sábado, 31 de mayo de 2008

Mónaco


Si no sabéis que me gusta la F1, deberíais conocerlo. No es por nada, pero el enlace a mi otro blog causó algún estrago a principios del mes pasado, su mención y por supuesto mi verbo florido.

Fuera de bromas, además de ésto, me gustan otras cosas, muchas más cosas, desde las maquetas a escala 1:43 de vehículos de cuatro ruedas (tengo alguno de seis, pero no son la norma), a la F1 o los aviones, pasando por la aeronáutica, la vela, la música, la literatura nativa en lengua española, en la de afuera convenientemente traducida, los TBOs, el cine, escribir, dibujar, charlar, el whisky, el bourbon, fumar en pipa, y un amplio etcétera. Creo sinceramente que todo esto es bueno, mortalmente bueno, beneficiosamente bueno, y me gusta hacer gala de mi amplitud de miras y aficiones en cuanto encuentro ocasión, por ello y por alguna otra cuestión que me guardo, llevo muy bien eso de que mis colaboradores sean tipos tan sanotes como para tener una vida más allá del rol, o dentro de él, pero ajena a los dictados de una editorial tan minúscula como la mía.

Viene a cuento esta sarta de divagaciones, porque de un tiempo a esta parte vengo notando que hay cierto personal que tiene la tonta manía de comportarse como si perteneciese a una cuadra por andar en la periferia o dentro de alguna editorial de la competencia, y lo malo no es eso, sino que se nota, y lo peor: que pretenden que las actitudes de los demás vayan en sintonía con las suyas y puedan ser justificadas de idéntica manera.

A mi modo de ver, el asunto no tiene mayor calado, cada cual gasta el tiempo y las energías como le apetece, y lo respeto sin que me quite el sueño, pero me gustaría puntualizar que todo esto corresponde a una vetusta manera de ver las cosas que se aplicó con ahínco y vehemencia, hasta la extenuación, diría, por la editorial que gobernaba los designios de la industria española del rol, allá por mediados de los 90 del siglo pasado, y que ha sido trasladada hasta nuestros días por una pacata comprensión del mundillo que se podría escenificar en el alarde continuado de cohesión que hacen algunos de mis colegas, y que se podría sintetizar diciendo que en sus filas, el que se mueve no sale en la foto.

Personalmente prefiero saber que mi gente está conmigo para lo que está, y porque le da la maldita gana, o porque sencillamente está a gusto, sin que yo tenga que inmiscuirme donde no debo. Es una opinión, y como tal no debería ir a ninguna parte ni pretende sentar cátedra. Porque vamos a ver, si un autor es bueno para Ludotecnia, maldita la gracia que me hace tener que meterme en su cama, decirle cómo y con quién tiene que sudar la camiseta, lo mismo que en su solaz y ocio. Lealtades las justas y en su justa medida, valga la reiteración, porque lo uno no quita lo otro; es más, lo uno me parece que descojona lo otro, si me permitís poner la directa.

De sólo pensarlo me entran sudores. Si además de preocuparme por los avatares e infortunios de la actividad, tengo que ponerme bobo para que cualquiera de los que andan a mi lado piense como yo, actúe como yo, ejerza y vaya por la vida de lo que yo… Lo dejo. No, no es de recibo ni me interesa aplicar un shogunato que no lleva a ninguna parte. ¡Otros lo hacen! ¡La mayoría lo hace! Bien, ¿y qué? Ludotecnia funciona de una manera incomprensible incluso para mí, que supuestamente la dirijo, pero está integrada por personalidades que me merece la pena cultivar para que se cultiven solas, porque no servirían de nada si estuvieran acopladas al pensamiento único e indivisible de la editorial como autómatas. Los prefiero libres, independientes, con sus respectivas aristas y huecos, porque a la hora de trabajar saben funcionar dejando atrás sus cosas y se aplican como si les fuera la vida en ello, y eso es lo que cuenta, que cuando dibujan o escriben son únicos y aportan a la editorial lo mejor de sí mismos, sin necesidad de que yo les pida cuentas sobre lo que han hecho o han dejado de hacer cuando mi ojo supervisor no los tenía a tiro. No, por nada del mundo me gustaría ponerme en el papel de tenerle que pedir a un colaborador que me enseñe los correos electrónicos en los que ha departido con un aficionado, o cuentas por un comentario vertido en un foro, o explicaciones por una opinión lanzada al aire en su blog.

Mónaco, sí, el fin de semana pasado vivimos más de lo mismo, pero bajo el agua. Y sí, me gusta la F1 porque se trabaja en equipo, y porque cuando se termina la cosa a Kimi le gusta irse de farra, Felipe es más familiar y se queda en casa, Fernando desaparece del mapa, Flavio se entretiene con un equipo de fútbol… Vamos, que cada uno hace de su capa un sayo con su vida privada porque está en su derecho y porque al final su libertad personal redunda en el espectáculo, que es de lo que se trata.

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