domingo, 27 de julio de 2008

¡Oysters, little Peter!


No es por malmeter, que también, pero fundamentalmente ocurre que me aburría. El caso es que encontraba el otro día, en El Opinómetro, una sabrosa opinión al respecto de los comentarios que ha hecho un conocido editor de Juegos de Rol sobre el estado actual de cosas, sin querer, como de costumbre, en Vía News, para tratar de poner las cosas en su sitio, como de costumbre, a su manera, como de costumbre.

Sin embargo, no me ha sorprendido en absoluto que siendo él y su editorial ampliamente secundadas y custodiadas por individuos que denostan públicamente de este tipo de análisis en listas y foros, haya creído conveniente meterse en berengenales más propios de iniciativas con menor proyección y futuro que la suya, aunque sea de tapadillo, como de costumbre —gracias a Dios dejé escrito en su día lo que opinaba de la recurrente manía que muestra la editorial madrileña por anular cualquier posibilidad de despegue en nuestro maltrecho mundillo. Pena que Ociojoven haya cerrado y no me sea posible rescatar aquel artículo, pero hablaba del perro del hortelano y de cómo convenía recalcar a troche y moche que el rol ha muerto, o que fallece lentamente, cuando se ha abandonado su explotación indecorosa con inteligente visión de futuro—. Lo que sí lo ha hecho ha sido la coincidencia de planteamientos que existe entre las palabras del editor y los comentarios a los que aludía el pasado 28 de junio en la entrada titulada Arena de gladiadores.

Si no he entendido mal, «Podría deciros que las editoriales que se están montando nuevas son de aficionados (sin ánimo de ganarse la vida con el rol)», suena a lo mismo con lo que se llenan la boca los guardianes de la llama que enarbolan en cuanto pueden el concepto de que es mejor una editorial potente en nuestro sector, que un montón de iniciativas pequeñas, ya que estas sólo estorban el empeño general y dispersan un esfuerzo que debería estar concentrado. Lo que me lleva a sacar como conclusión que según estos señores, la pluralidad de alternativas es rotundamente negativa, porque lo que hace falta ahora es un claro líder del mercado, como si su anhelada presencia fuese el afamado Bálsamo de Fierabrás que ayudaría a resolver los problemas generados precisamente durante el dominio de otro líder potente (no miro a nadie), que dicho sea de paso, gobernó diligentemente y son sabia mano los designios de nuestro mercado allá como a finales de los 90 del siglo pasado, hasta que decidió aplicar una inteligente visión de futuro que nos ha dejado con una mano delante y otra detrás, es un decir, porque no tenía competencia, o porque la que estaba surgiendo a su vera sobre la tierra quemada que dejaba atrás, no iba a poder ser contestada de la misma manera que con aquellas otras que sucumbieron ante el paso del todopoderoso Tiranosaurio Rex.

No, si ya lo decía mi abuela: «no hay nada como ponerse orejeras para ver lo que uno quiere.»

Sin ánimo de ofender a nadie, este tipo de argumentos huelen a excusa barata, a ventosidad de un gigante que aún considera suyo un territorio que no controla. La economía establece que cuanta mayor competencia haya, existe mayor beneficio para el propio mercado y para el consumidor, porque oferta, demanda y precios, tienden a estabilizarse en un punto que cualquiera con dos dedos de frente consideraría como óptimo, pues permite y asegura la pervivencia del negocio, cuestión sustancial de todo el embrollo. También afirma la economía que las posiciones de dominio son lesivas para el mercado y sus intereses, y por ello las administraciones y gobiernos tratan por todos los medios de evitar que haya quien se alce con un lugar dominante por ausencia de alternativas, o por simple eliminación de competidores, estableciendo a tal fin tribunales y organismos que velen por el juego limpio.

No, los monopolios no son nunca la salida, y en su caso, si no queda otro remedio que soportarlos, habrá que estar advertidos de que siempre resultarán nefastos. Lo dicho, estoy muy sorprendido, no soy capaz de digerir ni tanta coherencia ni tanta coincidencia.