sábado, 6 de septiembre de 2008

Tal como somos


Cada cierto tiempo suelo comentar que el mundillo del rol no es sino una partícula casi elemental del universo de la edición —minúscula, aunque a veces muestre perfiles de Reino de Taifas, por los modales imperantes en su interior, no por otra cosa—, y estos días pasados he vivido una de las recurrentes situaciones que se dan durante el desempeño de mi trabajo como ilustrador, y que viene al pelo para ratificarme en lo que tantas veces he dicho.

Os cuento. Una editora cuyo nombre os ahorro pero que se las dice de cuidar y mimar su producto hasta el punto de que sus colaboradores gráficos las pasan canutas haciendo bocetos y bocetos para que ella acabe aceptando alguno como adecuado, dejando así que los primeros se ganen el pan que se merecen concluyendo sus obras, ha tenido a bien ponerse en contacto conmigo por ver si yo me encontraba en disposición de aceptar un encargo de álbum ilustrado a todo color para una de sus colecciones.

Obviamente la he avisado de que ando embarcado en un proyecto de bemoles, y que de decidir abordar el suyo tendría que ser con la premisa de tomarme algo de tiempo. Pero el caso es que la Feria de Durango (evento importante en nuestra autonomía, en lo que a la edición de libros respecta) está a la vuelta de la esquina, y por ello me rogaba ella que buscara los huecos indispensables como para resolver el asunto antes de finales del mes próximo, porque luego, quedarían los trabajos de fotomecánica, maquetación e impresión, que siempre consumen lo que les eches y que por ello deben ser tomados con mucha cautela.

Tras una breve discusión, quedábamos en que yo podría consumir un plazo que terminaría a mediados de noviembre, y hasta aquí todo entraba dentro de los cauces normales en que suele moverse mi labor, así que aceptando la posibilidad de quitarle horas a mi sueño para llegar a cumplir antes de que concluyera la prórroga, pasábamos al asunto de mis emolumentos…

¡La jodimos, tía Paca! Primero, la monserga del enorme respeto por los ilustradores y que por ello iba a ir yo a derechos de autor, como marca la ley, que lo marca, aunque hay excepciones. Luego que cuántos ejemplares se iba a tirar… ¿Mil? Bueno, por mucho porcentaje que se cobre, mil ejemplares son poquísimos como para sacar algo de tela con que justificar el enorme esfuerzo de hacer 24 planas dobles a la acuarela, mas portada, contraportada y lomo, y para colmo en un tiempo récord. ¿A cuánto se van a vender cada uno? A 10,00 Euros, el mercado impone sus reglas y no se puede ir contracorriente… ¡Ya!

Con la calculadora en la mano, salían 800,00 Euros por dejarme las pestañas, cobrando cada ilustración a tamaño Din-A3 por unas 5.000 pesetas de las de antes. ¿Por adelantado? Pues no, no había posibilidad de que fuera por adelantado, había que ir esperando a que se consolidaran las ventas; a lo sumo la editorial me podía pasar el 50% para que me fuese arreglando, y a partir del ejemplar 501…

Lo he rechazado porque no era plan, pero entonces la editora ha tenido a bien recordarme que ella está en esto «por amor a la literatura infantil y por un profundo respeto a la cultura.»

No me he arrugado ante tan pomposa argumentación. El amor y el respeto a lo que se lleva entre manos me parece que se demuestra de forma diferente que pisoteando a un currela que hace que se venda tu libro. Si a algunas editoriales les resulta imprescindible editar álbumes a todo color y caros por estar presentes en el mercado, sinceramente no es mi problema.

¿No os suena todo esto de algo?


La ilustración de la entrada no es mía, pertenece a un tipo al que admiro: Joao Paulo Alvares.