domingo, 18 de mayo de 2008

Yo, dorsicano


Discúlpenme Vuesas Mercedes, ha sido tanta la alegría de poder escribir sobre una de mis pasiones mundanas sin que me sobresaltaran anónimas voces o me pusieran en alerta viejos cantos de guerra, que se me había olvidado presentarme, hacer una salutación, no sé, ofrecer una cálida bienvenida a este lugar a quien perdido en la blogosfera se haya topado con él sin buscarlo… No tengo perdón.

Soy un viejo dorsicano que en verano cumplirá 49 primaveras. Viejo para según qué cosas, pues todavía tengo arrestos para cuidar de mi territorio con solemnidad y arrojo. Ladera arriba, ladera abajo, camino con paso templado sobre la vegetación, entre los matojos y las hierbas altas, bajo la sombra de los árboles que decoran y cubren el Virunga, vigilando, siempre vigilando.

Me ha sido dado el bravo mal humor de los gorilas entrados en años, labrado a fuerza de salir vivo de diferentes lances y fortunas, siempre con la cabeza alta, siempre listo para el siguiente susto. Decora mi espalda un espeso pelo cano que avisa a los que se me acercan, que ni deben mirarme a los ojos ni darme la espalda cuando espantados por mi soberbia presencia, huyan despavoridos. Centinela anciano, mis cansados ojos han visto lo que nadie recuerda, pues están abiertos desde que casi amaneciera todo, presenciando por ello la caída de los titanes y el derrumbe de los leviatanes, el crecer de bolardos y setas, de los egos desmesurados y descomunales que creyeron poder devorarlo todo, de guías y gurús efímeros como polillas, y aún de los abundantes falsos profetas que prometieron y siguen prometiendo una tierra de promisión que mi corazón afirma no existe.

Me odian porque permanezco erguido así se remueva la tierra sobre sus cimientos, porque mi sangre se alimenta de la conciencia de lo pequeño y minúsculo que resulta mi universo, porque no aspiro a nada que no sea seguir haciendo lo que me da la real gana, cuando me apetece, lejos de toda norma, ajeno a las reglas, altivo frente a los imperativos que han demostrado su falta de aliento y su inane vitalidad. Siempre sincero, aunque duela, brutal a veces, certero si se tercia, me envidian porque me saben rodeado por iguales con los que comparto aventuras y pasiones, cuya lealtad ni se compra ni se vende pues se ha forjado en el codo a codo y en el cubrirse las espaldas. Me temen porque soy un resistente, un ejemplar único, el jalón que recuerda que hubo un tiempo en que sobraban las imposturas, porque mi silueta oscura saliendo de la espesura advierte a los incautos de que es posible seguir estando realmente vivo a pesar de que te hayan cavado mil fosas y te hayan celebrado cientos de funerales.

Soy un dorsicano con nombre de fusil de asalto cuya piel está cubierta de cicatrices… ¿A que acojona?

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