloso cerca del santuario de las ballenas. Aquello era una idiotez porque de ser cierto, y tan grande, alguien más tendría que haberlo visto, pero fueron aquellos comentarios los que desataron la tormenta de miedo y silencio que recorrió el pueblo de punta a punta.

La gente comenzó a hablar de extraños robos: el mango de una azada por aquí, un pañuelo de flores por allí, un pastel de manzana por allá... Luego llegaron las sombras, los surcos en la nieve y las pisadas en los barrizales.

Las puertas de algunos establos amanecían abiertas, de par en par, y varios cercados aparecieron rotos o desvencijados. Amalia, la del boticario, se pegó un susto de muerte cuando creyó ver algo oscuro y grande que la seguía, una tarde en que bajaba por el camino de la ermita, al anochecer. Aitor Zabala estaba cortando leña cuando dijo que había visto algo que le miraba desde el interior del Bosque viejo... Así, una y mil historias más.

En el pueblo se hablaba sin descanso de aquel supuesto barco ballenero que trataba de hacerse con las ballenas —todo el mundo lo daba por cierto, y eso era lo que más le preocupaba: que realmente lo fuera—, o incluso de piratas que intentarían pedir rescate después de haberlos secuestrado a todos. En la taberna, en la panadería, en el pórtico de la iglesia y en los lugares más insospechados, se hacían corrillos para charlar acaloradamente del asunto, pero siempre en voz baja.

Algunos dijeron que habían leído, en no se sabía dónde, que existían modernos barcos arrastreros que arrasaban todo a su paso, y que por eso no se anunciaban, ni se dejaban ver. El caso fue que en menos de una semana todo el mundo decía haber visto algo que no encajaba con lo que comentaba el vecino: que si era una nave que llevaba velas, que si no las llevaba, que si era un barco a vapor, o que no era un barco y sí un enorme tiburón ballena que tal vez se había perdido y no sabía encontrar la salida…

Nadie sabía nada, pero todo el mundo decía saber algo, lo que fuera. Sin embargo, aquello estaba sucediendo, porque las vallas seguían apareciendo destrozadas o arrancadas de cuajo.


Fragmento de Luna Menguante, traducido y publicado como Ilbehera por Desclée de Brower en la primavera de 2003.